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Obispo José R. Hernández

Bendiciendo y no maldiciendo

Como todos saben, me quede muy impresionado con el servicio del martes.  Verdaderamente ese servicio fue una tremenda bendición, y se sintió el mover del Espíritu Santo fuertemente.  Pensando en ese servicio tan maravilloso, me acorde de unas palabras que el hermano Samuel dijo, para aquellos que estuvieron presente, si se acuerdan, él dijo que como creyentes, nosotros debíamos bendecir a otros.  Pero ahora, la pregunta que debemos hacernos es ¿cómo podemos lograr esto?  Pasemos ahora a la Palabra de Dios y encontremos nuestra respuesta. 

Efesios 4:29  - Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. 

En este pequeño versículo encontramos una gran enseñanza.  Aquí encontramos de la manera que nosotros podemos bendecir a todos aquellos que nos rodean.  Nosotros le podemos servir de bendición a otros en la manera que hablamos; en otras palabras de la manera que decimos las cosas.  Ahora, detengámonos por unos instantes y pensemos en la manera que nosotros hablamos.  ¿Se ha puesto a pensar alguien alguna vez cuantas palabras pronunciamos al día?  Para algunos esto seria una tarea un poco difícil, ya que existimos muchos que nos gusta hablar.  Pero ahora preguntemos otra cosa, ¿cuántas de estas palabras sirven solo para maldecir? Para  podernos dar cuenta de nuestras acciones debemos conocer el significado de esta palabrita.  La palabra maldecir es definida como “1. Echar maldiciones contra alguien o algo.  2. Hablar con mordacidad en perjuicio de alguien, denigrándolo.  3. Sentido de expresar por medio de palabras el enojo o abominación que se siente por algo o alguien.”  Conociendo ya el significado de esta palabra, preguntémonos nuevamente, ¿cuántas de las palabras que salen de nuestra boca son para maldecir?  Generalmente cuando se habla de maldecir, la mayoría de las personas piensan en cosas como los insultos, la gritería, las groserías y demás.  Pero el maldecir es mucho más que esto; el maldecir es todo aquello que podemos decir que puede herir o dañar a aquellos que nos rodean.   

El problema esta en que con nuestra lengua nosotros podemos herir seriamente a una persona y dejar cicatrices bien profundas (Santiago 3:5-6.)  En muchas ocasiones herimos a los que amamos, pero también herimos a los que no conocemos. Les digo esto porque nadie que tenga un concepto general del Cristianismo espera que de la boca de un Cristiano se expulsen maldiciones, mentiras, alardes, insultos, y criticas, no más que esperarían recibir una manzana de un árbol de peras (Colosenses 3:8.)  En este pequeño versículo encontramos algo de suma importancia, aquí leemos “a fin de dar gracia a los oyentes.”  Quiero que notemos bien que aquí NO se nos dice a los creyentes, aquí se nos dice “a los oyentes.”  La razón por esto es porque una persona que ha hecho un compromiso genuino con Cristo tiene que comportarse de una manera noble al tratar a todos los que están a su alrededor (Romanos 12:14-17.) Cristo nos manda a que amemos de la manera que Él nos ama, para que de esa manera nosotros podamos dar un testimonio fuerte de Su amor, misericordia y gracia hacia todos los hombres (Juan 13:34.) Si nuestra manera de expresarnos no es una que refleja el amor de Cristo, entonces encontraremos que la mayoría de nuestras palabras maldicen.  Ahora, deseo que pensemos un poco a quien maldecimos.  Les pregunto, ¿cuántos aquí desean maldecir a sus hijos?  Claro esta que ninguno de nosotros deseamos maldecir a nuestros hijos, pero les digo en el día de hoy que en muchas ocasiones de manera inconsciente si  lo hacemos.   

Se han hecho muchos estudios y han encontrado que el daño más grande que se le puede hacer a un niño es la crítica negativa.  Los expertos en este campo han encontrado que la critica negativa afecta el estima y el ego, y tiene efectos que impactaran de la manera que un niño crece y se desarrolla.  Con esto en mente, permítanme exponerles algunos ejemplos de maldiciones que con frecuencia muchos desatan sobre sus hijos.  Digamos ahora nuestro hijo nos trae a la casa las notas que ha recibido en la escuela.  Digamos también que las notas no son nada buenas, o no son lo que nosotros esperábamos.  ¿Cómo reaccionamos?  ¿Qué le decimos?  ¿Le decimos, tú eres un mal estudiante, tú no sirves para nada, que necio eres y demás? 

Estas son palabras que son dicha con frecuencia en numerosos hogares, pero ¿para que sirven?  Solo sirven para maldecir.  Digo que solo sirven para maldecir porque con la continuación del tiempo estas palabras son repetidas una y otra vez, estas palabras son repetidas no solamente cuando llega a los estudios, sino que son palabras que se repiten en casi todo aspecto.  Son palabras que se repiten con tanta frecuencia que llegaran a convencer al niño de que si es un mal estudiante, y de que si es necio.  Otras palabras que con frecuencia salen de nuestros labios es “que majadero tu eres”  o quizás “tu siempre te portas muy mal.”  Nuevamente encontramos otra maldición desatada sobre ese niño, ya que con la repetición de estas palabras el niño llegara a pensar que es un niño malo, y eso es lo que se espera de él. 

Otras palabras que salen de nuestra boca con frecuencia son “eres igualito a fulano o mengano,” y en casi toda ocasión escogemos el ejemplo del muchacho  más malcriado o malo que conocemos.  ¿Qué estamos haciendo?  Nuevamente les digo que de manera inconsciente estamos desatando otra maldición, porque los niños imitan a los que a ellos les caen bien y los miran con estima.  Ahora, no quiero que nadie me vaya a mal interpretar.  Sé que en ocasiones tendremos que ponernos fuertes, sé que en ocasiones tendremos que alzar nuestra voz.  Así que con esto que les he dicho no he tratado de implicar que nosotros podemos permitir que nuestros hijos se comporten mal o de manera delincuente. 

Como padres que amamos a nuestros hijos, es nuestra responsabilidad y deber de corregir a nuestros hijos cuando hacen algo malo o desagradable (Proverbios 23:12-14.) Esto debe ser algo que hacemos para evitar que cierto comportamiento suceda otra vez, y más que nada para prevenir que se pierda en la corriente de maldad que arrastra a este mundo.  Pero es nuestra responsabilidad de hacerlo de manera que les bendecirá (Proverbios 22:6.) ¿Por qué he usado el ejemplo de los niños?  Mi propósito no ha sido de decirle a nadie como criar a su hijo, mi propósito ha sido para demostrarnos que existen muchos que han sido maldecidos por sus propios padres, y que ha sido sin intención.   He usado este ejemplo para que todos podamos ver que en muchos casos las maldiciones vienen de generación en generación.   

Todas estas cosas que les he dicho no se limitan a los niños, estas son cosas que se aplican a cada uno de nosotros.  ¿Saben por qué?  La razón es porque todos aquí una vez fuimos niños, y como les dije, en los estudios que se han hecho referente a este tema, todo esto es algo que ha influenciado nuestro crecimiento y quien somos hoy en día.  En otras palabras,  estas cosas que decimos, y estas cosas que hacemos es porque eso fue lo que aprendimos de nuestros padres o de aquellos que nos rodeaban.  Hermanos, desdichadamente, todos aquí aprendimos de muy temprana edad a maldecir.  Pero en el día de hoy romperemos toda cadena de maldición y desataremos bendiciones sobre todos aquellos que nos rodean.   En el día de hoy aprenderemos a bendecir; para bendecir a otros existen tres pasos a seguir.   

La Palabra de Dios nos dice: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.”  El primer paso para romper las maldiciones y desatar las bendiciones es dejar de hacer excusas.  Tenemos que dejar de echarle la culpa al diablo por todo lo malo.  Al diablo se le esta dando mucho más merito de lo que se merece, el diablo no te puede obligar a actuar o hablar de una manera.  Tenemos que dejar de culpar a lo espiritual de nuestras acciones, digo esto porque con frecuencia escucho como personas se excusan diciendo “fue un espíritu de ira” o “fue un espíritu   de rebeldía” y demás.  Es cierto que tenemos una lucha en contra de los poderes de las tinieblas (Efesios 6:12;) es cierto que existen demonios que sin descanso buscan apartarnos de la presencia de Dios, pero también es cierto que Dios nos ha dado la victoria (Santiago 4:7.)   

El segundo paso para desatar las bendiciones es el purificar nuestro corazón; en Mateo 12:35 leemos: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas."  Tenemos que purificar nuestro corazón para que de el puedan salir bendiciones.  No podemos permitir que nuestro corazón nos engañe haciéndonos pensar que somos un siervo fiel de Dios si nuestra manera de pensar, hablar y de ser continúa demostrando nuestra antigua naturaleza (Mateo 12:34.)  No nos engañemos pensando que somos criaturas nuevas si continuamos en la soberbia, el orgullo, los vicios y la hipocresía.  Tenemos que purificar nuestro corazón llenándolo de amor, sumisión, humildad y gratitud.   

Como les dije la semana pasada, si deseamos estar en la presencia de Dios y permanecer en su lugar santo, entonces tenemos que limpiar nuestras manos y purificar nuestro corazón.  No podemos permitir que las cosas de este mundo nos aparten de las bendiciones que Dios tiene para nosotros.  No podemos permitir que el demonio tome lugar alguno en nuestro corazón; no podemos permitir que el demonio influencie de la manera que nos sentimos, pensamos y actuamos.  Recordemos que los poderes de las tinieblas, y el mismísimo Satanás NO nos puede forzar a nada.   

El tercer paso es declarar la bendición con nuestros labios (Romanos 10:10.)  En Colosenses 4:6 encontramos que la Palabra de Dios nos dice: "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno."  Aquí esta el secreto para desatar las bendiciones, pensemos en esto por unos momentos.  Cuando les puse los ejemplos acerca de los niños, ¿recordó alguien aquí algún momento de su niñez?  ¿Recordó alguien aquí haber escuchado algunas de las cosas que les dije o algo semejante?  Claro que si, estoy seguro que todos aquí hemos escuchado esas cosas o algo semejante salir de los labios de nuestros padres.  Pero les pregunto, ¿no hubiese sido mejor escuchar palabras positivas y dulces en vez de palabras llena de ira, y gritos?  ¿No hubiese sido mejor haber escuchado yo te ayudare con tus estudios para que saques mejores notas?  ¿No hubiese sido mejor escuchar tu eres muy inteligente y se que aprenderás muy bien lo que ahora no entiendes?  ¿No hubiese sido mejor escuchar tu eres muy buen muchacho para imitar lo malo?  ¿No hubiese sido mejor escuchar palabras llenas de amor y comprensión?  ¿No hubiese sido mejor escuchar palabras de estimulo?  Claro que si, ¿verdad?   

En este versículo encontramos que se nos dice que nuestras palabras deben ser “sazonada con sal,” pero ¿qué significa eso?  Si pensamos un poco en el uso de la sal en ese entonces, y el uso que se le da a la sal en nuestro tiempo encontraremos que la sal es usada con dos propósitos.  La sal se usa para preservar y para sazonar.  Para desatar las bendiciones nuestras palabras deben ser para preservar nuestra fe, deben ser para preservar nuestros principios, deben ser para preservar y prevenir que las personas se pierdan en este mundo de maldad.  Nuestras palabras deben ser para sazonar, en otras palabras para que de buen gusto.  Si nos pasamos hablando chismes, si nos pasamos hablando de incidentes que ocurren que quizás no estamos de acuerdo en ello, entonces ¿que le dirá eso a una persona que nos escuche? ¿Servirá todo eso para atraerlos a los caminos del Señor?  Claro que no; esas cosas servirán para apartarlos más de Dios.  Estas cosas servirán para maldecir a aquellos que nos puedan escuchar, ya que nadie querrá ir a un sitio donde existe la contienda, el celo, la envidia y demás.  

Para concluir.  Nunca debemos abrir nuestras bocas para maldecir.  Como siervos fieles de Dios nuestras palabras tienen que reflejar lo bueno, tienen que reflejar el amor de Cristo aun en momentos difíciles (Lucas 6:27-28.)  Para desatar las bendiciones y romper las cadenas de maldiciones nuestras palabras tienen que ser palabras que edifiquen (Efesios 5:19.)  Nuestras palabras deben ser para compartir lo bueno en todo momento (Proverbios 16:24.)  Nuestras palabras deben ser palabras que fortalecen y no que debilitan (Eclesiastés 10:12.)  Nuestras palabras deben ser sin ira o malicia (Efesios 4:31.)  Recordemos que llegara el momento cuando todos tendremos que darle cuenta a Dios por todo lo que decimos y hacemos (Mateo 12:36-37.)  Dejemos ya de desatar maldiciones sobre nuestros hijos, familiares, compañeros de trabajo, y sobre todos aquellos que nos rodean.  Desata hoy una bendición especial sobre todos los que te rodean, diles hoy “Cristo te ama.” 

© Copyright José R. Hernández

  

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Predicado:  23 de Mayo del 2004

email: José R. Hernández
 

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