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Y nunca más me acordaré de sus pecados

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Quiero tomar la oportunidad en el día de hoy para hablarles acerca de algo que a menudo se nos olvida.  Algo que en muchas ocasiones no hacemos, pero que no deja de ser una de las partes esenciales de nuestra fe.  ¿Saben de qué les hablo?  Les estoy hablando acerca del perdón.  La realidad es que como hombres imperfectos al fin, a nosotros se nos hace más fácil juzgar y condenar, que perdonar.  Se nos hace más fácil asumir posiciones incorrectas, basadas en recientes eventos, en vez de reflexionar en las cosas.  Condenamos y juzgamos incorrectamente a otros sin mantener en mente que nosotros no estamos llamados a condenar, sino a perdonar.

Ahora bien, todos aquí sabemos que nuestros pecados fueron perdonados.  No importa cuán grade o cuán chicos hayan sido, una vez que genuinamente aceptamos a Jesús como nuestro Rey y Salvador personal, nuestros pecados son perdonados por Dios. Pero ahora debemos preguntarnos, ¿existen algunas condiciones acerca del perdón? Y quizás más importante aún, ¿cuánto debemos perdonar? Estas son las preguntas que estaremos explorando en nuestro estudio bíblico de hoy. Abramos ahora la biblia a:

Hebreos 10:16-17- Este es el pacto que haré con ellos Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, Y en sus mentes las escribiré, 17 añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.

Aquí encontramos la respuesta a la primera pregunta.  El perdón de Dios no es como el nuestro.  ¿Ha alguien escuchado la frase perdonar y olvidar?  Bueno eso es exactamente lo que Dios hace con nosotros.  No solamente perdona nuestros pecados, pero como encontramos en la biblia, él nos dice: “…Y nunca más me acordaré de sus pecados é iniquidades…”  La realidad es que de la manera que nosotros perdonamos es muy diferente a como Dios perdona. Nosotros decimos que perdonamos a alguien por habernos hecho algo que nos ofendió, pero olvidarnos es algo muy diferente. ¿Se ha encontrado alguien aquí en una situación similar? 

Decir que hemos perdonado es muy fácil, pero verdaderamente perdonar es algo que se nos dificulta grandemente.  Algunas de las razones por la que esto puede suceder pueden ser el orgullo, la vanagloria, y numerosos otros defectos que todos, sin excepción de uno, tenemos.  Como he dicho en numerosas ocasiones, no se pongan a buscar mis defectos, porque les aseguro que ninguno les agradara.

En otras predicaciones les he dicho en que no se pongan a buscar mis defectos, no porque yo sea una persona malvada, creo que todos aquí me conocen muy bien.  Pero si les he dicho que no se pongan a buscar mis defectos porque la realidad es que buscar los defectos de los demás, implica que nosotros nos consideremos perfectos o superiores a otros, y esto no puede estar más lejos de la verdad porque es imposible.  Por muy bueno que todos nosotros pretendamos ser, ninguno de nosotros hemos alcanzado la perfección que Dios demanda.  Y es exactamente por eso que antes de poner a buscar los defectos de otras personas, primero tenemos que examinarnos detalladamente a nosotros mismos [1].  Solo existe uno perfecto, justo, y recto, y su nombre es Jesucristo.

Como les dije hace un instante, a todos se nos hace muy fácil decir que hemos perdonado a una persona, pero si al pensar en lo que sucedió volvemos a ponernos de mal humor, o a sentir resentimientos, entonces tenemos que darnos cuenta que en realidad no hemos perdonado. Lo único que hemos hecho es temporalmente quitar el incidente de nuestra mente porque nos causa molestia, y nada más. Este es el problema que plaga al mundo y a muchos cristianos; no existe un perdón genuino en el corazón.  Aunque el perdón genuino suena difícil lograr, les aseguro que no es imposible como muchos piensan.  Es más el perdón es una condición de nuestra salvación.

Si, me han escuchado correctamente, tu salvación depende de tu perdón. Esto no es un concepto nuevo que he inventado yo, no es una nueva doctrina ni mucho menos. Jesucristo nos dice claramente que el perdón es una condición de nuestra salvación.  Fíjense bien como nos dice el Señor en Mateo 6:14-15 cuando leemos: “…Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas…”  Como podemos apreciar, aquí Jesús nos habla de manera fácil de entender. 

En estos versículos que acabamos de leer no existe ninguna frase que pueda ser mal interpretada, o difícil de entender. Como les dije anteriormente, el perdón es el elemento crucial de nuestra salvación.  Es esencial que todo cristiano reconozca que para ser perdonado, primero tiene que perdonar.  Reflexionemos en esto por un momento, ¿dónde estaríamos hoy si Dios no nos hubiese perdonado?  Si Dios no hubiese perdonado nuestros pecados, nosotros estaríamos al igual que se encuentra el mundo, perdidos y sin rumbo o dirección. 

Me atrevo a decir que la palabra perdón es la palabra más importante en el diccionario.  Es una palabra bien simple, pero que tiene mucho peso.  Como les mencione hace un momento, una de las razones por la que con frecuencia se nos hace difícil perdonar es debido a nuestro orgullo.  Lo que sucede es que cuando alguien nos ofende, nuestro orgullo y/o sentimientos son heridos.  Y en la mayoría de las ocasiones, los impulsos de la carne toman posesión de nosotros y no podemos perdonar.  Permítanme ilustrarles el punto que deseo hacer de otra manera.    

Supongamos que en nuestro trabajo se nos asigna un proyecto, donde tenemos que construir un modelo que formara parte de la presentación final de nuestra obra.  Pensemos en los arquitectos, quienes construyen modelos de los edificios que han diseñado para presentárselos a los inversionistas o cliente.  Digamos que concluir el proyecto para la presentación final nos ha tomado horas de horas.  Esto significa que hemos sacrificado horas de estar con nuestra familia y o amistades, todo para preparar esto hasta el punto donde nosotros consideramos que está perfecto.  Finalmente llega el día y lo presentamos.  De inmediato empezamos a recibir halagos, y nuestro orgullo se ensancha.  

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“…¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios…” 1 Corintios 6:9-10

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