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Una palabra de aliento

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En un pequeño pueblo, una joven, cuyos modales no daban ninguna garantía de buen comportamiento, pasaba frente al único hotel del pueblo. A la sazón, de allí salía un señor negro elegantemente vestido que se cruza con ella. Ésta se detiene y mirándolo fijamente, le pregunta: “¿Quién es usted?” En realidad, de aquel lugar nadie salía con semejante elegancia y notable finura; y esto despertó la atención de la joven. Entonces el caballero respondió: “Soy el embajador del Congo” Por un momento quedó privada, ella sabía que en ese hotel sólo encontraba un bar y una barra para emborracharse rodeada de falsas amistades. El embajador notó su perturbación y la sacó de lugar haciéndole la siguiente pregunta: “¿Hacia dónde se dirige usted, señorita?” Sin duda, iba para el bar, pero algo le dijo que no lo hiciera. “Voy para el hospital” Ella conocía del otro bar, cerca del hospital que con frecuencia solía visitar; por lo menos allá, no estaría a la vista de tan gentil caballero.

¿Pero qué podría importarle a esta joven que nadie la viera? A fin de cuentas esto era lo que diariamente hacía sin pensar en las consecuencias.

¿Cuál sería el mensaje que emanaba de la actitud del embajador que, por un momento, pudo frenar a esta joven de la impetuosa tendencia hacia lo malo?

“¿Se siente usted mal, señorita?” Le dijo al escucharle que iba para el hospital.

“No voy por unos exámenes”

“Mira que bien, yo voy en esa dirección, la puedo dejar allí.”

Se acomodó la joven en el asiento trasero del lujoso carro que se dirigía al hospital. Al llegar, un grupo de consuetudinarios bebedores, que esperaban que abriera el bar, quedaron a la expectativa para ver quién sería el personaje tan importe que se bajaría de tan suntuoso carraso. El embajador cortésmente le abrió la puerta, y los muchachones del piquete de la esquina, viendo que se trataba de una de sus compañeras de andanzas, la saludaron con una atronadora y burlona carcajada. Súbitamente ella, influida por la dependencia de sus amigotes, perdió entereza y se afligió; pero el embajador, que se dio cuenta de todo, le hizo a la joven una reverencia tan notable que su cabeza casi tocaba la calle para darle nuevo aliento a ella, al tiempo que los de la esquina, se tragaban la burla. Se fue el carraso, y la joven no entró al bar, se marchó a su casa.

¿Cuál sería la magia usada por este caballero para, de una forma tan drástica, hacer cambiar de padecer a una persona?

Respuesta: Ninguna magia.

La loable actitud del embajador del Congo consistió en no tener a menos bajarse de su posición de hombre importante para lograr que se levantara la autoestima de una muchacha cuya reputación estaba por el suelo, y lejos de magia, fue el poder de Espíritu Santo que le dio el don de sabiduría, y las palabras de aliento suficientes para convencer a una persona en una situación muy difícil.

Veamos ahora, en la Biblia, un pasaje con cierta similitud.

Juan 8:1-11

8:1 y Jesús se fue al monte de los Olivos.
8:2 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.
8:3 Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio,
8:4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.
8:5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?
8:6 Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
8:7 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
8:8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
8:9 Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.
8:10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
8:11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más

Una mujer es sorprendida en un deliberado acto de adulterio. De acuerdo a la ley mosaica, decían los escribas, esta mujer debió ser lapidada. En cambio Jesucristo, en su amor infinito, tuvo compasión y no la condena para que tuviera oportunidad de arrepentimiento y de salvación.
Tampoco hubiera podido dar ninguna palabra de aliento el embajador del Congo sin el amor y la compasión que le abrieron las puertas al Espíritu Santo para que obrara en él

Conclusión

Dondequiera que estemos, mirando a nuestro alrededor, encontraremos muchas personas que necesitan una palabra de aliento; y si nuestro amor y misericordia permiten que Dios obre en nosotros, podríamos ayudarlos y, ¿por qué no?, cambiarlos.

Efesios 2:4-5

2:4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,
2:5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)

Cualquiera de nosotros pudimos, en tiempos pasados, andar tan perdidos como la joven de la historia, y por la gracia de Dios hoy somos salvos.

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“…¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios…” 1 Corintios 6:9-10

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