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Obispo José R. Hernández

El vigilante

Deseo iniciar el servicio haciendo una advertencia; el mensaje que les traigo hoy no es un mensaje para los débiles de corazón.  En otras palabras, es un mensaje que muchos encontraran un poco fuerte.  Digo que es un mensaje fuerte porque hoy estaremos analizando nuestro papel como cristianos. Ahora, antes de pasar a la lectura de la palabra que estaremos estudiando hoy, deseo hacer una pregunta. No es una pregunta para que me la conteste nadie, sino es una pregunta con el propósito de hacernos reflexionar.  ¿Has recibido alguna vez un mensaje que no te ha agradado? Reflexionemos brevemente en nuestro pasado y busquemos en nuestro presente; ¿ha acontecido esto alguna vez en nuestra vida?  Hago ésta pregunta porque existen numerosas personas que al recibir un mensaje fuerte, o un mensaje que no concuerda con su manera de pensar o sentir, lo primero que hacen es enfadarse y no miran más aya del mensaje que recibieron. En otras palabras, permiten que los impulsos de la carne les conduzcan a un estado de rebeldía y desobediencia. Pero existe una pregunta que todos debemos hacernos cuando escuchamos un mensaje fuerte o un mensaje que no concuerda con nuestra manera de pensar; existe una pregunta que debemos hacernos al recibir un mensaje que quizás nos enfade, ésta pregunta es, ¿por qué permite Dios que esto suceda?  Pasemos ahora a la Palabra de Dios para descubrir la respuesta.

Ezequiel 3:16-21 - Y aconteció que al cabo de los siete días vino a mí palabra de Jehová, diciendo: 17Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. 18Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. 19Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma. 20Si el justo se apartare de su justicia e hiciere maldad, y pusiere yo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no le amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no vendrán en memoria; pero su sangre demandaré de tu mano. 21Pero si al justo amonestares para que no peque, y no pecare, de cierto vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu alma.

Para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros, será necesario conocer un poco mejor a éste hombre llamado Ezequiel.  Ezequiel fue un sacerdote y profeta, y le toco ministrar durante los días más negros de la historia de Judá; digo esto porque ellos soportaron setenta años bajo el cautiverio de Babilonia.  Ezequiel fue llevado cautivo antes del asalto final en contra de Jerusalén, y él uso profecías, parábolas y señales para dramatizar el mensaje de Dios para Su pueblo.  Al igual que la mayoría de los otros profetas, los mensajes de Ezequiel estaban divididos en dos partes, la condenación y la consolación.  Y por ultimo, algo que también debemos saber es que Ezequiel hizo gran énfasis en la soberanía, gloria, y fidelidad de Dios.   Así que conociendo a este siervo un poco mejor continuemos ahora nuestro estudio de hoy.

Lo primero que vemos aquí es que Dios le habla diciendo “Y aconteció que al cabo de los siete días vino a mí palabra de Jehová, diciendo: 17Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte.”  Pero, ¿qué significa la palabra "atalaya?" ¿Qué nos dice ésta palabra a nosotros? Para poder entender el significado de ésta palabra tendremos que transportarnos al pasado por un breve momento. Como todos sabemos, las ciudades de antigüedad eran muy diferentes a las ciudades de hoy en día. Hoy encontramos numerosas ciudades llenas de habitantes, pero en ese entonces las ciudades eran pequeñas en comparación. Demás esta decir que en ese entonces tampoco existían todas las protecciones que nosotros tenemos ahora.  Esto significa que de la única manera que un gobernador podía proteger a sus habitantes era construyendo paredes o murallas alrededor de la ciudad. Paredes o murallas con portones fuertes que podían detener un ataque.

Lo normal era que los portones se mantuvieran abiertos para que los habitantes y visitantes pudiesen entrar y salir libremente. Pero estos portones eran cerrados para prevenir que el enemigo pudiese tomar la ciudad siempre y cuando existiera una advertencia. En otras palabras, los soldados y o los ciudadanos podían proteger la ciudad siempre y cuando no fuesen sorprendidos, porque en realidad ésta era la única manera de tomar una ciudad fácilmente.  De otra manera los invasores tendrían que sitiar la ciudad, y éste proceso podía durar meses.  Y es aquí es donde entra el papel del atalaya. El atalaya era la persona o personas responsables para que la ciudad no fuese tomada por sorpresa. Estamos hablando acerca de personas que tenían, en mi opinión, el trabajo más importante en toda la ciudad.  Digo esto porque el bienestar de los cuídanos y de la ciudad dependían de ellos.  Estas personas tenían la responsabilidad de estar constantemente vigilando y buscando señales de actividad en los alrededores.  No importaba si el tiempo estaba bueno o malo, si llovía o soleaba, si tronaba o relampagueaba, el atalaya no podía abandonar su posición en ningún momento. El atalaya no se podía quedar dormido, y más importante de todo, no podía desatender su posta en ningún momento. El atalaya tenia que mantener sus ojos abiertos en todo momento, buscando en la distancia señales que pudiesen indicar el peligro de una invasión. Si veían alguna señal que indicara peligro, su deber era de sonar una trompeta de alarma para que los portones pudiesen ser cerrados y para que los soldados se subieran en las murallas para defender la ciudad. Así que podemos concluir que el trabajo del atalaya era de vigilar y advertir. Manteniendo esto en mente continuemos ahora con nuestro estudio.

¿Cómo se aplica esto a nuestra vida en el día de hoy? En estos versículos encontramos que Ezequiel recibió una gran responsabilidad; él no fue llamado a ser el atalaya de una ciudad, sino que fue llamado a ser el atalaya de la nación del pueblo de Dios. Él fue llamado a llevar la Palabra de Dios a todos aquellos que se habían rebelado en contra de Dios; fue llamado a llevar el mensaje de Dios a todos aquellos que vivían en pecado. Y les digo que su misión no fue nada fácil; digo que no fue nada fácil porque él no siempre les presentaba mensajes que alentaban, él no siempre les presentaba mensajes que eran populares. Él les llevaba mensajes y palabras fuertes de Dios. Les pregunto, ¿es esto muy diferente a nosotros hoy? En realidad no existe diferencia alguna entre el tiempo de Ezequiel y el nuestro. Cuando hacemos un examen de las condiciones en la que el mundo se encuentra hoy en día, no nos será difícil encontrar que existen numerosas personas que se han rebelado en contra de Dios. No nos será difícil encontrar un buen número de creyentes que se encuentran haciendo la voluntad de la carne, y no la de Dios. Estamos hablando de personas que han permitido que el enemigo entre en su vida lentamente y por sorpresa.

Hermanos, en estos versículos Dios le habla a Su pueblo en el día de hoy.  Como les dije al comienzo, estoy seguro que todos nosotros en un punto de nuestro caminar cristiano hemos recibido un mensaje que no nos agrado. Estoy seguro que muchos de nosotros hemos recibido mensajes que nos enfadaron. Esto es especialmente la verdad para los ministros y para todo creyente que ha tomado en serio la misión que Dios nos ha dado aquí en la tierra. Digo esto porque toda persona que ha tomado en serio la misión que Dios nos ha dado no siempre presentara un mensaje popular. Hermanos, creo que puedo hablar por la mayoría de todo ministro y de todo predicador cuando digo que nosotros no preparamos un mensaje con una persona especifica en mente. Yo les puedo garantizar que no lo hago. El preparar un mensaje es una cosa que toma mucho tiempo, y más que nada, mucha oración. Digo esto porque si presentamos un mensaje sin antes orar y pedir la guianza del Espíritu Santo, entonces no estamos haciendo la voluntad de Dios, sino que nos estamos dejando llevar por los impulsos de la carne.

¿Por qué les estoy diciendo todo esto? Se lo estoy diciendo porque quiero que quede bien claro que si al recibir un mensaje sentimos que se nos esta regañando, quiero que nos demos cuenta que no es el hombre haciéndolo sino Dios con Su poderosa palabra.  Fíjense como esto es algo que se nos deja bien declarado en Hebreos 4:12 cuando leemos “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” Dile a la persona que tienes a tu lado, la Palabra de Dios te da convicción. 

Pero también debemos tener mucho cuidado en éstas ocasiones. Digo esto porque es en esos momentos es que el papel del atalaya, en otras palabras, el papel de todo Cristiano fiel es desarrollado. Como he dicho en numerosas ocasiones, el enemigo empleara toda táctica y estrategia a su disposición con el propósito de entrar nuevamente en nuestra vida, para de esa manera apartarnos de la presencia de Dios.  Es por eso que no me canso de repetir que como fieles creyentes nosotros tenemos que saber discernir entre las cosas de Dios y las cosas del hombre o de la carne. Tenemos saber discernir entra las doctrinas del hombre y la doctrina de nuestro Rey y Salvador. Fíjense bien como esto es algo que queda muy bien reflejado en la advertencia del apóstol Pablo según encontramos en 2 Corintios 11:13-15 cuando leemos “Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. 14Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. 15Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.”  Como hemos visto, el papel del atalaya es de vigilar en todo momento, es estar atento y de sonar la trompeta al ver una señal de un ataque eminente. ¿Por qué les repito esto?  Se los repito porque como fieles creyentes, nosotros tenemos que cuidar celosamente las bendiciones que Dios nos ha dado, no sea que llegue el enemigo y nos agarre de sorpresa.  Así que dile a la persona que tienen a tu lado, vigila.

Continuando vemos que Dios se refirió a Ezequiel como "Hijo de hombre." Fíjense bien la importancia que tiene esto aquí. Dios podía haber escogido a un ángel o a legiones de ángeles, pero no lo hizo así. Dios escogió a un simple hombre, Él escogió a Ezequiel para llevar Su mensaje a ese pueblo.  De igual manera Dios nos ha escogido a cada uno de nosotros; esto es algo que queda claramente declarado en el mandato de nuestro Señor como encontramos en Marcos 16:15 cuando leemos “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.”  Dile a la persona que tienes a tu lado, Dios nos escogió.  Todos nosotros que hemos decidido servir a Dios fuimos escogidos y llamados a ser los atalayas de éste mundo. Al igual que los profetas de antigüedad, los mensajes que Dios nos inspira a predicar no siempre serán lo más popular, en otras palabras no siempre serán predicas que agradaran a las personas.  Pero la realidad del caso es que ningún verdadero obrero de Dios esta llamado a complacer a todos en todo tiempo.  Esto es algo que queda muy bien reflejado en Gálatas 1:10 cuando leemos, “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.”  Nosotros no estamos llamados ha agradar al hombre, nosotros estamos llamados a servir a Dios, y como verdadero obrero de Dios estamos llamados a predicar la verdad. No estamos llamados a pasarle la mano al pecado, no estamos llamados a ignorar las cosas; como verdaderos obreros de Dios nuestra responsabilidad es de llevar la verdad donde existe la mentira; nuestra responsabilidad de llevar la luz a las tinieblas.

Existen muchos que porque no sirven en un puesto en la iglesia piensan que no tienen responsabilidad alguna en la obra de Dios, pero si piensa así deseo informarte que te equivocas.  Todo creyente debe estar muy conciente de algo, y esto es que todos fuimos llamados al servicio de Dios.  Esto quiere decir que es nuestra responsabilidad y obligación predicar la verdad de Dios, ¿Por qué tenemos que predicarla?  Es como encontramos en Su santa y divina Palabra en Juan 8:32 cuando leemos “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”  La verdad de Dios es lo único capaz de liberar al hombre de la esclavitud al pecado; la verdad de Dios es lo único que puede liberar al hombre de la condenación eterna a la salvación.  Pero siempre debemos tener muy en mente que la verdad también es que algún día todos nos encontraremos cara a cara con nuestro Dios, y tendremos que dar cuenta de lo que hemos hecho o dejado de hacer. Tendremos que dar cuenta de lo que hemos ignorado; tendremos que dar cuenta de lo que hemos asumido no nos correspondía a nosotros hacer. ¿Por qué les digo esto? Les digo esto porque Dios juzgara al atalaya según su fidelidad. Algo que es muy evidente aquí es que el atalaya será juzgado no solo por sus acciones, sino por las acciones de los demás.  Volvamos a leer esto nuevamente para que entiendan bien éste detalle.  La Palabra de Dios dice: “Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. 19Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma. 20Si el justo se apartare de su justicia e hiciere maldad, y pusiere yo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no le amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no vendrán en memoria; pero su sangre demandaré de tu mano. 21Pero si al justo amonestares para que no peque, y no pecare, de cierto vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu alma.”   ¿Qué quiere decir esto?

Esto quiere decir que si nosotros vemos algo mal, si nosotros vemos cosas que sabemos son en contra de la voluntad de Dios y no hacemos algo para corregirlo, o al menos demostrarle a la persona que lo que esta haciendo esta mal hecho, entonces seremos culpado de su sangre. Es por esto que todo predicador o ministro de la Palabra tiene que llevar el mensaje que Dios ha puesto en su corazón. Es por esto que toda persona que profesa ser creyente, toda persona que ha hecho un compromiso con Cristo tiene que llevar siempre la verdad. La verdad no es fácil, y en ocasiones ofende; la Palabra de Dios no es fácil, pero si es vida. Dile a la persona que tienes a tu lado, la Palabra de Dios es vida. La Palabra de Dios puede ser y es la diferencia en la vida de toda persona. El atalaya, el creyente, el predicador, que no suena la trompeta de alerta, el que no lleva la verdad, el que no diga las cosas tal como son,  entonces no esta sirviendo a Dios como Dios desea que le sirvamos.

Para concluir. Tenemos que ser siervos fieles a Dios. Nuestra obra como el pueblo de Dios aquí en la tierra es algo bien serio. Como he dicho en otras ocasiones, el creyente puede ser la diferencia entra la vida y la muerte de una persona. No por nuestra propia fuerza o habilidad, sino por el sacrificio perfecto de nuestro Rey y Salvador en la cruz del calvario.  Recordemos que Dios aborrece al maligno, pero restaura la vida de toda persona que acude a Él. Siempre tengamos muy en mente que ésta responsabilidad que se nos ha encargado no es algo que podemos hacer cuando tenemos ganas; no es algo que podemos hacer de vez en cuando; sino que tenemos que cumplirlo en todo momento. Siempre tengamos muy en mente que aunque en ocasiones una predica nos pueda doler, aunque en ocasiones un mensaje no nos agrade, aunque el toque de la trompeta nos cause sentir mal porque ha revelado nuestros pecados y o heridas, nunca cerremos nuestros oídos a ellos.  No podemos cerrar nuestros oídos porque en esa trompeta, en ese mensaje existe el mensaje de vida. En ese mensaje que nos hizo analizarnos, Dios nos ha revelado lo que tenemos que cambiar y/o lo que tenemos que superar. En ese mensaje que nuestra carne ha odiado, Dios te ha revelado el peligro que se acerca.

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