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Honra a quien honor merece

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Sin lugar a dudas, el legalismo ha contribuido con daños difíciles de superar, cuando no irreversibles, en una gran parte del pueblo cristiano. Hoy en día es raro no ver una congregación que, en algún -menor o mayor- grado, no adolezca de cierto control y cierto estilo legalistas. Entre las tantas cosas que caracterizan el legalismo, la prohibición infundada no es una excepción. Se prohíbe todo lo que no sea del agrado del líder: modo de vestir, de comer, pelado en hombres y mujeres, etc. Naturalmente que la normación de ciertos vocablos también juega su papel en esta sarta de prohibiciones entre los que la palabra “honor” no faltaría.

Se rinde honor a un bienhechor de la vida por toda su obra o por parte ella sin que con esto se caiga en idolatría o cosa por el estilo. Sólo se estaría reconociendo el bien que la persona ha hecho a favor de los demás. No obstante, algunos grupos legalistas lo malinterpretan diciendo que no; que el honor es sólo para Dios. Pues se equivocan, señores legalistas; al Señor no se le da el honor por una simple cosa buena que haya hecho. Para Él es todo el honor y toda la gloria por todo lo que sin cesar hace en nuestras vidas.

Ahora bien, nadie que haya llevado una vida entera haciendo lo malo sin contención podría esperar que se le rinda honor en algún segmento de ella. Bueno pues, precisamente, esto es lo que muchos legalistas hacen cuando todos los problemas en su diario vivir se los quieren atribuir al diablo, o cuando la mayor parte de sus sermones los dedican a predicar del diablo, dejando sólo el final para darle cierta honra a Dios.

Santiago 4:7 - Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.

Analicemos la primera parte de este corto versículo de Santiago 4. Cuando se nos dice que nos sometamos a una instancia, ya sea superior o no, se nos impone que nos pleguemos a ella. Que en un acto de humillación nos rindamos y nos entreguemos por completo. Muchas veces lo hacemos por convicción, otras por disciplina; pero existe la posibilidad de oponernos y no cumplir el mandato. Si esta voz de someteos es dirigida a un creyente con relación a Dios, no hay opciones, sino una sola orientación. Para el creyente… Dios es la autoridad suprema toda justa, bien intencionada e infalible. De un amor tan puro hacia el hombre que al éste someterse siente gozo en vez de una rígida disciplina. No es un esclavismo, sino un honorable y santo servilismo hacia un ser único que es digno de toda alabanza. Someterse y servir a Dios consiste en abrir la página más bella de nuestra vida; que siendo un privilegio, sin embargo, está al alcance de todos los que le busquen. Por otra parte, cuando tengamos que someternos a alguien por autoridad laboral, militar u otra; entendamos que no existe otro ser que merezca tanto sometimiento, sino Dios en las personas del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Poner al alguien o algo delante de Dios es caer en idolatría.

¿Por qué entonces dedicar gran parte de nuestra vida al diablo para dejar unos escasos minutos del día para Dios?

Veamos la segunda parte de Santiago 4:7. “Resistid al diablo, y huirá de vosotros.” La palabra resistir tiene varias acepciones; una de ellas es tolerar, aguantar, sufrir… la cual no se adecua al contexto si se tratara de aguantar estoicamente sin la perspectiva de hacerlo prescindir. En cambio otra como: combatir las pasiones, deseos, insinuaciones y todas sus tentaciones hasta hacerlo desistir; se me hace más ajustada para el propósito, o sea, para hacerlo huir de nosotros.

No es que ignoremos al diablo; sabemos que tiene poder y viejas mañas para engañar. No es que no estemos alerta; sólo que cuando le dedicamos tanto espacio, automáticamente reducimos el que le debemos a Dios, y esto hace feliz al maligno. Por todas las congregaciones pululan hermanos que acreditan al diablo como autor y propiciador de todas sus adversidades. No entran a analizar si han sido irresponsables en sus actos, si han actuado de mala fe, si no se han preparado lo suficiente para la empresa que se proponen o sencillamente si factores externo ajenos a toda voluntad personal han incidido en el mal paso que se ha dado. Pero no… lo más fácil es esta popular frase “¡Ese es el diablo que no quiere que yo triunfe; pero no lo logrará!” Ahora yo pregunto; ¿cómo no lo va a lograr -en caso que se tratase de él- si usted le está dando toda potestad, en vez de dársela a Dios?

La mejor parte de todo esto es que muchas veces esa no es la palabra que reciben de sus pastores, pero lo oyen en la radio, en la calle, etc. y se hacen ecos de estos medios. Aunque no es raro escuchar, en congregaciones donde se predica legalismo, que el diablo es el único causante de tu pobreza, de tu enfermedad, de tu problema matrimonial. También en estas congregaciones se puede ver que todo lo que no siga la línea del líder es una ofensa para Dios y por tanto estás en condenación. Aquí surge un nuevo problema: Algunos hermanos con más tiempo en la congregación se acercan a los más jóvenes para indicarle, “por revelación directa de Dios”, lo que no deben hacer para no estar en maldición. Por citar algunos ejemplos; qué deben comer, cómo deben vestir, con quién deben casarse, a quién no deben acercársele, cómo administrar su casa, qué tipo de trabajo deben hacer.

Después de todo esto, salta a la vista que estos hermanos sienten mayor temor por el diablo que por Dios.

Salmos 2:11-12- Servid a Jehová con temor, Y alegraos con temblor. 12Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; Pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían

Se sirve a Jehová con temor y nos alegramos con temblor. Es el servicio honesto que se rinde a quien nos ha probado amarnos incondicionalmente. Se honra al hijo que nos hizo posible, a través de su sacrificio de muerte y resurrección, la conciliación con el Padre y ser bienaventurados porque confiamos en él

PARA CONCLUIR.

Podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Acaso mantener ese temor enfermizo por el Diablo nos reportaría alguna tranquilidad?

Sabemos que ninguna. Por el contrario, él mismo se encargaría de hacernos vivir un infierno prematuro. Entonces no perdamos el bello tiempo que podemos pasar en comunión con Dios para darle honor al diablo. Démosle el honor a quien realmente lo merece.

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“…¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios…” 1 Corintios 6:9-10

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