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Si se humillare mi pueblo

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Cuando tomamos el tiempo de mirar a nuestro alrededor, es decir, nos mantenemos informados de lo que sucede a diario, no es difícil llegar a la conclusión que lo que este mundo más necesita es un despertar a la verdad de Dios. En otras palabras, el mundo desesperadamente necesita que un avivamiento de la Palabra de Dios se derrame sobre todos, y que la humanidad reconozca y se vuelva a Su creador. Pero la realidad del caso es que este despertar que el mundo necesita tan desesperadamente nunca sucederá sin que antes suceda en la iglesia.

Ahora, deseo detenerme aquí para hacer una aclaración. Cuando me refiero a la iglesia, no me estoy refiriendo a esta congregación en particular, sino que me estoy refiriendo al pueblo de Dios en su totalidad. Así que no quiero que nadie aquí me vaya a mal interpretar, pero si deseo que todos aquí lleguen a un despertar. ¿Por qué digo esto?

Digo esto porque la iglesia ha sido agredida, y en ocasiones invadida y ocupada por los poderes de las tinieblas. Y esto ha producido un concepto erróneo acerca del verdadero significado de un avivamiento. ¿Por qué digo esto? Lo digo porque cuando tomamos a un grupo de creyentes y le preguntamos el significado del avivamiento, la mayoría de ellos responderán que el avivamiento es algo que se aplica al mundo y no necesariamente a la iglesia. Pero si piensas de esta manera, deseo informarte que estas en muy, pero muy mal camino. Con esto no quiero decir que el mundo no necesite reconocer, y volverse a Dios, sino que les digo que un avivamiento nunca llegara al mundo sin que antes suceda en la iglesia. Así que este será el tema que estaremos explorando en el día de hoy; hoy deseo que examinemos lo que significa el avivamiento, y aprendamos las condiciones a cumplir que existen antes de que suceda. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

2 Crónicas 7:14 - Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonare sus pecados, y sanare su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis iodos a la oración en este lugar.

Como acostumbro a decir, para poder tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia. El segundo libro de Crónicas nos ofrece una historia tópica del fin del reino unido, es decir, el Reino de Salomón, y del reino de Judá. Aunque el segundo libro de Crónicas es una continuación del primero, en realidad se concentra más en el reino del sur (Judá) que en el reino del norte (Israel). La razón por esto es porque la mayoría de los reyes no habían llegado a la realización de que apartados de su verdadera misión como la nación del pacto, es decir, como el pueblo escogido de Dios para llamar a otras naciones a servir a Jehová, Judá sola no tenia llamado, destino, y ninguna esperanza de ser una gran nación. Solamente todo lo que hicieran de acuerdo a la voluntad de Dios tendría un valor duradero.  Pero la creciente apostasía inevitablemente les condujo al juicio de Dios[1].

Esto es algo que queda bien resumido en las palabras del profeta Hananí cuando fue a hablar con Asá, rey de Judá, según encontramos en 2 Crónicas 16:7-9 cuando leemos: “…En aquel tiempo vino el vidente Hanani a Asa rey de Judá, y le dijo: Por cuanto te has apoyado en el rey de Siria, y no te apoyaste en Jehová tu Dios, por eso el ejército del rey de Siria ha escapado de tus manos. 8Los etíopes y los libios, ¿no eran un ejército numerosísimo, con carros y mucha gente de a caballo? Con todo, porque te apoyaste en Jehová, él los entregó en tus manos. 9Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él. Locamente has hecho en esto; porque de aquí en adelante habrá más guerra contra ti…” ¿Por qué les he hecho este recuento? La razón por la que les he expuesto este breve recuento es para que lleguemos a la conclusión que el Señor a través de Su Palabra nos enseña repetidamente que cuando nos olvidamos de Dios, Él retira sus bendiciones, pero cuando nos mantenemos fiel y obedientes, el Señor nos entrega la victoria.  Así que manteniendo estos breves detalles en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

Ahora preguntémonos, ¿qué es un avivamiento? Un avivamiento es: “Acción y efecto de avivar o avivarse[2].” En otras palabras, cobrar ánimo y vigor, ser energéticos en nuestra fe. Como les dije al inicio, una gran porción de los creyentes piensan que el avivamiento es algo que solo se aplica al mundo, pero la realidad es que el mundo nunca experimentara un avivamiento sin que antes suceda en la iglesia. ¿Por qué digo esto? Examinemos con más detalles los versículos que estamos explorando en el día de hoy para que entiendan bien.

Lo primero que vemos aquí es que se nos dice: “…Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado…” Reflexionemos en esto por un breve momento y preguntémonos: ¿a quién está dirigido esto? ¿Esta esto dirigido al mundo, es decir, a los que no conocen a Dios? La respuesta es un rotundo ¡NO! La razón por la que digo que esto no está dirigido al mundo es porque el mundo no busca a Dios, y no es Su pueblo.  Esto aquí está completamente dirigido a nosotros. El problema que existe es que el pueblo de Dios de hoy no está haciendo lo suficiente para la obra de nuestro Rey y Salvador.

Es fácil poner pretextos de por qué no podemos hacer esto o lo otro, pero, ¿qué pretexto le daremos a Dios cuando nos encontremos cara a cara con Él[3]. Muchos han encontrado un lugar cómodo y se encuentran pacientemente esperando el regreso del Señor. Muchos piensan que solo hacen el bien y están convencidos de que están salvos. Para muchos este concepto es lo todo suficiente, así que no se mueven para hacer más. Pero, ¿es eso lo que desea Dios de nosotros? Absolutamente ¡NO! Cristo no dijo siéntense en el banco de la iglesia, o descansen en su casa hasta que yo llegue. Cristo nos entrego una misión, y esto es algo que queda sumamente claro en Mateo 28:19 cuando leemos: “…Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…” Ahora bien, sé que muchos se estarán diciendo que cumplen y predican la palabra, pero les digo en el día de hoy que si el Espíritu Santo de Dios no está vivo en ti, entonces de nada te vale predicar, de nada te vale hablar. Escuchen bien lo que les digo, es imposible dar lo que no tenemos. Tenemos que avivar, fortalecer, y vigorar el Espíritu Santo que mora en nosotros. ¿Qué tenemos que hacer para que esto suceda? Para fortalecer el Espíritu Santo en nosotros existen tres condiciones a cumplir.

La primera condición: “…se humillare...” Como les dije al inicio, la maldad a penetrado las paredes de la iglesia; ha penetrado en forma del orgullo y la vanagloria, cosas que todos sabemos no agradan a Dios. Fíjense bien como esto es algo que queda bien resumido en la palabras del apóstol en 1 Juan 2:16 cuando leemos: “…Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo…” El orgullo y la vanagloria son cosas que destruyen, e impiden que obremos como Dios desea que obremos. Les voy a decir algo que quizás los impacte, los que más seguros están de que no son orgullosos son probablemente los más orgullosos; ¿de qué están orgullosos? Están orgullosos de su propia humildad. ¿Por qué digo esto? Lo digo porque existen dos tipos de orgullos que han tomado raíz en el Cuerpo de Cristo, el orgullo de nuestras acciones, y el orgullo de nuestra vida.

Si pensamos un poco en el tema estoy seguro que todos nosotros nos daremos cuenta de que conocemos a creyentes que actúan por orgullo. En otras palabras, hacen las cosas solo para obtener reconocimiento de lo que hacen, estos son los orgullosos de sus acciones. Este es el grupo de personas que buscan cargos en la iglesia para poder sentirse orgullosos de si, menospreciando el trabajo de otros. A este grupo de personas no se les puede decir o pedir algo más de lo que hace, o pedirle que hagan las cosas de cierta manera, porque de hacerlo estas infiriendo a que no hacen lo suficiente, o que no saben lo que hacen. Esto por supuesto nunca es tolerado, entonces lo que sucede es que se molestan, se ofenden, y luego se van hablando pestes del pastor y de la congregación.

Del otro lado de la moneda tenemos los orgullosos de su vida. Es triste ver como existen numerosos creyentes que teniendo problemas espirituales, problemas en su familia, problemas difíciles que afrentan, nunca pasan al frente para que se ore por ellos. ¿Por qué creen que sucede esto? Esto sucede porque su orgullo no le permite que otros piensen o sepan que están caídos o necesitados. El orgullo les detiene de recibir liberación y la bendición que Dios desea entregarles. El orgullo los detiene y mantiene encerrados en la prisión que se encuentran. Y es por eso que la Palabra de Dios aquí nos dice tenemos que humillarnos ante la presencia de Dios, tenemos que reconocer que nosotros nunca obtendremos la victoria sobre las adversidades que enfrentamos por nuestra propia fuerza. Y es por eso que digo que el primer paso que tenemos que dar para que suceda un avivamiento en nuestra vida es deshacernos del orgullo y la vanagloria. La realidad es que ser humilde es la virtud que nos conducirá a someternos a la voluntad de Dios y no a la nuestra, y es por eso que el Señor en Mateo 11:29nos dice: “…Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas…” ¿Cuantos desean este descanso? Claro está en que todos no solamente lo queremos, sino que lo necesitamos. Pero recordemos que todo tiene un comienzo, y el avivamiento comienza con humillarse ante Dios. Así que la primera condición a cumplir para avivar el Espíritu Santo en nosotros es humillarnos; en otras palabras, reconocer nuestras faltas y errores.

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“…¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios…” 1 Corintios 6:9-10

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