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Obispo José R. Hernández

Edificando murallas

No se cuantos de ustedes están atentos a las noticias, pero con solo prestar un poco de atención no es difícil llegar a la conclusión de que estamos viviendo en tiempos bien difíciles.  Estamos viviendo en tiempos cuando la vida tiene solo el valor de lo que podamos llevar puesto.  Estamos viviendo en tiempos cuando a cualquiera lo matan por solo robarle una cadena, un reloj, o un dólar del bolsillo.  En otras palabras estamos viviendo en tiempos donde la fibra moral del ser humano casi no existe.  Nuestra sociedad está llena de perversidad, corrupción, e inmoralidad.  Los principios Cristianos están siendo atacados grandemente, y están desmoronándose a nuestro alrededor.   Es por esta razón que al mundo le es mucho más fácil aceptar explicaciones conjuradas por hombres basadas en la sabiduría humana, que en la verdad de Dios.   Al mundo le es mucho más fácil aceptar las excusas y justificaciones que buscan destruir las pocas y ultimas fibra moral restantes, que volverse a Dios y buscar Su rostro.  ¿Qué debemos hacer nosotros ante todo esto?  Éste es el tema que estaremos explorando en el día de hoy.  Pasemos ahora a la Palabra de Dios. 

Nehemías 4:12-17 - Pero sucedió que cuando venían los judíos que habitaban entre ellos, nos decían hasta diez veces: De todos los lugares de donde volviereis, ellos caerán sobre vosotros. 13Entonces por las partes bajas del lugar, detrás del muro, y en los sitios abiertos, puse al pueblo por familias, con sus espadas, con sus lanzas y con sus arcos. 14Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas. 15Y cuando oyeron nuestros enemigos que lo habíamos entendido, y que Dios había desbaratado el consejo de ellos, nos volvimos todos al muro, cada uno a su tarea.  16Desde aquel día la mitad de mis siervos trabajaba en la obra, y la otra mitad tenía lanzas, escudos, arcos y corazas; y detrás de ellos estaban los jefes de toda la casa de Judá. 17Los que edificaban en el muro, los que acarreaban, y los que cargaban, con una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada.

Como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia.  Estos acontecimientos que estamos explorando en el día de hoy tomaron lugar aproximadamente unos 500 años antes de Cristo.  Ahora debemos preguntarnos, ¿quién fue éste hombre llamado Nehemías?  Nehemías fue un hombre común y corriente, pero si gozaba de una posición única.  Nehemías era el copero del rey Artajerjes, y aunque él no ejercía gran poder, Nehemías si ejercía gran influencia ya que el rey dependía y confiaba en él.    Esta relación y dependencia es algo que queda muy bien reflejado en la conversación que él tuvo con el rey, cual fue la que le condujo a éste punto en la historia que estamos explorando en el día de hoy, como encontramos en Nehemías 2:1-2 cuando leemos, “Sucedió en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, que estando ya el vino delante de él, tomé el vino y lo serví al rey. Y como yo no había estado antes triste en su presencia. 2me dijo el rey: ¿Por qué está triste tu rostro? pues no estás enfermo. No es esto sino quebranto de corazón. Entonces temí en gran manera.”  Lo que había entristecido a Nehemías es que él había recibido noticias de que las murallas que rodeaban la gran ciudad de Jerusalén aun continuaban destruidas; esto es algo que encontramos en Nehemías 1:3 cuando leemos, “Y me dijeron: El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego.”  Esto por supuesto causo una gran preocupación en éste hombre ya que como todos sabemos, las cosas en ese entonces eran muy diferentes a hoy en día.  En otras palabras, las ciudades de antigüedad eran muy diferentes a las ciudades de hoy. Demás esta decir que en ese entonces no existían todas las protecciones modernas que nosotros disfrutamos hoy.  Esto significa que de la única manera que una ciudad podía ofrecerle algún tipo de protección a sus habitantes, la ciudad tenia que tener paredes o murallas a su alrededor.  Paredes o murallas con portones fuertes que podían detener un ataque, y las paredes de Jerusalén habían quedado destruidas por el rey Nabucodonosor en el 586 a.C, y todavía no habían sido reconstruidas.  ¿Por qué es necesario que sepamos estas cosas? 

Es necesario saber estos breves detalles porque ellos nos revelan dos cosas muy importantes.  Número uno, nos revela el estado de aflicción que existía en el corazón del pueblo de Dios de ese entonces; dicho estado de aflicción no es muy diferente al estado que muchos están experimentando hoy en día al ver como el mundo continua en el camino de la perdición.  Número dos, estos breves detalles nos dejan saber que no tenemos que ser personas grandes y poderosas para poder cumplir la voluntad de Dios, lo único que tenemos que hacer es permitir que el amor, misericordia, y poder de nuestro Señor sean reflejados en todo lo que somos, y otros serán influenciados por Él.  Así que manteniendo estas cosas en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

Lo primero que vemos aquí es que se nos dice, “Pero sucedió que cuando venían los judíos que habitaban entre ellos, nos decían hasta diez veces: De todos los lugares de donde volviereis, ellos caerán sobre vosotros.”  ¿Qué estaba sucediendo aquí?  Lo que estaba sucediendo aquí es que el enemigo continuaba su ataque en contra de éste pueblo; el enemigo estaba tratando de detener el progreso de la obra a través de la intimidación y el temor.  Ésta táctica del enemigo no ha cambiado mucho; no ha cambiado porque el temor en toda ocasión nos conducirá lejos de la presencia de Dios. El espíritu de temor nos detendrá de obrar para Dios, y hará que caigamos muertos en el espíritu.  El espíritu de temor no nos permitirá crecer y desarrollar la vida que Dios desea para nosotros.  El espíritu de temor nos mantendrá callados y nunca testificaremos del poder y gracia de Dios.  Pero nosotros siempre tenemos que recordarnos de que fuimos comprados por un precio muy alto, y tenemos que glorificar a Dios en todo lo que somos.  Esto es algo que queda claramente expresado en 1 Corintios 6:20 cuando leemos, “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”  Así que nosotros tenemos que testificar de Su poder; NO podemos permanecer en silencio. Como cristianos nuestra responsabilidad es de llevar la verdad al mundo.  ¿Cómo podemos lograr esto?  De la única manera que podremos lograr esto es fortificando nuestra posición.  Podemos lograr esto cuando primero comenzamos a reparar o construir las murallas defensoras a nuestro alrededor.

Las murallas que una vez rodeaban a Jerusalén eran de piedra y cemento, pero las murallas que nos sirven de protección a nosotros son las promesas de Dios y nuestra fe. Nehemías deseaba que Jerusalén quedase protegida de la mejor manera posible, pero las murallas de protección de ésta ciudad estaban dañadas grandemente o destruidas por sección.  En realidad la condición de estas murallas con frecuencia puede ser usada para describir la condición espiritual de muchas personas. Existen muchas personas que debido a los ataques del enemigo, y debido a las situaciones difíciles que se presentan en el transcurso de la vida, se encuentran en una condición espiritual destruida o gravemente dañada.  En otras palabras sus defensas están bajas o no existen.  Como les dije al inicio, estamos viviendo en tiempos peligrosos.  Estamos viviendo en tiempos en que la vida de una persona no tiene valor alguno, y es por eso que digo que tenemos que comenzar a edificar murallas.  En el tiempo de antigüedad las murallas eran edificadas de piedras y cemento para proteger a los habitantes; murallas fuertes y gruesas que detenían el ataque de un enemigo.  Pero aun teniendo estas murallas, las ciudades podían caer, tal como fue el caso con éste pueblo.  ¿Saben por qué?  Porque las murallas solo son tan fuertes como aquellos que la defienden.  Si no existen soldados parados en las murallas para repeler el ataque de una fuerza invasora, entonces las murallas pueden ser derribadas o escaladas, y una u otra de estas cosas permiten que el enemigo penetre la ciudad.  Continuando leemos, “Entonces por las partes bajas del lugar, detrás del muro, y en los sitios abiertos, puse al pueblo por familias, con sus espadas, con sus lanzas y con sus arcos. 14Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.”  Aquí leemos que el pueblo fue posicionado en lugares estratégicos para que pudieran defender la ciudad; ellos estaban armados y listos para defender lo que Dios les había entregado.   Ellos estaban armados con lanzas, espadas, y arcos para repeler cualquier ataque del enemigo que se pudiera levantar, y nosotros tenemos que prepararnos y armarnos igual.  Nosotros estamos siendo atacados constantemente por lo que aparenta ser una fuerza superior, y es tiempo de edificar y/o reconstruir murallas.  Es tiempo de edificar murallas para proteger a nuestra familia; es tiempo de edificar murallas para proteger a nuestros hijos; es tiempo de edificar murallas para proteger nuestros hogares; es tiempo de edificar murallas para detener que penetren las fuerzas del enemigo en todo lo que somos. 

¿Cómo podemos edificar murallas?  La respuesta la encontramos en los siguientes versículos cuando leemos, “Y cuando oyeron nuestros enemigos que lo habíamos entendido, y que Dios había desbaratado el consejo de ellos, nos volvimos todos al muro, cada uno a su tarea.  16Desde aquel día la mitad de mis siervos trabajaba en la obra, y la otra mitad tenía lanzas, escudos, arcos y corazas; y detrás de ellos estaban los jefes de toda la casa de Judá. 17Los que edificaban en el muro, los que acarreaban, y los que cargaban, con una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada.”   Aquí encontramos los dos pasos a seguir que nos permitirán construir murallas con ladrillos de fe a nuestro alrededor, cementadas con las promesas de nuestro Dios. 

El primer paso es que tenemos que estar concientes de las intenciones del enemigo.  Tenemos que estar concientes de que él desea separarnos de la presencia de Dios, y que no descansa en su ataque.  Esto es algo que el Señor nos advierte en Juan 10:10 cuando leemos, “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”  Todos nosotros debemos estar muy concientes de que nos encontramos en medio de una guerra espiritual.  Esto es algo que se nos ha advertido claramente en Efesios 6:12 cuando leemos, “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”  Ahora bien, creo que la mayoría de nosotros sino todos diríamos que la guerra espiritual consiste de la batalla por nuestra mente.  ¿Por qué ésta batalla por nuestra mente?  La batalla es porque nuestro enemigo sabe muy bien que si él puede controlar lo que pensamos y creemos, entonces podrá controlar como vivimos y como actuamos.  La palabra aquí nos dice que nosotros no peleamos contra “sangre y carne.”  Esto nos deja saber claramente que la guerra  en que nos encontramos no es contra personas, gobiernos, instituciones religiosas o políticas.  Así que de nada nos sirve edificar algo físico, sino que tenemos que fortalecer nuestro espíritu en todo momento. Tenemos que edificar murallas espirituales de fe porque las cosas que en ocasiones aparentan ser insignificantes, tienen la tendencia de crecer y crecer hasta llegar al punto de apartarnos de Dios. 

El segundo paso es que tenemos que obrar para Dios y permanecer concientes de la defensa.  La Palabra aquí nos dice que ellos obraban en la muralla armados con espadas, lanzas y arcos, y nosotros tenemos que obrar de la misma manera.  Dios nos ha llamado a todos nosotros a participar de Su obra, pero nunca podemos hacerlo desarmados.  Recordemos siempre que un soldado desarmado no es un soldado, un soldado desarmado es una baja.  ¿De qué arma les hablo? Les hablo acerca del arma más poderosa que existe en el universo, y con la única que nosotros podemos defendernos.  Les hablo de la Palabra de Dios.  Nosotros tenemos la Palabra de Dios que es el arma más poderosa que existe en el universo.  Fíjense bien en el poder de ésta arma como la encontramos descrita en Hebreos 4:12 cuando leemos “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”  El problema que existe es que en la mayoría de los casos, los creyentes no tienen la menor idea de cómo usar ésta arma.  La mayoría de los cristianos no son expertos o ni tan siquiera competentes en la Palabra, y la razón es porque no practican.  En otras palabras, la mayoría de los creyentes no toman el tiempo de leerla, estudiarla, y meditar en ella.  La mayoría de los creyentes viven contentos con solo leer la Palabra de Dios el domingo durante el servicio.  Pero la realidad del caso es que un arma no nos sirve para nada si no la sabemos usar.  Es más,  un arma en manos de un inexperto es algo peligroso; es algo peligroso porque en la mayoría de los casos al inexperto confrontarse en contra de un adversario, el arma será arrebata de las manos del inexperto y será usada en su contra.  Es por esta razón que podemos encontrar que existen numerosos creyentes que han sido desviados de los caminos de Dios por aquellos que tergiversan y manipulan la Palabra para su propio beneficio.

Para concluir.  Estamos viviendo en tiempos peligrosos, tiempos cuando nuestras creencias y fe están siendo atacadas constantemente por lo que aparenta ser una fuerza superior, y es tiempo comenzar a edificar y/o reparar nuestras murallas. Es tiempo de edificar murallas y levantar nuestra espada usándola con la autoridad que Dios nos ha dado.  Es tiempo de edificar murallas y pararnos encima de ellas para defender a nuestra familia; es tiempo de edificar murallas y pararnos encima de ellas para defender a nuestros hijos; es tiempo de de edificar murallas y pararnos encima de ellas para defender nuestros hogares; es tiempo de de edificar murallas y pararnos encima de ellas para detener que las fuerzas del enemigo penetren nuestra vida.  La tarea que Nehemías emprendió no fue nada fácil, él estaba confrontado con numerosas oposiciones.  Pero no obstante la oposición, él cumplió con su misión, y la muralla que rodeaba a Jerusalén fue construida en solo cincuenta y dos días; esto es algo que queda bien claro en Nehemías 6:15 cuando leemos, “Fue terminado, pues, el muro, el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y dos días.”  Ahora la pregunta que queda es, ¿comenzaras a edificar tu?

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