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Obispo José R. Hernández

Conociendo tu propósito

En el día de hoy quiero comenzar con un chiste.  Resulta ser que había un hombre, que fue contratado para transportar 500 pingüinos a un zoológico local. 

En camino al zoológico, el camión se le rompió, y estaba al lado de la carretera pensando que ahora se le morirían los pingüinos, y que tendría que pagar por su costo.  Levantando su vista del motor, y mirando a su alrededor, el hombre vio a un camión que se le acercaba y lo paro.  El hombre entonces hablando con el camionero le dijo: “te doy 500 dólares para que me lleves a estos pingüinos al zoológico”.  El camionero pronto accedió, recogió a los pingüinos y se fue.  Al otro día, el hombre fue al pueblo, y cual fue su sorpresa al ver que el camionero iba cruzando la calle, y los 500 pingüinos iban detrás de él todos en fila.  Al ver esto, el hombre le dijo al camionero: “¿no te di yo ayer 500 dólares para que llevases a estos pingüinos para el zoológico?”  El hombre entonces respondió, “si, y los lleve, pero me sobro un poco de dinero así que hoy nos vamos para el cine”.  ¿Qué cómico, verdad? Sin duda alguna este camionero no entendió lo que se la había pedido.  Igualmente, muchos creyentes hoy en día no entienden lo que Dios quiere en sus vidas, no entienden el propósito de Dios. Quiero que hoy nos concentremos en este tema, busquemos hoy el propósito de Dios. 

Colosenses 1:24-29 - Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; 25 de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, 26 el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, 27 a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, 28 a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; 29 para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí. 

Cuando examinamos las palabras de Pablo aquí, encontramos que él dice algo que quizás no entendamos, el aquí dice: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros”.  Como les dije, estas son palabras que quizás no entendamos, pero preguntémonos, ¿hemos sufrido desde que nos entregamos a Cristo?  La mayoría de todo creyente responderá que sí.  Respondemos de una manera afirmativa porque cuando vivimos en Cristo, como les dije la semana pasada, ya no somos como fuimos, somos criaturas nuevas.  Cuando llegamos a Cristo, cuando hacemos un compromiso con Él y nuestras vidas comienzan a cambiar; en muchas ocasiones nos sentimos aislados.  Les digo esto porque la mayoría de las veces, nuestros amigos, nuestras familias, y casi todos los  que nos rodean se alejan de nosotros; y esto es algo que nos causa un sufrimiento o padecer.  Quiero que notemos que cuando Pablo escribió esta carta a la iglesia, él estaba encerrado en una prisión romana, él estaba sufriendo en las manos del imperio romano a causa de su fe Cristiana.  Quiero que notemos bien que el hecho de que estaba encerrado en esa prisión no lo detuvo.  El hecho de que estaba sufriendo grandemente, y estoy seguro que sufrió grandemente porque las prisiones de ese entonces no eran como las de  hoy en día, pero esa situación difícil, ese sufrimiento, ese padecimiento, no detuvo su ministerio, y diría que ni siquiera retardo su progreso.  Desdichadamente hoy en día la iglesia sufre, y los ministerios se detienen o retardan, porque muchos en el pueblo de Dios permiten que situaciones, y emociones interfieran con su fe.  Como he dicho en numerosas ocasiones, es bien fácil tener fe cuando las cosas marchan de la manera que nosotros queremos o deseamos.  Es bien fácil confiar en Dios cuando no existe adversidad en nuestro diario vivir, pero en el momento que algo malo nos sucede, o en el momento cuando las cosas no marchan de la manera que nosotros deseamos, entonces  comenzamos a padecer y sufrir.  El problema no esta en que padecemos, el problema esta en que cuando comenzamos a padecer, cuando empezamos a sufrir, en vez de orar y alabar a Dios, nos olvidamos y tendemos caer más profundo en el problema, tendemos a sufrir más y más.  

Aquí leemos que Pablo dice que se gozaba en lo que estaba padeciendo, esto es algo que como dije es difícil de entender, después de todo ¿es posible estar gozoso en medio de un sufrimiento?  Esto es algo que se contradice ya que es imposible decir que estamos gozosos si estamos padeciendo, ¿verdad?  En realidad esto no es imposible (1 Pedro 4:16), pero si es algo difícil de hacer.   Es difícil de hacer porque si nuestra fe no esta firme, si nuestra confianza en Dios no es absoluta, entonces se nos hará muy difícil sino imposible ver que el padecer a causa de Cristo es algo que nos debería traer gran gozo. ¿Cómo así?  Simplemente puesto, el padecer a causa de Cristo no es un sufrimiento, el padecer es un privilegio y razón de gozo (Romanos 5:3-4).  Les digo esto porque la mayoría de nosotros aprendemos a través de nuestro padecimiento.  El padecimiento es parte de nuestro crecimiento y no es algo que nos debe tomar por sorpresa, sino tenemos que esperarlo (1 Pedro 4:12-14).  Como dice ese refrán, “guerra avisada no mata a soldado”.  En otras palabras nuestra fe no será afectada negativamente sabiendo que seremos atacados, y que tendremos que sufrir a causa de Cristo.  La realidad de nuestra fe es que muchos tendremos que sufrir por causa de nuestra creencia, pero aun en medio del sufrimiento, el Señor nos bendecirá (Lucas 6:22-23).  La pregunta que nos debemos hacer es ¿estamos dispuestos a sufrir?  

Cuando estudiamos la Palabra y buscamos acerca del ministerio de Pablo, en el libro de Hechos, encontramos que Pablo había sido un gran enemigo del cuerpo de Cristo (Hechos 9:1-2); también encontramos que fue escogido por el Señor con un propósito (Hechos 9:15-16).  Quiero que notemos aquí cuando él dice: “de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, 26 el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, 27 a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”.  Este fue el propósito de Pablo, el anunciar la Palabra de Dios, y este mismo es el propósito de Dios con cada uno de nosotros.  No tenemos que ser pastores, diáconos o ministros para anunciar las buenas nuevas, solo tenemos que ser Cristianos.  Muchos piensan que para poder ministrar se necesita un titulo otorgado por universidades o seminarios, pero esto no es cierto.  No hay que ser un sabio, no hay que ser un genio, no hay que ser maestros en teología (1 Corintios 1:27), lo único que se necesita es un corazón dispuesto.  Lo que necesitamos es reconocer el propósito de Dios en nuestra vida, y aceptar la responsabilidad que se nos ha encargado.  Si lo oyeron bien, responsabilidad.  Cuando decidimos caminar con Cristo, todos obtuvimos el privilegio de ser llamados hijos de Dios, y de pasar a ser coherederos con Cristo (Romanos 8:16-17).  Pero también asumimos una gran responsabilidad; asumimos la responsabilidad de anunciar las buenas nuevas de Jesús a todos aquellos que aun no le conocen (Mateo 28:19).  Asumimos la responsabilidad de amonestar, y de enseñar a todos aquellos que puedan estar confundidos o apartados.  Aquí leemos: “para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios”.  En otras palabras, el propósito es presentar la Palabra de Dios en toda situación, aun cuando esto no pueda ser lo más popular o nos pueda causar un padecimiento (2 Timoteo 4:1-3).  Hermanos, como iglesia, tenemos que reconocer que es nuestra responsabilidad el no escatimar esfuerzos para cumplir con el propósito de Dios en nuestra vida.  Es por eso que aquí se predica la Palabra de Dios completa, es por eso que aquí no se predica para agradar los oídos de los hombres; aquí se predica la Palabra de Dios completa.  Al pecado se le llama pecado, y no tratamos de esconder o toleramos las cosas que no agradan a Dios.  Los falsos maestros en Colosas enseñaban y creían que la perfección espiritual era un plan escondido o misterio, y que solo un pequeño numero de hombres privilegiados lo conocerían.  Pero Pablo enseño la verdad, el enseño  que Dios estaba llamando a todos a la fe en Cristo (Efesios 3:6).  Si nos ponemos a mirar a nuestro alrededor veremos que tal como en esos tiempos, ahora existen también maestros y falsos profetas que están engañando y confundiendo a muchos en este mundo.  Solo tenemos que abrir nuestros ojos y veremos que a través de la historia, y en nuestros días, han existido, y existen numerosas personas que claman ser los únicos que conocen o saben la verdad.  Si nos ponemos ha analizar todas las diferentes sectas y religiones que existen en este mundo podremos ver que todas claman exactamente esto, todas claman que a través de sus doctrinas y teologías se puede alcanzar a Dios. 

No quiero profundizarme mucho en este tema, ya que de hacer eso no lo pudiéramos terminar en este corto tiempo que tenemos, pero sé que todos ustedes conocen muy bien lo que les estoy diciendo.  Conocen muy bien que existen sectas y religiones que no siguen la doctrina de Jesús, y que nunca lograran alcanzar a Dios; solo existe una menara de alcanzar a Dios y su nombre es Jesús (Juan 14:6).   

Continuando leemos: “a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre”.  Hermanos, si queremos cumplir con el propósito de Dios en nuestra vida, entonces tenemos que anunciar a Cristo en todo lo que hacemos (2 Corintios 4:5).  Tenemos que permitir que el Espíritu Santo obre, y esto es algo que en muchas ocasiones nosotros no permitimos (Efesios 4:30); tenemos que testificar y hablarle a las personas de nuestra fe.  El propósito de Dios con un siervo fiel es el de amonestar, en otras palabras el de ayudar ha aquellos que puedan estar confundidos, y el de advertirle ha aquellos que puedan estar en malos caminos.  El propósito de Dios con un siervo fiel es el de enseñar a todos aquellos que aun no conocen a Cristo.  Enseñar la grandeza, majestad, misericordia y poder de Dios a este mundo de tinieblas.   Sé que muchos ya están diciendo que eso suena todo muy lindo; también sé que a muchos todavía les falta la confianza para poder entablar una conversación acerca de Cristo con otra persona; sé que a muchos les falta la confianza para evangelizar.  Si este es el caso, reprende eso hoy, porque esta manera de pensar solo sirve para atraparnos en la autosuficiencia, sirve para atraparnos y confiar más en nuestras habilidades que en Dios.  Digo esto porque cuando confiamos en Dios y su poder, entonces Él pondrá las palabras que se necesitan, Él nos guiara en esos momentos de debilidad (Lucas 12:12; 21:14-15 ).  Fíjense bien como Pablo dice aquí: “para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí.”  Pablo trabajaba y  obraba para engrandecer el reino de Dios aquí en la tierra.  Pablo luchaba en contra de los poderes de ese entonces, luchaba en contra de las religiones establecidas y populares. Pero quiero que notemos bien cuando dice: “según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí”.  Pablo no dependía de sus fuerzas, él no estaba dependiendo de su sabiduría, él estaba dependiendo del Espíritu Santo que ahora moraba en él.  Hermanos, nosotros tenemos que hacer lo mismo.  Si deseamos que el propósito de Dios se cumpla en nuestras vidas, entonces tenemos que aprender a depender menos de nosotros y más del Espíritu Santo.  Tenemos que permitir que el Espíritu Santo nos guíe en todo momento, que guié nuestros pensamientos, nuestras pisadas, y nuestras palabras.  Pablo no dependió de su propia fuerza para cumplir con el propósito de Dios en su vida.  Nosotros tampoco podemos depender de nuestra propia fuerza porque de hacer eso, entonces le fallaremos a Dios en todo momento.  El ser humano es débil, nosotros todos somos débil, y es por eso que tenemos que depender en el poder de Dios.  Hermanos, cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, entonces aprenderemos a confiar más en Dios que en nuestras habilidades.  Aprenderemos que por mucho que nosotros podamos hacer, en realidad no podremos obtener una victoria total sobre las situaciones, tribulaciones o dificultades por nuestras propias fuerzas.  Todos sabemos que cuando el Espíritu Santo mora en nosotros, el temor tiene que huir (Santiago 4:7).  Pero, si no confiamos y dependemos de ese poder, entonces nunca cumpliremos con el propósito de Dios con nosotros.  Cuando no confiamos y dependemos del poder de Dios, entonces no evangelizaremos y testificaremos.  

Para concluir.  Son muchos los que se han levantado clamando ser los poseedores de la verdad, son muchos los que se han levantado clamando que solo a través de su religión o secta podrá una persona ser salva o obtener vida eterna (Marcos 13:21-23).  Pero la salvación y la vida eterna no son porque pertenezcamos a una iglesia, o seamos miembros de un concilio o denominación.  Tal como les dije la semana pasada, la salvación es solo por obra y gracia de Dios (Efesios 2:8-9).  No existe nada en este mundo, o nadie en este mundo que nos pueda salvar, no existe institución que nos pueda garantizar vida eterna, solo existe uno y su nombre es Jesús (Hechos 4:11-12).  Pero esto no ha detenido a todos aquellos que predican un evangelio diferente; que tergiversan las escrituras para acomodarlas según sus necesidades, y para cumplir con sus propósitos.  Lo único que puede detener a estas personas malvadas son creyentes que comprenden el propósito de Dios.  Creyentes que estén dispuestos a cumplir con lo que Dios nos ha encargado, a cumplir con la responsabilidad que se nos ha entregado.  Acepta hoy tu responsabilidad y comprende tu propósito.  La iglesia, el Cuerpo de Cristo necesita creyentes tal como Pablo.  Se necesitan creyentes dispuestos a sufrir y padecer; se necesita creyentes dispuestos a obrar para Dios en todo momento aun cuando el obrar nos pueda causar un padecer o dolor.  La iglesia necesita que muchos reconozcan el propósito de Dios en su vida; ¿lo reconoces tu?

© Copyright José R. Hernández

  

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Predicado: 25 de Mayo del 2003

email: José R. Hernández
 

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