Bendiciendo y no maldiciendo
Como
todos saben, me quede muy impresionado con el servicio del
martes. Verdaderamente ese servicio fue una tremenda
bendición, y se sintió el mover del Espíritu Santo fuertemente.
Pensando en ese servicio tan maravilloso, me acorde de unas
palabras que el hermano Samuel dijo, para aquellos que estuvieron
presente, si se acuerdan, él dijo que como creyentes, nosotros
debíamos bendecir a otros. Pero ahora, la pregunta
que debemos hacernos es ¿cómo podemos lograr esto?
Pasemos ahora a la Palabra de Dios y encontremos nuestra
respuesta.
Efesios 4:29
- Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca,
sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin
de dar gracia a los oyentes.
En este pequeño versículo encontramos una gran enseñanza.
Aquí encontramos de la manera que nosotros podemos bendecir
a todos aquellos que nos rodean. Nosotros le podemos
servir de bendición a otros en la manera que hablamos; en
otras palabras de la manera que decimos las cosas.
Ahora, detengámonos por unos instantes y pensemos en la
manera que nosotros hablamos. ¿Se ha puesto a pensar
alguien alguna vez cuantas palabras pronunciamos al día?
Para algunos esto seria una tarea un poco difícil, ya que
existimos muchos que nos gusta hablar. Pero ahora
preguntemos otra cosa, ¿cuántas de estas palabras sirven
solo para maldecir? Para podernos dar cuenta de nuestras
acciones debemos conocer el significado de esta palabrita.
La palabra maldecir es definida como “1. Echar maldiciones
contra alguien o algo. 2. Hablar con mordacidad en
perjuicio de alguien, denigrándolo. 3. Sentido de
expresar por medio de palabras el enojo o abominación que
se siente por algo o alguien.” Conociendo ya el significado
de esta palabra, preguntémonos nuevamente, ¿cuántas de las
palabras que salen de nuestra boca son para maldecir?
Generalmente cuando se habla de maldecir, la mayoría de
las personas piensan en cosas como los insultos, la gritería,
las groserías y demás. Pero el maldecir es mucho más
que esto; el maldecir es todo aquello que podemos decir
que puede herir o dañar a aquellos que nos rodean.
El problema esta en que con nuestra lengua nosotros podemos
herir seriamente a una persona y dejar cicatrices bien profundas
(Santiago 3:5-6.)
En muchas ocasiones herimos a los que amamos, pero también
herimos a los que no conocemos. Les digo esto porque nadie
que tenga un concepto general del Cristianismo espera que
de la boca de un Cristiano se expulsen maldiciones, mentiras,
alardes, insultos, y criticas, no más que esperarían recibir
una manzana de un árbol de peras (Colosenses
3:8.) En este pequeño versículo encontramos
algo de suma importancia, aquí leemos “a fin de dar gracia
a los oyentes.” Quiero que notemos bien que aquí
NO se nos dice a los creyentes, aquí se nos dice “a los
oyentes.” La razón por esto es porque una persona
que ha hecho un compromiso genuino con Cristo tiene que
comportarse de una manera noble al tratar a todos los que
están a su alrededor (Romanos 12:14-17.)
Cristo nos manda a que amemos de la manera que Él nos ama,
para que de esa manera nosotros podamos dar un testimonio
fuerte de Su amor, misericordia y gracia hacia todos los
hombres (Juan 13:34.) Si
nuestra manera de expresarnos no es una que refleja el amor
de Cristo, entonces encontraremos que la mayoría de nuestras
palabras maldicen. Ahora, deseo que pensemos un poco
a quien maldecimos. Les pregunto, ¿cuántos aquí desean
maldecir a sus hijos? Claro esta que ninguno de nosotros
deseamos maldecir a nuestros hijos, pero les digo en el
día de hoy que en muchas ocasiones de manera inconsciente
si lo hacemos.
Se han hecho muchos estudios y han encontrado que el daño
más grande que se le puede hacer a un niño es la crítica
negativa. Los expertos en este campo han encontrado
que la critica negativa afecta el estima y el ego, y tiene
efectos que impactaran de la manera que un niño crece y
se desarrolla. Con esto en mente, permítanme exponerles
algunos ejemplos de maldiciones que con frecuencia muchos
desatan sobre sus hijos. Digamos ahora nuestro hijo
nos trae a la casa las notas que ha recibido en la escuela.
Digamos también que las notas no son nada buenas, o no son
lo que nosotros esperábamos. ¿Cómo reaccionamos?
¿Qué le decimos? ¿Le decimos, tú eres un mal estudiante,
tú no sirves para nada, que necio eres y demás?
Estas son palabras que son dicha con frecuencia en numerosos
hogares, pero ¿para que sirven? Solo sirven para maldecir.
Digo que solo sirven para maldecir porque con la continuación
del tiempo estas palabras son repetidas una y otra vez,
estas palabras son repetidas no solamente cuando llega a
los estudios, sino que son palabras que se repiten en casi
todo aspecto. Son palabras que se repiten con tanta
frecuencia que llegaran a convencer al niño de que si es
un mal estudiante, y de que si es necio. Otras palabras
que con frecuencia salen de nuestros labios es “que majadero
tu eres” o quizás “tu siempre te portas muy mal.”
Nuevamente encontramos otra maldición desatada sobre ese
niño, ya que con la repetición de estas palabras el niño
llegara a pensar que es un niño malo, y eso es lo que se
espera de él.
Otras palabras que salen de nuestra boca con frecuencia
son “eres igualito a fulano o mengano,” y en casi toda ocasión
escogemos el ejemplo del muchacho más malcriado o
malo que conocemos. ¿Qué estamos haciendo? Nuevamente
les digo que de manera inconsciente estamos desatando otra
maldición, porque los niños imitan a los que a ellos les
caen bien y los miran con estima. Ahora, no quiero
que nadie me vaya a mal interpretar. Sé que en ocasiones
tendremos que ponernos fuertes, sé que en ocasiones tendremos
que alzar nuestra voz. Así que con esto que les he
dicho no he tratado de implicar que nosotros podemos permitir
que nuestros hijos se comporten mal o de manera delincuente.
Como padres que amamos a nuestros hijos, es nuestra responsabilidad
y deber de corregir a nuestros hijos cuando hacen algo malo
o desagradable (Proverbios 23:12-14.)
Esto debe ser algo que hacemos para evitar que cierto comportamiento
suceda otra vez, y más que nada para prevenir que se pierda
en la corriente de maldad que arrastra a este mundo.
Pero es nuestra responsabilidad de hacerlo de manera que
les bendecirá (Proverbios 22:6.)
¿Por qué he usado el ejemplo de los niños? Mi propósito
no ha sido de decirle a nadie como criar a su hijo, mi propósito
ha sido para demostrarnos que existen muchos que han sido
maldecidos por sus propios padres, y que ha sido sin intención.
He usado este ejemplo para que todos podamos ver que en
muchos casos las maldiciones vienen de generación en generación.
Todas estas cosas que les he dicho no se limitan a los niños,
estas son cosas que se aplican a cada uno de nosotros.
¿Saben por qué? La razón es porque todos aquí una
vez fuimos niños, y como les dije, en los estudios que se
han hecho referente a este tema, todo esto es algo que ha
influenciado nuestro crecimiento y quien somos hoy en día.
En otras palabras, estas cosas que decimos, y estas
cosas que hacemos es porque eso fue lo que aprendimos de
nuestros padres o de aquellos que nos rodeaban. Hermanos,
desdichadamente, todos aquí aprendimos de muy temprana edad
a maldecir. Pero en el día de hoy romperemos toda
cadena de maldición y desataremos bendiciones sobre todos
aquellos que nos rodean. En el día de hoy aprenderemos
a bendecir; para bendecir a otros existen tres pasos a seguir.
La Palabra de Dios nos dice: “Ninguna palabra corrompida
salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria
edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.”
El primer paso para romper las maldiciones y desatar las
bendiciones es dejar de hacer excusas. Tenemos que
dejar de echarle la culpa al diablo por todo lo malo.
Al diablo se le esta dando mucho más merito de lo que se
merece, el diablo no te puede obligar a actuar o hablar
de una manera. Tenemos que dejar de culpar a lo espiritual
de nuestras acciones, digo esto porque con frecuencia escucho
como personas se excusan diciendo “fue un espíritu de ira”
o “fue un espíritu de rebeldía” y demás.
Es cierto que tenemos una lucha en contra de los poderes
de las tinieblas (Efesios 6:12;)
es cierto que existen demonios que sin descanso buscan apartarnos
de la presencia de Dios, pero también es cierto que Dios
nos ha dado la victoria (Santiago
4:7.)
El segundo paso para desatar las bendiciones es el purificar
nuestro corazón; en Mateo 12:35
leemos: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón
saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca
malas cosas." Tenemos que purificar nuestro
corazón para que de el puedan salir bendiciones. No
podemos permitir que nuestro corazón nos engañe haciéndonos
pensar que somos un siervo fiel de Dios si nuestra manera
de pensar, hablar y de ser continúa demostrando nuestra
antigua naturaleza (Mateo 12:34.)
No nos engañemos pensando que somos criaturas nuevas si
continuamos en la soberbia, el orgullo, los vicios y la
hipocresía. Tenemos que purificar nuestro corazón
llenándolo de amor, sumisión, humildad y gratitud.
Como les dije la semana pasada, si deseamos estar en la
presencia de Dios y permanecer en su lugar santo, entonces
tenemos que limpiar nuestras manos y purificar nuestro corazón.
No podemos permitir que las cosas de este mundo nos aparten
de las bendiciones que Dios tiene para nosotros. No
podemos permitir que el demonio tome lugar alguno en nuestro
corazón; no podemos permitir que el demonio influencie de
la manera que nos sentimos, pensamos y actuamos. Recordemos
que los poderes de las tinieblas, y el mismísimo Satanás
NO nos puede forzar a nada.
El tercer paso es declarar la bendición con nuestros labios
(Romanos 10:10.) En
Colosenses 4:6 encontramos
que la Palabra de Dios nos dice: "Sea vuestra palabra
siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo
debéis responder a cada uno." Aquí esta el
secreto para desatar las bendiciones, pensemos en esto por
unos momentos. Cuando les puse los ejemplos acerca
de los niños, ¿recordó alguien aquí algún momento de su
niñez? ¿Recordó alguien aquí haber escuchado algunas
de las cosas que les dije o algo semejante? Claro
que si, estoy seguro que todos aquí hemos escuchado esas
cosas o algo semejante salir de los labios de nuestros padres.
Pero les pregunto, ¿no hubiese sido mejor escuchar palabras
positivas y dulces en vez de palabras llena de ira, y gritos?
¿No hubiese sido mejor haber escuchado yo te ayudare con
tus estudios para que saques mejores notas? ¿No hubiese
sido mejor escuchar tu eres muy inteligente y se que aprenderás
muy bien lo que ahora no entiendes? ¿No hubiese sido
mejor escuchar tu eres muy buen muchacho para imitar lo
malo? ¿No hubiese sido mejor escuchar palabras llenas
de amor y comprensión? ¿No hubiese sido mejor escuchar
palabras de estimulo? Claro que si, ¿verdad?
En este versículo encontramos que se nos dice que nuestras
palabras deben ser “sazonada con sal,” pero ¿qué
significa eso? Si pensamos un poco en el uso de la
sal en ese entonces, y el uso que se le da a la sal en nuestro
tiempo encontraremos que la sal es usada con dos propósitos.
La sal se usa para preservar y para sazonar. Para
desatar las bendiciones nuestras palabras deben ser para
preservar nuestra fe, deben ser para preservar nuestros
principios, deben ser para preservar y prevenir que las
personas se pierdan en este mundo de maldad. Nuestras
palabras deben ser para sazonar, en otras palabras para
que de buen gusto. Si nos pasamos hablando chismes,
si nos pasamos hablando de incidentes que ocurren que quizás
no estamos de acuerdo en ello, entonces ¿que le dirá eso
a una persona que nos escuche? ¿Servirá todo eso para atraerlos
a los caminos del Señor? Claro que no; esas cosas
servirán para apartarlos más de Dios. Estas cosas
servirán para maldecir a aquellos que nos puedan escuchar,
ya que nadie querrá ir a un sitio donde existe la contienda,
el celo, la envidia y demás.
Para concluir.
Nunca debemos abrir nuestras bocas para maldecir.
Como siervos fieles de Dios nuestras palabras tienen que
reflejar lo bueno, tienen que reflejar el amor de Cristo
aun en momentos difíciles (Lucas
6:27-28.) Para desatar las bendiciones y romper
las cadenas de maldiciones nuestras palabras tienen que
ser palabras que edifiquen (Efesios
5:19.) Nuestras palabras deben ser para compartir
lo bueno en todo momento (Proverbios
16:24.) Nuestras palabras deben ser palabras
que fortalecen y no que debilitan (Eclesiastés
10:12.) Nuestras palabras deben ser sin ira
o malicia (Efesios 4:31.)
Recordemos que llegara el momento cuando todos tendremos
que darle cuenta a Dios por todo lo que decimos y hacemos
(Mateo 12:36-37.)
Dejemos ya de desatar maldiciones sobre nuestros hijos,
familiares, compañeros de trabajo, y sobre todos aquellos
que nos rodean. Desata hoy una bendición especial
sobre todos los que te rodean, diles hoy “Cristo te ama.”
© Copyright José R. Hernández