¿Cómo vemos las cosas?
Hace unos días en mi trabajo me sucedió algo que produjo
una variedad de emociones en algunas de las personas que
me conocen. Lo que sucedió fue que fui trasladado de
lugar; ahora estoy trabajando en un lugar de mucha más
responsabilidad. Estoy trabajando en un lugar donde se
me exige mucho más en cuanto al control y administración
ya que cubre un área del tamaño de una ciudad pequeña. Como les
dije, éste traslado causo una variedad de preguntas y
comentarios de parte de aquellos que me conocen, pero lo
interesante de todo es que algunos al ver el traslado
publicado me llamaron para felicitarme, y otros me
llamaron porque querían saber a quien yo había
insultado. En otras palabras unos lo vieron como una
bendición, y otros como una maldición. En realidad esto
que me sucedió no es algo muy fuera de lo común. Digo
esto porque la gran realidad es que todos formulamos
opiniones basado en nuestro punto de vista. En otras
palabras, algunos nos fijamos en unas cosas pero se nos
escapan las otras. Es muy parecido a cuando se reúne un
grupo de personas, y un mensaje es dado a una persona
para que esa persona se encargue de decírselo a otra
persona, entonces esa persona se lo dice a otra y así
sucesivamente a un gran grupo. Lo que sucede en la
mayoría de los casos es que cuando el mensaje finalmente
llega a la última persona, el mensaje ha sido
distorsionado de tal manera que ya no se parase en nada
al original. Es igual a ese comercial que están pasando
por el televisor anunciando las galletitas de chocolate
nuevas. Un gran grupo de niños está sentado en un gran
comedor y uno de los niños abre el paquete de ésta nueva
galletita. Uno de los sentado a su lado, al verlo
se
vira y le susurra al otro en el oído, Juanito tiene una
OREO CAKESTER, y ese se vira y le susurra en el oído al que tiene a
su lado, y así sucesivamente hasta que final mente llega
a uno al final de una larga mesa del comedor, y él muy
sorprendido exclama en voz alta ¿ha Juanito le
salio un pelo en el pecho? ¿Qué cómico, verdad? Pero
esto es algo que sucede debido a que nosotros escuchamos
e interpretamos las cosas a nuestra manera. Y éste es el
tema que estaremos explorando en el día de hoy. Hoy
vamos a estudiar un pequeño momento en la historia del
pueblo judío que nos hará reflexionar en la manera que
vemos las cosas, y en la manera que interpretamos las
situaciones. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.
Números 13:25-33
- Y volvieron de reconocer la tierra al fin de
cuarenta días. 26Y anduvieron y vinieron a
Moisés y a Aarón, y a toda la congregación de los hijos
de Israel, en el desierto de Parán, en Cades, y dieron
la información a ellos y a toda la congregación, y les
mostraron el fruto de la tierra. 27Y les
contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la
cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y
miel; y este es el fruto de ella. 28Mas el
pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las
ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos
allí a los hijos de Anac. 29Amalec habita el
Neguev, y el heteo, el jebuseo y el amorreo habitan en
el monte, y el cananeo habita junto al mar, y a la
ribera del Jordán. 30Entonces Caleb hizo
callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos
luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos
nosotros que ellos. 31Mas los varones que
subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel
pueblo, porque es más fuerte que nosotros. 32Y
hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que
habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos
para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y
todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de
grande estatura. 33También vimos allí
gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos
nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les
parecíamos a ellos.
Como acostumbro a decir, para tener un mejor
entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros
en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve
repaso de historia. En estos versículos encontramos al
pueblo de Israel, que había sido liberado de las manos
del faraón después de aproximadamente 430 años de
esclavitud. Esto es algo que queda bien reflejado en
Éxodo 1:13-14 cuando
leemos “Y los egipcios hicieron servir a los hijos de
Israel con dureza, 14y amargaron su vida con
dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda
labor del campo y en todo su servicio, al cual los
obligaban con rigor.” Ahora bien, como todos
sabemos Dios uso a Moisés para liberarles, y ellos todos
presenciaron grandes señales del Dios vivo. Ellos
presenciaron todas las plagas que cayeron sobre Egipto,
y atravesaron el mar rojo sin tener que mojarse o usar
una nave. Ellos habían escuchado Palabra de Dios a
través de Moisés y sabían que él les estaba guiando
hacia la tierra prometida.
Ellos sabían que Dios les había liberado y que les había
prometido una tierra que fluía con leche y miel. Eso es
algo claramente declarado en el llamamiento de Moisés
como encontramos en Éxodo
3:16-17 cuando leemos “Ve, y reúne a los
ancianos de Israel, y diles: Jehová, el Dios de vuestros
padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me
apareció diciendo: En verdad os he visitado, y he visto
lo que se os hace en Egipto; 17y he dicho: Yo
os sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra del
cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo
y del jebuseo, a una tierra que fluye leche y miel.”
¿Por qué debemos saber estas cosas? Debemos saber esto
porque es necesario que nos demos cuenta de que ellos
sabían exactamente hacia donde se dirigían; es necesario
que sepamos que ellos estaban muy concientes de la
promesa de Dios. Así que manteniendo esto en mente,
continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.
Moisés guió a éste pueblo por el desierto hasta la
frontera de la tierra que Dios les había prometido, y en
los versículos que estamos examinando hoy aquí vemos que
él envió a estos hombres a que fueran y reconocieran el
territorio. Esto no fue algo que él decidió por su
propia cuenta, sino que Dios así se lo había ordenado.
Esto es algo que queda claramente declarado en
Números 13:1-2 cuando
leemos, “Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 2Envía
tú hombres que reconozcan la tierra de Canaán, la cual
yo doy a los hijos de Israel; de cada tribu de sus
padres enviaréis un varón, cada uno príncipe entre ellos.”
¿Por qué ordeno Dios esto? Yo creo firmemente que Dios
ordeno esto porque Dios deseaba probar la fidelidad de
éste pueblo. Pero desdichadamente, aquí es donde
comienza el problema. Digo que aquí es donde comienza
el problema porque como les dije al inicio, todos
nosotros vemos las cosas de diferentes maneras.
Ahora bien, estos hombres que Moisés envió a reconocer
el territorio en realidad le dieron muy bien reporte.
Ellos confirmaron que la tierra en verdad era buena, que
era fértil; es como encontramos aquí cuando leemos “Y
les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a
la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y
miel; y este es el fruto de ella.” Hasta aquí todo
bien, pero desdichadamente ellos no pasaron la prueba.
No pasaron la prueba porque ellos dejaron de confiar en
Dios; ellos dejaron de confiar en la promesa y fijaron
su vista en las circunstancias que le rodeaban. Fíjense
bien en como continua el reporte; ellos dijeron, “Mas
el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las
ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos
allí a los hijos de Anac. 29Amalec habita el
Neguev, y el heteo, el jebuseo y el amorreo habitan en
el monte, y el cananeo habita junto al mar, y a la
ribera del Jordán.” Dios les había liberado de la
esclavitud para hacer de ellos una gran nación que
sirviera de ejemplo en el mundo. Dios quería bendecir a
éste pueblo, pero por su poca fe e infidelidad
detuvieron la bendición que Dios deseaba entregarles.
Dile a la persona que tienes a tu lado, la infidelidad
detiene las bendiciones. El gran error que cometió éste
pueblo fue que ellos dejaron de concentrarse en la
promesa de Dios, para concentrarse en sus propias
habilidades y debilidades. Fíjense bien en éste
detalle cuando leemos, “Mas los varones
que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra
aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.”
La consecuencia fue que el pueblo que Dios libero de la
esclavitud de Egipto nunca llego a entrar a la tierra
prometida. El pueblo que Dios libero de la esclavitud
nunca pudo disfrutar de la promesa de Dios. Esto es
algo que queda bien declarado en
Números 32:13 cuando
leemos “Y la ira de Jehová se encendió contra Israel,
y los hizo andar errantes cuarenta años por el desierto,
hasta que fue acabada toda aquella generación que había
hecho mal delante de Jehová.”
Ahora hagamos una pequeña pausa y pensemos en estos
acontecimientos por un breve momento. Analicemos lo que
les sucedió a ellos y comparémoslo con lo que nos sucede
a nosotros hoy en día. Cuando pensamos un poco en el
asunto creo que todos llegaremos a más o menos la misma
conclusión; creo que todos concluiremos que lo que le
sucedió a éste pueblo no es muy diferente a lo que nos
sucede a nosotros hoy en día. Digo esto porque en muchas
ocasiones nosotros nos comportamos igual que éste
pueblo. Dios quería que éste pueblo le sirviera de
bendición al mundo, Dios quería que ellos fueran el
ejemplo a seguir, pero ellos no confiaron en Dios. Ellos
solamente se fijaron en que la tierra contenía un gran
número de habitantes, ciudades con murallas fortificadas
y gigantes que habitan en ella. Examinémonos ahora y
preguntémonos, ¿existe esto en nuestra vida hoy? Les
puedo decir con toda confianza que sí, y existen muchas
personas que hacen igual que hizo el pueblo de Dios en
éste instante.
Existen muchas personas que en vez de concentrarse en
las promesas de Dios, que en vez de concentrarse en Su
poder, se concentran en las situaciones y quitan su
mirada de Dios; una vez que hacemos esto entonces
nuestra fe flaquea y comenzamos a sucumbir en la
tentación y la rebeldía. Es al igual que cuando oímos
que las personas dicen que Dios no les habla. Esto es
algo que he escuchado en más de una ocasión por
numerosas personas. Pero la realidad del caso es que
Dios si nos habla, quizás no con voz de trompeta, no con
gran estruendo, pero Dios nos habla a través de su
Palabra. Dios nos habla a través de hermanos y hermanas,
Dios nos habla en todo momento, pero muchos de nosotros
no le llegamos a oír. La razón principal es porque al
igual que éste pueblo, dejamos de confiar en Él.
Confiamos más en nuestras habilidades que en la
fortaleza de Dios. Éste fue el caso de éste pueblo; al
reconocer la tierra ellos no vieron la bendición, solo
vieron lo negativo. Al reconocer ésta tierra ellos no
confiaron en que el mismo Dios que les había liberado de
las manos del faraón, en que el mismo Dios que les había
prometido ésta tierra se las entregaría. Ellos
solamente vieron sus debilidades, lo que les condujo a
olvidarse de lo que Dios les había prometido. En otras
palabras, dejaron de escuchar la voz de Dios, y esto es
algo que sucede en la vida de muchos hoy en día. Sin
embargo, cuando escuchamos atentamente la voz de Dios en
nuestra vida, tenemos una gran promesa de Dios. Fíjense
bien lo que nos dice nuestro Padre en
Deuteronomio 28:1-6
cuando leemos, “Acontecerá que si oyeres atentamente
la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra
todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también
Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de
la tierra. 2Y vendrán sobre ti todas estas
bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová
tu Dios. 3Bendito serás tú en la ciudad, y
bendito tú en el campo. 4Bendito el fruto de
tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus
bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus
ovejas. 5Benditas serán tu canasta y tu
artesa de amasar. 6Bendito serás en tu
entrar, y bendito en tu salir.” Pero a pesar de todo
esto muchos continúan en una desobediencia total,
ignorando la voz de Dios por completo. Pero sepamos muy
bien que la desobediencia nos conducirá a solo ver lo
negativo.
Éste pueblo no recibió las bendiciones de Dios de
inmediato porque solo vieron la oposición; ellos solo
vieron los gigantes que habitaban en la tierra y se
atemorizaron. Fíjense bien en lo que dijeron cuando
leemos, “También vimos allí gigantes, hijos de Anac,
raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro
parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.”
Seguramente que algunos ya estén pensando en que en
nuestra vida no existen gigantes, pero la realidad del
caso es que si existen números gigantes que como
iglesia, que como los escogidos de Dios, nosotros
tenemos que enfrentar. Pero, ¿qué es un gigante? En
éste caso eran hombres grandes y fuertes que defenderían
la tierra, y que tratarían de detener al pueblo de
Dios. En otras palabras eran un obstáculo que trataría
de detener la bendición de Dios para con ellos, era un
obstáculo que trataría de separarles de la voluntad de
Dios. Éste era el caso en ese entonces, y continúa
siendo el caso con nosotros. Digo esto porque un
gigante es todo aquello que trata de apartarnos del
camino que Él nos ha enseñado. Un gigante es todo
aquello que se para entre nosotros y los planes de Dios
para nosotros. Un gigante es todo aquello que aparenta
ser mucho más grande y poderoso que nosotros, más grande
que nuestro deseo de servir a Dios. Un gigante es todo
aquello que es mucho más fuerte que nuestras habilidades
y que no podemos enfrentar a solas. Con solo analizar
nuestra vida pronto encontraremos muchos gigantes
habitando donde no deberían habitar. La pregunta que nos
debemos hacer es ¿qué gigante enfrentamos nosotros hoy
en día? Existen dos gigantes principales parados
tratando de separar a la iglesia de las bendiciones de
Dios.
El primer gigante que la iglesia de hoy enfrenta
es el gigante de la duda e incredulidad. La duda he
incredulidad causo que éste pueblo dejase de escuchar la
voz de Dios, y subsecuentemente detuvo el plan de Dios
para con ellos. Lo mismo sucede en la vida de muchos
hoy en día. Muchos de nosotros hacemos igual que el
pueblo de ese entonces; al vernos confrontados con
problemas o situaciones difíciles, al vernos cara a cara
con esos gigantes que vienen a robarnos la paz que Dios
nos ha dado, simplemente dudamos de Su poder. Pero
hermanos la realidad del caso es que estos gigantes NO
existen para robarnos la paz, Dios permite que estos
gigantes existan para glorificarse a través de ellos.
Esto es algo que queda muy bien reflejado en
Santiago 1:2-4 cuando
leemos “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os
halléis en diversas pruebas, 3sabiendo que la
prueba de vuestra fe produce paciencia. 4Mas
tenga la paciencia su obra completa, para que seáis
perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.”
Recordemos siempre que el dudar o no creer no nos
permitirá ver la grandeza de nuestro Dios y aumentara
nuestras propias debilidades. Dile a la persona que
tienes a tu lado, no dudes.
El segundo gigante que enfrentamos como iglesia es el
temor. En el caso de éste pueblo, el temor de las
ciudades fortificadas, el temor de los habitantes, el
temor de los gigantes fue mucho mayor que la promesa de
Dios. Éste pueblo se vio como "langostas", se
vieron mucho inferior a ellos, se vieron
insignificantes. Nosotros en muchas ocasiones hacemos
igual, en vez de ver los problemas o situaciones como
insignificantes en los ojos de Dios, vemos los problemas
y situaciones como gigantes que nos causan temor. Esto
es algo que sucede porque nosotros medimos los
obstáculos contra nuestra propia fuerza y habilidad en
vez de concentrarnos en el poder de nuestro Dios. Estos
hombres llegaron a ver la tierra prometida, la tierra
que fluía con leche y miel como la "tierra que traga
a sus moradores". En vez de ver la tierra como lo
que era, la promesa y bendición de Dios, la vieron como
una maldición que acabaría con ellos. Esto es una gran
diferencia ¿verdad? Pero el temor causa esto mismo, el
temor causa que veamos las cosas completamente opuestas
a lo que son. El temor causa que no veamos las
bendiciones. Pero recordemos que el temor no es de
Dios. Esto es algo que queda bien claro en
2 Timoteo 1:7 cuando
leemos “Porque no nos ha dado Dios espíritu de
cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”
El temor es un gigante que busca detener que recibamos
las bendiciones de Dios.
Para concluir.
Ahora pregunto, ¿cómo vemos las cosas? Cuándo miramos y
examinamos nuestra vida, ¿vemos a los gigantes o vemos
el poder de Dios? Cuándo miramos hacia nuestro futuro,
¿estamos en camino hacia la tierra prometida o estamos
perdidos en el desierto? No podemos permitir ser
guiados en dirección contraria a Dios. Nosotros somos el
pueblo de Dios y fuimos liberados de la esclavitud;
fíjense bien lo que nos dice la Palabra en
1 Pedro 2:9 cuando
leemos, “Mas vosotros sois linaje escogido, real
sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios,
para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de
las tinieblas a su luz admirable.” Hermanos, no
podemos permitirle al demonio que nos desvié de nuestro
caminar. En éste mundo tendremos que enfrentarnos a
gigantes, tendremos que confrontar situaciones
difíciles, pero siempre debemos recordar que Dios así lo
permite para refinarnos y probar cuan fuerte es nuestra
fe. Por eso te digo en el día de hoy que al verte
confrontado con tribulaciones o problemas, no le digas a
Dios cuan grande son tus problemas, sino dile a tus
problemas cuan grande es nuestro Dios.
© Copyright José R. Hernández