Testimonio de un tibio

Nunca había llegado a entender por completo el enojo del Señor con los de conducta tibia. Me costaba trabajo imaginarme que aquellos que se quedaban a medias en sus metas le empalagara, a extremos de náusea, más aun que los que jamás las hubieran emprendido.

Apocalipsis 3:15-16.

3:15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
3:16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

No soy una persona muy activa, pero he visto a otros que, siendo totalmente fríos, nada los motiva a dar un paso adelante. “¿Esperará el Señor más de esos que de mí?” Me preguntaba constantemente. Pero él, ni corto ni perezoso, a su tiempo, me mostró su punto de vista.

Y me dejó ver un día, tras andar y andar con mucha hambre y sed, una mesa llena de jugosas y apetitosas frutas. Muchos ardieron en deseos y se alentaron desde el primer momento llegando primeros por su porción; otros de menos temperatura, entre los cuales yo me encontraba, llegamos después para alcanzar solamente las semillas dejadas por los primeros. Otros con absoluta frialdad, ni siquiera se molestaron en hacer el intento.

Pero el Señor, en su inmensa misericordia, nos permitió tomar las semillas para sembrarlas y posteriormente tener los mismos frutos en un futuro cercano. Muchos las tomaron y otros ni se inquietaron. Yo me encontraba entre los que las tomaron.

De los que las tomaron, muchos las sembraron, las cosecharon y las disfrutaron. Otros tantos jamás llegaron a la siembra y sus semillas se secaron demasiado y se marchitaron. Yo, al cabo de algunos años, encontré en un viejo saco que ya no usaba… mis semillas convertidas en polvo inservible.

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