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Hijo de hombre, ponte sobre tus pies

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Si se acuerdan, la semana pasada estudiamos acerca de los dones, y descubrimos que aunque muchos piensan no tener dones, esa no es la realidad. Es más, todos aquí descubrimos que tenemos tres dones muy importantes que tenemos que ejercer. Tres dones que tenemos que utilizar para evangelizar a todos aquellos que nos rodean, que se encuentran atrapados debajo de gruesas capas de religiones, sectas, y mentiras del diablo.

En otras palabras, descubrimos que tenemos que comenzar a ejercer los dones que Dios nos ha dado para la edificación, y fortalecimiento de Su iglesia. Pero para que una congregación pueda comenzar a ejercer los dones que Dios nos ha entregado, primero tiene que suceder algo. ¿Qué tiene que suceder?

Para que una congregación pueda debidamente cumplir con la responsabilidad de propagar el evangelio de Jesucristo, nuevas personas dispuestas a trabajar hombro a hombro en la obra del Señor tienen que emerger; en otras palabras, los creyentes tienen que pararse firme en su fe, y asumir la responsabilidad que Dios nos ha entregado.

Como les dije, la semana pasada estudiamos brevemente acerca de los dones, y descubrimos que todos tenemos dones. Pero que tenemos tres dones muy especiales para usar en la edificación de la iglesia. Así que habiendo examinado los dones, deseo que hoy estudiemos acerca del llamado y las condiciones que existen en el llamado. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Ezequiel 2:1-8 - Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo. 2Y luego que me habló, entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba. 3Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día. 4Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. 5Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos. 6Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde. 7Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. 8Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo; no seas rebelde como la casa rebelde; abre tu boca, y come lo que yo te doy.

Como todos podemos apreciar, en estos versículos encontramos el llamado del profeta Ezequiel, y en éste llamado encontramos lo principal que Dios desea que sepamos. En este llamado encontramos las condiciones que existen en el llamado, y el resultado de cuando lo aceptamos. Pero antes de proceder, deseo eliminar el mito de que predicar el evangelio de Jesucristo es solo y exclusivo de un pequeño grupo de personas.

Lo que ha sucedido a través del tiempo en cuanto al llamado, es que al igual que los dones, una gran porción del pueblo de Dios ha determinado que no han recibido nada.  Una gran porción, sino la mayoría del pueblo de Dios, han determinado que el llamado solo se aplica a los pastores, ministros, y líderes de la congregación, pero esto es algo muy lejos de la verdad. Digo esto porque antes de ascender al cielo, el Señor nos dejo un mandato a cumplir. Esto es algo que encontramos bien declarado en Mateo 28:18-20 cuando leemos: “…Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. 19Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; 20enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén…”

Ahora bien, la razón por la que muchos piensan que proclamar el evangelio de Jesucristo, es solo y exclusivamente la responsabilidad de los pastores y ministros es porque piensan que cuando Jesús hablo en este instante, Él solo se dirigía a los apóstoles que le rodeaban, y por lo tanto un simple creyente no tiene la responsabilidad de cumplir con este mandato. Algunos piensan o han llegado a la conclusión que la responsabilidad de proclamar el evangelio descansa sobre los hombros de un pequeño número de personas, pero ésta manera de pensar está muy lejos de la verdad. Para que entiendan bien porque les digo esto será necesario que examinemos el significado de la palabra “discípulo”.

El diccionario de la Real Academia Española define la palabra “discípulo” de esta forma: 1. Persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro. 2. Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron.  Así que cuando seguimos ésta definición, entonces podemos fácilmente comprender que el mandato del Señor no está exclusivamente dirigido a un pequeño número de personas; es decir a los líderes de las congregaciones, sino que el mandato está dirigido a toda persona que proclame ser creyente. Así que podemos concluir que  todos nosotros que estamos aquí fuimos llamados a obrar para el reino de Dios. Dile a la persona que tienes a tu lado, fuiste llamado. Con esto en mente continuemos ahora con nuestro estudio.

Como les dije al inicio el llamado tiene condiciones. La primera condición la encontramos en el primer versículo cuando leemos: “…Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo...” ¿Cuál es la primera condición? La primera condición es ponernos en pie al recibir el llamado de Dios. Si queremos ver el poder de nuestro Padre celestial reflejado en nuestra vida, y deseamos escuchar Su voz, tenemos que pararnos firme en Su santa y divina Palabra. Tenemos que pararnos firme sobre la roca de nuestra salvación, y no permitir que nada nos desvié de los caminos de Dios. Dile a la persona que tienes a tu lado “…ponte sobre tus pies...”

El problema más grande que existe es que muchos han reconocido que han recibido un llamado, pero no han respondido efectivamente; en otras palabras no se han puesto en pie. Muchos han permitido que las circunstancias y que las excusas detengan la bendición y el privilegio que es el ser llamado. Digo esto porque si analizamos bien las cosas, no es difícil discernir que servir a Dios es un gran privilegio, y una tremenda bendición.  Pensemos en esto por un momento para determinar si lo que les digo tiene sentido.

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“…¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios…” 1 Corintios 6:9-10

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