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Obispo José R. Hernández

¿Cómo vemos las cosas?

Hace unos días en mi trabajo me sucedió algo que produjo una variedad de emociones en algunas de las personas que me conocen.  Lo que sucedió fue que fui trasladado de lugar; ahora estoy trabajando en un lugar de mucha más responsabilidad.  Estoy trabajando en un lugar donde se me exige mucho más en cuanto al control y administración ya que cubre un área del tamaño de una ciudad pequeña.  Como les dije, éste traslado causo una variedad de preguntas y comentarios de parte de aquellos que me conocen, pero lo interesante de todo es que algunos al ver el traslado publicado me llamaron para felicitarme, y otros me llamaron porque querían saber a quien yo había insultado.  En otras palabras unos lo vieron como una bendición, y otros como una maldición.  En realidad esto que me sucedió no es algo muy fuera de lo común.  Digo esto porque la gran realidad es que todos formulamos opiniones basado en nuestro punto de vista.   En otras palabras, algunos nos fijamos en unas cosas pero se nos escapan las otras. Es muy parecido a cuando se reúne un grupo de personas, y un mensaje es dado a una persona para que esa persona se encargue de decírselo a otra persona, entonces esa persona se lo dice a otra y así sucesivamente a un gran grupo.  Lo que sucede en la mayoría de los casos es que cuando el mensaje finalmente llega a la última persona, el mensaje ha sido distorsionado de tal manera que ya no se parase en nada al original.  Es igual a ese comercial que están pasando por el televisor anunciando las galletitas de chocolate nuevas.  Un gran grupo de niños  está sentado en un gran comedor y uno de los niños abre el paquete de ésta nueva galletita.  Uno de los sentado a su lado, al verlo se vira y le susurra al otro en el oído, Juanito tiene una OREO CAKESTER, y ese se vira y le susurra en el oído al que tiene a su lado, y así sucesivamente hasta que final mente llega a uno al final de una larga mesa del comedor, y él muy sorprendido exclama en voz alta ¿ha Juanito le salio un pelo en el pecho?  ¿Qué cómico, verdad?  Pero esto es algo que sucede debido a que nosotros escuchamos e interpretamos las cosas a nuestra manera. Y éste es el tema que estaremos explorando en el día de hoy.  Hoy vamos a estudiar un pequeño momento en la historia del pueblo judío que nos hará reflexionar en la manera que vemos las cosas, y en la manera que interpretamos las situaciones. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Números 13:25-33 - Y volvieron de reconocer la tierra al fin de cuarenta días. 26Y anduvieron y vinieron a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Parán, en Cades, y dieron la información a ellos y a toda la congregación, y les mostraron el fruto de la tierra. 27Y les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. 28Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac. 29Amalec habita el Neguev, y el heteo, el jebuseo y el amorreo habitan en el monte, y el cananeo habita junto al mar, y a la ribera del Jordán. 30Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. 31Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. 32Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. 33También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

Como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia.  En estos versículos encontramos al pueblo de Israel, que había sido liberado de las manos del faraón después de aproximadamente 430 años de esclavitud. Esto es algo que queda bien reflejado en Éxodo 1:13-14 cuando leemos “Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, 14y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor.”  Ahora bien, como todos sabemos Dios uso a Moisés para liberarles, y ellos todos presenciaron grandes señales del Dios vivo. Ellos presenciaron todas las plagas que cayeron sobre Egipto, y atravesaron el mar rojo sin tener que mojarse o usar una nave. Ellos habían escuchado Palabra de Dios a través de Moisés y sabían que él les estaba guiando hacia la tierra prometida.

Ellos sabían que Dios les había liberado y que les había prometido una tierra que fluía con leche y miel. Eso es algo claramente declarado en el llamamiento de Moisés como encontramos en Éxodo 3:16-17 cuando leemos “Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me apareció diciendo: En verdad os he visitado, y he visto lo que se os hace en Egipto; 17y he dicho: Yo os sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo, a una tierra que fluye leche y miel.”  ¿Por qué debemos saber estas cosas?  Debemos saber esto porque es necesario que nos demos cuenta de que ellos sabían exactamente hacia donde se dirigían; es necesario que sepamos que ellos estaban muy concientes de la promesa de Dios.  Así que manteniendo esto en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

Moisés guió a éste pueblo por el desierto hasta la frontera de la tierra que Dios les había prometido, y en los versículos que estamos examinando hoy aquí vemos que él envió a estos hombres a que fueran y reconocieran el territorio. Esto no fue algo que él decidió por su propia cuenta, sino que Dios así se lo había ordenado.  Esto es algo que queda claramente declarado en Números 13:1-2 cuando leemos, “Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 2Envía tú hombres que reconozcan la tierra de Canaán, la cual yo doy a los hijos de Israel; de cada tribu de sus padres enviaréis un varón, cada uno príncipe entre ellos.”  ¿Por qué ordeno Dios esto?  Yo creo firmemente que Dios ordeno esto porque Dios deseaba probar la fidelidad de éste pueblo.  Pero desdichadamente, aquí es donde comienza el problema.  Digo que aquí es donde comienza el problema porque como les dije al inicio, todos nosotros vemos las cosas de diferentes maneras.

Ahora bien, estos hombres que Moisés envió a reconocer el territorio en realidad le dieron muy bien reporte.  Ellos confirmaron que la tierra en verdad era buena, que era fértil; es como encontramos aquí cuando leemos “Y les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella.”  Hasta aquí todo bien, pero desdichadamente ellos no pasaron la prueba.  No pasaron la prueba porque ellos dejaron de confiar en Dios; ellos dejaron de confiar en la promesa y fijaron su vista en las circunstancias que le rodeaban.  Fíjense bien en como continua el reporte; ellos dijeron, “Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac. 29Amalec habita el Neguev, y el heteo, el jebuseo y el amorreo habitan en el monte, y el cananeo habita junto al mar, y a la ribera del Jordán.” Dios les había liberado de la esclavitud para hacer de ellos una gran nación que sirviera de ejemplo en el mundo. Dios quería bendecir a éste pueblo, pero por su poca fe e infidelidad detuvieron la bendición que Dios deseaba entregarles.  Dile a la persona que tienes a tu lado, la infidelidad detiene las bendiciones. El gran error que cometió éste pueblo fue que ellos dejaron de concentrarse en la promesa de Dios, para concentrarse en sus propias habilidades y debilidades.   Fíjense bien en éste detalle cuando leemos, “Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.”  La consecuencia fue que el pueblo que Dios libero de la esclavitud de Egipto nunca llego a entrar a la tierra prometida.  El pueblo que Dios libero de la esclavitud nunca pudo disfrutar de la promesa de Dios.  Esto es algo que queda bien declarado en Números 32:13 cuando leemos “Y la ira de Jehová se encendió contra Israel, y los hizo andar errantes cuarenta años por el desierto, hasta que fue acabada toda aquella generación que había hecho mal delante de Jehová.”

Ahora hagamos una pequeña pausa y pensemos en estos acontecimientos por un breve momento.  Analicemos lo que les sucedió a ellos y comparémoslo con lo que nos sucede a nosotros hoy en día. Cuando pensamos un poco en el asunto creo que todos llegaremos a más o menos la misma conclusión; creo que todos concluiremos que lo que le sucedió a éste pueblo no es muy diferente a lo que nos sucede a nosotros hoy en día. Digo esto porque en muchas ocasiones nosotros nos comportamos igual que éste pueblo. Dios quería que éste pueblo le sirviera de bendición al mundo, Dios quería que ellos fueran el ejemplo a seguir, pero ellos no confiaron en Dios. Ellos solamente se fijaron en que la tierra contenía un gran número de habitantes, ciudades con murallas fortificadas y gigantes que habitan en ella. Examinémonos ahora y preguntémonos, ¿existe esto en nuestra vida hoy? Les puedo decir con toda confianza que sí, y existen muchas personas que hacen igual que hizo el pueblo de Dios en éste instante.

Existen muchas personas que en vez de concentrarse en las promesas de Dios, que en vez de concentrarse en Su poder, se concentran en las situaciones y quitan su mirada de Dios; una vez que hacemos esto entonces nuestra fe flaquea y comenzamos a sucumbir en la tentación y la rebeldía. Es al igual que cuando oímos que las personas dicen que Dios no les habla. Esto es algo que he escuchado en más de una ocasión por numerosas personas. Pero la realidad del caso es que Dios si nos habla, quizás no con voz de trompeta, no con gran estruendo, pero Dios nos habla a través de su Palabra. Dios nos habla a través de hermanos y hermanas, Dios nos habla en todo momento, pero muchos de nosotros no le llegamos a oír. La razón principal es porque al igual que éste pueblo, dejamos de confiar en Él. Confiamos más en nuestras habilidades que en la fortaleza de Dios. Éste fue el caso de éste pueblo; al reconocer la tierra ellos no vieron la bendición, solo vieron lo negativo. Al reconocer ésta tierra ellos no confiaron en que el mismo Dios que les había liberado de las manos del faraón, en que el mismo Dios que les había prometido ésta tierra se las entregaría.  Ellos solamente vieron sus debilidades, lo que les condujo a olvidarse de lo que Dios les había prometido.  En otras palabras, dejaron de escuchar la voz de Dios, y esto es algo que sucede en la vida de muchos hoy en día. Sin embargo, cuando escuchamos atentamente la voz de Dios en nuestra vida, tenemos una gran promesa de Dios.  Fíjense bien lo que nos dice nuestro Padre en Deuteronomio 28:1-6 cuando leemos, “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. 2Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios. 3Bendito serás tú en la ciudad, y bendito tú en el campo. 4Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas. 5Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar. 6Bendito serás en tu entrar, y bendito en tu salir.” Pero a pesar de todo esto muchos continúan en una desobediencia total, ignorando la voz de Dios por completo.  Pero sepamos muy bien que la desobediencia nos conducirá a solo ver lo negativo. 

Éste pueblo no recibió las bendiciones de Dios de inmediato porque solo vieron la oposición; ellos solo vieron los gigantes que habitaban en la tierra y se atemorizaron.  Fíjense bien en lo que dijeron cuando leemos, “También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.”  Seguramente que algunos ya estén pensando en que en nuestra vida no existen gigantes, pero la realidad del caso es que si existen números gigantes que como iglesia, que como los escogidos de Dios, nosotros tenemos que enfrentar.  Pero, ¿qué es un gigante? En éste caso eran hombres grandes y fuertes que defenderían la tierra, y que tratarían de detener al pueblo de Dios.  En otras palabras eran un obstáculo que trataría de detener la bendición de Dios para con ellos, era un obstáculo que trataría de separarles de la voluntad de Dios.  Éste era el caso en ese entonces, y continúa siendo el caso con nosotros.   Digo esto porque un gigante es todo aquello que trata de apartarnos del camino que Él nos ha enseñado. Un gigante es todo aquello que se para entre nosotros y los planes de Dios para nosotros. Un gigante es todo aquello que aparenta ser mucho más grande y poderoso que nosotros, más grande que nuestro deseo de servir a Dios. Un gigante es todo aquello que es mucho más fuerte que nuestras habilidades y que no podemos enfrentar a solas. Con solo analizar nuestra vida pronto encontraremos muchos gigantes habitando donde no deberían habitar. La pregunta que nos debemos hacer es ¿qué gigante enfrentamos nosotros hoy en día? Existen dos gigantes principales parados tratando de separar a la iglesia de las bendiciones de Dios. 

El primer gigante que la iglesia de hoy enfrenta es el gigante de la duda e incredulidad. La duda he incredulidad causo que éste pueblo dejase de escuchar la voz de Dios, y subsecuentemente detuvo el plan de Dios para con ellos.  Lo mismo sucede en la vida de muchos hoy en día.  Muchos de nosotros hacemos igual que el pueblo de ese entonces; al vernos confrontados con problemas o situaciones difíciles, al vernos cara a cara con esos gigantes que vienen a robarnos la paz que Dios nos ha dado, simplemente dudamos de Su poder. Pero hermanos la realidad del caso es que estos gigantes NO existen para robarnos la paz, Dios permite que estos gigantes existan para glorificarse a través de ellos.  Esto es algo que queda muy bien reflejado en Santiago 1:2-4 cuando leemos “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, 3sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. 4Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.”  Recordemos siempre que el dudar o no creer no nos permitirá ver la grandeza de nuestro Dios y aumentara nuestras propias debilidades. Dile a la persona que tienes a tu lado, no dudes. 

El segundo gigante que enfrentamos como iglesia es el temor. En el caso de éste pueblo, el temor de las ciudades fortificadas, el temor de los habitantes, el temor de los gigantes fue mucho mayor que la promesa de Dios. Éste pueblo se vio como "langostas", se vieron mucho inferior a ellos, se vieron insignificantes. Nosotros en muchas ocasiones hacemos igual, en vez de ver los problemas o situaciones como insignificantes en los ojos de Dios, vemos los problemas y situaciones como gigantes que nos causan temor. Esto es algo que sucede porque nosotros medimos los obstáculos contra nuestra propia fuerza y habilidad en vez de concentrarnos en el poder de nuestro Dios. Estos hombres llegaron a ver la tierra prometida, la tierra que fluía con leche y miel como la "tierra que traga a sus moradores". En vez de ver la tierra como lo que era, la promesa y bendición de Dios, la vieron como una maldición que acabaría con ellos.   Esto es una gran diferencia ¿verdad? Pero el temor causa esto mismo, el temor causa que veamos las cosas completamente opuestas a lo que son. El temor causa que no veamos las bendiciones. Pero recordemos que el temor no es de Dios.  Esto es algo que queda bien claro en 2 Timoteo 1:7 cuando leemos “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”  El temor es un gigante que busca detener que recibamos las bendiciones de Dios. 

Para concluir. Ahora pregunto, ¿cómo vemos las cosas? Cuándo miramos y examinamos nuestra vida, ¿vemos a los gigantes o vemos el poder de Dios? Cuándo miramos hacia nuestro futuro, ¿estamos en camino hacia la tierra prometida o estamos perdidos en el desierto? No podemos permitir ser guiados en dirección contraria a Dios. Nosotros somos el pueblo de Dios y fuimos liberados de la esclavitud; fíjense bien lo que nos dice la Palabra en 1 Pedro 2:9 cuando leemos, “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.”  Hermanos, no podemos permitirle al demonio que nos desvié de nuestro caminar. En éste mundo tendremos que enfrentarnos a gigantes, tendremos que confrontar situaciones difíciles, pero siempre debemos recordar que Dios así lo permite para refinarnos y probar cuan fuerte es nuestra fe.  Por eso te digo en el día de hoy que al verte confrontado con tribulaciones o problemas, no le digas a Dios cuan grande son tus problemas, sino dile a tus problemas cuan grande es nuestro Dios.

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