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El poder de Dios - Predicacion Escrita

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Fíjense bien en lo que sucedió para que entiendan bien lo que les digo. En el versículo dos encontramos que Dios le dice a Josué: …Mira, yo he entregado en tu mano á Jericó y á su rey, con sus varones de guerra…” Quiero que le prestemos atención a como Dios le hablo a Josué. Quiero que notemos que Dios no le dijo que Él le daría Jericó. Dios le dijo: “…yo he entregado en tu mano á Jericó…” En otras palabras, Dios hablo en término presente; Dios le dijo que ya se lo había dado.

Lo mismo aplica a nosotros hoy en día, Él nos ha dado la victoria sobre toda situación. Esto es algo que encontramos bien ilustrado en la promesa del Señor según encontramos en Juan 14:12-14 cuando leemos: “…De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. 13Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré…”  cuando oramos al Padre y pedimos en el nombre de Jesús, Él nos entrega la victoria. Y para recibir esta victoria todo lo que tenemos que hacer es superar las dudas. Dile a la persona que tienes a tu lado: no dudes que Dios es todopoderoso.

Continuando con nuestro estudio leemos: “…Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días. 4Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuernos de carnero delante del arca; y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las bocinas. 5Y cuando toquen prolongadamente el cuerno de carnero, así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá; entonces subirá el pueblo, cada uno derecho hacia adelante…” ¿Se pueden imaginar ustedes como esto le pudo haber sonado al ejército? Digo esto porque aquí teníamos a un ejército con generales, capitanes, y tenientes que seguramente estaban planeando el ataque. Seguramente estaban planeando usar un ariete (máquina militar que se empleaba antiguamente para batir murallas) para golpear y romper las puertas, o quizás el uso de catapultas para atacar las murallas y derrumbarlas. En otras palabras ellos seguramente planeaban usar fuerza bruta para penetrar la ciudad, pero Dios les dijo, de eso nada. La realidad es que lo mismo se aplica a nosotros.

Digo esto porque en la mayoría de las ocasiones, nosotros tratamos de resolver los problemas por nuestras propias fuerzas. Planeamos como vamos hacer las cosas, tratamos de cubrir todos los ángulos en nuestros planes, pero de momento nos encontramos frente a la muralla fortificada. Le damos duro a esa muralla, pero ni modo, no se mueve. ¿Por qué nos sucede esto? Esto puede suceder por dos razones.

Número uno; porque no pedimos la asistencia de Dios correctamente. Esto es algo que queda bien ilustrado en Santiago 4:3 cuando leemos: “…Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites…”

Número dos; porque no pedimos la ayuda de nuestro Padre celestial. ¿Por qué no buscamos la ayuda de nuestro Padre celestial? No la buscamos porque en ocasiones nosotros queremos una solución inmediata a lo que queremos, y no estamos dispuestos a esperar en el Señor, (fíjense bien que dije a lo que queremos y no a lo que necesitamos). En otras palabras, preferimos confiar más en nuestras habilidades, nuestra salud, nuestras cuentas bancarias, nuestra posición en la comunidad, nuestra reputación, nuestros talentos o nuestra educación, que en nuestras oraciones. Y cuando esto sucede, entonces no logramos ver que tenemos la victoria en la mano, y que el poder de Dios está con nosotros.

El pueblo de ese entonces hizo exactamente lo que Dios les dijo que hicieran. Ellos marcharon por seis días y el séptimo día sonaron las bocinas y gritaron. Esto seguramente les pareció como boberías a algunos, pero ellos lo hicieron en obediencia y por fe. ¿Qué sucedió? Lo que sucedió lo encontramos en Josué 6:20 cuando leemos: “…Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó. El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron…”  Dile a la persona que tienes a tu lado: Dios recompensa la obediencia y la fe.

Las murallas impenetrables se derrumbaron. Las murallas fueron abajo y ellos tomaron la ciudad tal como Dios les había dicho. Lo mismo es verdad para nosotros. No existe ningún problema que Dios no pueda resolver. No existe ninguna circunstancia que Dios no pueda vencer. Como seres humanos nosotros tenemos un incontable numero de limitaciones, pero: “…para Dios todo es posible…” (Mateo 19:26). Josué tuvo que creer, confiar, escuchar y obedecer al Señor, y nosotros tenemos que hacer igual. Tenemos que ser obedientes a Su palabra y las murallas se derrumbaran, los problemas desaparecerán.

Para concluir.   La realidad es que a través de Su palabra, Dios nos habla detalladamente como lo hizo con Josué, cuando le dijo lo que tenía que hacer para conquistar a Jericó. Pero nosotros somos los que tenemos que buscar de Él.

En obediencia a lo que Dios les había dicho, ellos marcharon alrededor de la ciudad por seis días y en el séptimo, ellos declararon su victoria a toda voz. Nosotros tenemos que hacer lo mismo, tenemos que orar, y declarar la victoria que Dios nos ha dado. El poder de Dios es infinito, y todo lo que tenemos hacer para obtenerlo es declararlo con toda nuestra fe.

Ahora pregunto: ¿qué circunstancias imposibles afrontas hoy? ¿Sientes que estás parado ante una muralla fortificada que no puedes penetrar? ¿Estás parado frente a la muralla de duda, la muralla de desaliento, la muralla de decepción? ¿Qué muralla te detiene de llegar al lugar de bendición que Dios tiene para ti? Examina bien tu vida, y escucha hoy que el Señor te dice: “…yo he entregado en tu mano a Jericó…”

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“…¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios…” 1 Corintios 6:9-10

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