Bla Bla Bla
Deseo iniciar el servicio de hoy haciendo una pregunta.
¿Cuántos han escuchado alguna vez esa frase "bla bla bla?"
Ésta frase es algo que escuchamos típicamente cuando
alguien nos está contando algo y nosotros tratamos de
apurarle, o cuando la persona que nos está haciendo el
cuento está apurada. Es algo como cuando se nos habla y
nos dicen: "si, fui a la iglesia el domingo pasado y el
pastor estuvo hablando del arrepentimiento bla bla bla y
tres personas nuevas aceptaron al Señor." ¿Les suena
conocido ahora? Estoy seguro que todos nosotros hemos
escuchado ésta frase. Así que hoy deseo que examinemos
el “bla bla bla.” Pasemos ahora a la Palabra de Dios y
examinemos unos versículos que tratan directamente con
éste sujeto.
Lucas 18:9-14
– A unos que confiaban en sí mismos como justos, y
menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno
era fariseo, y el otro publicano. 11El
fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta
manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los
otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun
como este publicano; 12ayuno dos veces a la
semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13Mas
el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los
ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:
Dios, sé propicio a mí, pecador. 14Os digo
que éste descendió a su casa justificado antes que el
otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado;
y el que se humilla será enaltecido.
Para poder comprender lo que está sucediendo aquí,
tendremos que primero conocer algunos pequeños detalles
de la cultura de ese entonces. Lo primero que vemos
aquí es que el Señor nos dice “Dos hombres subieron
al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.”
Pero, ¿qué quiere decir esto? Lo primero que
encontramos aquí es que se nos habla de los fariseos.
Pero, ¿qué significa esto? Los fariseos eran uno de los
dos grupos religiosos más influénciales que existía en
el tiempo durante el ministerio de Jesús. Los fariseos
ejercían gran influencia, pero al igual que toda
religión, ellos tenían un gran defecto. Los fariseos
creían en un Dios personal y en las escrituras como la
Palabra de Dios, pero ellos le añadían a la Palabra.
Ellos añadían reglas y regulaciones, rituales y
ceremonias, imponiendo así restricciones a las personas.
Esto es algo que queda muy bien reflejado en las
palabras de nuestro Señor según encontramos en
Mateo 23:13 cuando el
Señor les dijo “Mas !!ay de vosotros, escribas y
fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los
cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros,
ni dejáis entrar a los que están entrando.” Ésta
actitud o enseñanzas les condujo a cometer dos grandes
errores. El primero es que estaban conduciendo al pueblo
a creer que con un buen comportamiento y a través de
rituales serian aceptable a Dios. Segundo, es que
conducían al pueblo a una religión de respeto social,
una religión externa. En otras palabras, si una persona
era respetada socialmente y hacia las cosas bien hechas,
entonces era considerado como aceptable a Dios. Pero la
realidad del caso es que ellos eran unos hipócritas
porque ellos profesaban una cosa, pero practicaban
otra. Esto es algo que queda muy bien declarado por
nuestro Señor en Mateo 23:25
cuando el Señor también dijo “!!Ay de vosotros,
escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de
fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis
llenos de robo y de injusticia.” Así que con estos
dos pequeños detalles podemos concluir confiadamente que
éste grupo religioso no hacía las cosas para la gloria
de Dios, sino lo hacían para obtener reconocimiento y en
muchos casos riquezas.
Ahora, examinemos al publicano, ¿qué significa esto?
Publicano era el titulo otorgado por el imperio romano a
los cobradores de impuestos. Para nosotros esto en si no
tiene mucho significado, pero en ese entonces las cosas
eran muy diferentes a hoy en día. Los cobradores de
impuestos en ese entonces eran personas odiadas. Estos
hombres eran repudiados porque ellos operaban de forma
muy corrupta. Lo que facilitaba que estos hombres
fueran personas corruptas era la ley romana que
existía. Fíjense bien como era la cosa. Para tratar de
disminuir los malos sentimientos del pueblo en contra
del imperio, en otras palabras para tratar de disminuir
la apariencia de la opresión que el imperio ejercía
sobre éste pueblo, el imperio empleaba a personas del
mismo pueblo judío para que fuesen ellos los que
cobraran los impuestos. Hasta aquí todo va bien.
El problema originaba en la ley o el sistema que el
imperio usaba para colectar los impuestos; la ley en ese
entonces era que estas personas que el imperio
contrataba pagaban una cantidad de dinero por adelantado
al imperio, y en cambio el imperio le daba la autoridad
para cobrar los impuestos en las diversas áreas. Pero no
solamente esto, sino que ellos también recibían la
autoridad de obtener una ganancia de todo lo que
cobraban. Es decir si había sido determinado que una
persona debía diez dólares, el cobrador de impuestos
podía cobrar quince o veinte dólares sin ningún tipo de
violación de la ley romana. Y como todo estaba aprobado
y respaldado por el imperio romano, el que se negara a
pagar lo que el publicano le exigiera tendría que
entonces tratar con los soldados romanos. Así que ya
conocemos bien quienes eran estos dos hombres, el
fariseo era un hombre respetado y muy religioso, y el
publicano era un hombre repudiado por el pueblo.
Manteniendo estas cosas en mente, continuemos con
nuestro estudio de hoy.
Entonces, ahora aquí tenemos a estos dos hombres que
eran muy diferentes de cada uno. Uno era parte de ésta
prestigiosa organización religiosa, el bueno; y el otro
un cobrador de impuestos, el malo, un hombre que era muy
odiado y repudiado por todo el pueblo. Uno de los
hombres lo tenía todo y aparentaba estar en camino al
cielo, y el otro aparentaba tener nada, solo una vida
llena de pecados. A primera vista el fariseo en ésta
parábola aparenta ser un hombre muy bueno, y el
publicano es el malo de la película. Les digo esto
porque cuando leemos los primeros versículos vemos que
el fariseo aparenta ser el hombre recto. Vemos que el
dice "te doy gracias porque no soy como los otros
hombres…" Ésta declaración que él hizo aquí era una
gran verdad; él no era como el otro hombre. Como les
dije previamente, él era un hombre que pertenecía a una
organización religiosa muy prestigiosa. Pero en realidad
aquí es donde comienza el gran problema. Digo que aquí
comienza el problema porque su oración no procedía de su
corazón. Él no estaba orándole a Dios para que le
perdonase, él no estaba orándole a Dios para darle
gracias; en realidad si nos ponemos a analizar lo que
hizo éste hombre aquí vemos que ¡¡¡él no estaba
orando!!! Este hombre solo estaba parado en el templo
dándose golpes en el pecho alardeando de lo bueno que él
era para que todos le pudieran escuchar. ¿Piensa usted
que Dios escucho esta oración? Les digo que lo único que
Dios escucho de este hombre fue bla bla bla. Fíjense
como eso es algo que queda muy bien reflejado en las
palabras del Señor según encontramos en Mateo
23:14 cuando leemos “!!Ay de vosotros,
escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las
casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas
oraciones; por esto recibiréis mayor condenación.!!”
Dile a la persona que tienes a tu lado, cuidado con el
bla bla bla.
Desdichadamente el síndrome de bla bla bla es uno de los
problemas más graves que confronta la iglesia de hoy.
Digo esto porque existe un buen número de supuestos
creyentes que son igual al primer hombre en esta
historia. Un gran grupo de personas que tal como el
fariseo en ésta parábola, solamente dan los pasos a
seguir. Cuando analizamos lo que hizo el fariseo en
éste instante, no es difícil discernir que eso mismo fue
lo que él hizo; él solo estaba dando pasos a seguir.
Sus acciones y declaración reflejan claramente que él no
estaba buscando más de Dios; en realidad él no estaba
buscando a Dios. Él solamente estaba buscando la
aceptación y reconocimiento del hombre. Ahora bien, éste
hombre si estaba actuando debidamente; la Palabra nos
dice que el estaba "puesto en pie..." y esa era
la manera apropiada de orar en ese entonces. Éste hombre
si estaba siendo sincero, él no era como el otro hombre,
él no era un adultero, él no era un mentiroso, él no era
un ladrón, pero su oración no procedía de su corazón.
Sus palabras eran habladas pero no a Dios sino así mismo
y quizás para que fuesen oídas por esos que le rodeaban.
Sus palabras fueron dichas no para alabar a Dios, no
para darle gracias a Dios, sino para tratar de
abochornar al otro hombre. ¿Conoce usted a alguien que
actúa de ésta manera? Les hablo de toda esa persona que
en lo exterior, es decir, que a primera vista aparentan
ser fieles hombres y mujeres de Dios. Personas que nos
impresionan con sus agradables personalidades, su
aparente compasión, y su disposición de ayudar. Les
hablo de toda persona que piensa que ellos son lo
suficientemente buenos para Dios.
Personas que piensan que han hecho o están haciendo
cosas tan buenas que Dios los tiene que aceptar tal como
son. Personas que en realidad están convencidas que
cuando finalmente se encuentren cara a cara con Dios no
serán condenados. Personas que saben que han hecho mal,
pero no lo suficiente como para ser excluidos de Su
reino. Desafortunadamente ésta manera de sentir o pensar
es algo que tiene a muchos convencidos, y esto les
detiene de que reciban convicción. Es por eso que en la
Palabra encontramos una gran advertencia de todo esto
según leemos en Proverbios 30:12
“Hay generación limpia en su propia opinión, Si bien
no se ha limpiado de su inmundicia.” El problema
que existe es que cuando nos dejamos guiar por nuestra
propia opinión, entonces la presencia de Dios no podrá
ser encontrada en nuestra vida. Digo esto porque basar
nuestra vida sobre nuestra propia opinión nos conducirá
a vivir una vida de religión. En otras palabras,
llegaremos al templo y cantaremos alabanzas y adoración,
levantaremos la manos, quizás digamos un ocasional amen
o aleluya, pero todo esto lo haremos porque son los
pasos a seguir, y porque es lo que se espera de nosotros
y no porque sentimos una necesidad real de hacerlo.
Pero si al examinar tú vida encuentras que quizás éste
mismo es tu caso, entonces escucha bien el mensaje de
hoy, porque con venir a la iglesia y cantar, con venir a
la iglesia y decir amen o aleluya, no estas glorificando
a Dios. Lo único que estas haciendo es satisfacer tu
conciencia. Esto es exactamente lo que el fariseo hizo
aquí, él no estaba alabando a Dios, él solamente estaba
justificando en su mente las razones por la cual Dios
tenía que aceptarle.
Todos nosotros debemos tener mucho cuidado de no caer en
la misma actitud que encontramos en éste hombre.
Tengamos mucho cuidado porque es bien fácil ser como el
fariseo. Digo esto porque es fácil querer obtener
reconocimiento, es fácil querer obtener el prestigio,
pero también les digo que es bien fácil no ir al cielo.
Esto es algo que queda muy bien declarado en las
palabras de nuestro Señor como encontramos en
Mateo 7:14 cuando leemos
“porque estrecha es la puerta, y angosto el camino
que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.”
Dile a la persona que tienes a tu lado, la puerta es
estrecha. Hermanos, cuando empezamos a actuar y a
sentirnos igual a éste hombre, entonces se nos hace
fácil concentrar nuestra mirada y atención en todo eso
que no es importante; se nos hace fácil concentrar
nuestra atención en lo externo. Esto es algo que todo
ministro, todo diácono y toda persona Cristiana debe
tener siempre en mente. Les digo esto porque si actuamos
tal como el primer hombre en esta parábola, entonces se
nos hace muy fácil sentirnos superiores espiritualmente,
se nos hace muy fácil menospreciar a las personas. Demás
ésta decir que ésta actitud no nos acerca a Dios, todo
lo contrario es verdad. Ésta actitud nos conduce
directamente al infierno. Pero no quiero concentrarme
solamente en el primer hombre, en el hombre bueno de
esta historia, miremos ahora al pecador. Miremos ahora
al malo de esta historia.
Les digo que éste era el malo aquí porque estoy seguro
que nadie había hecho más mal a las personas que éste
hombre aquí. Cuando les digo que éste era el malo, no
les estoy diciendo nada que el mismo no haya dicho.
Miremos bien de cerca estos versículos, él confeso de
inmediato sin titubear, él dijo: "Dios, sé propicio a
mí, pecador." Aquí podemos ver un gran contraste
entre estos dos hombres. La Palabra de Dios nos dice que
"estando lejos," en otras palabras él estaba
avergonzado y apenado por sus pecados, él se sentía
sucio. Él sentía que no era digno de pararse ante Dios,
él ni siquiera levanto la vista al cielo. Pero si
levanto algo aun mucho mejor que la vista, él levanto su
corazón. Él era un pecador terrible y lo sabía. Él sabía
que no era digno del perdón de Dios. ¿Qué tan malo era
éste hombre? Él se consideraba cómo el peor pecador.
Digo esto porque cuando éste hombre se refiere a él
diciendo "a mí, pecador," éstas palabras vienen
de la palabra Griega "hamartolos" que significan
"dedicado a pecar." En otras palabras vemos que él no se
sentía como un simple pecador sino que se veía como la
persona que más había insultado y avergonzado a Dios, él
se veía como el menos merecedor de todos los hombres.
Con ésta declaración él estaba reconociendo que no
existía nada bueno en él, nada que lo encomendaría a
Dios, nada que lo haría ser aceptado por Dios. Es por
eso que vemos que el pidió misericordia. Él merecía la
ira y juicio de Dios, pero él le pidió misericordia. Él
sabía que de la única manera que él podría ser aceptado
por Dios era de que Dios tuviera misericordia de él, de
que Dios le perdonara sus pecados. Dios solamente era su
esperanza, y misericordia solamente fue lo que él pedía.
¿Cuál fue el resultado?
El Publicano obtuvo la salvación por la oración que él
hizo. El oro diciendo "Dios, sé propicio a mí,
pecador." Éste hombre quien le había hecho la vida
imposible a otros, éste ladrón, éste tramposo, éste
hombre verdaderamente malo vino a Dios y le pidió
misericordia. El hombre malo, el pecador cobrador de
impuestos se fue a su casa justificado. Pero, ¿qué paso
con el otro? Ese otro se fue a su casa todavía un
pecador. El malo se fue a su casa justificado. El malo
se fue a su casa completamente perdonado. Pero el
fariseo se fue a su casa todavía perdido. ¿Como puedo
estar seguro de esto que les digo? Estoy seguro que
muchos no se dieron cuenta que Jesús mismo nos lo dijo,
pero lo podemos encontrar en el versículo 11. Jesús nos
dice "El fariseo, puesto en pie, oraba consigo
mismo...," ¿lo pueden ver ahora? Él si oro, pero él
no oro a Dios, él oro "consigo mismo." El fariseo
estaba completamente convencido de que él era merecedor
de la misericordia de Dios, y por eso mismo no la
recibió. No la recibió porque él estaba convencido,
pero nunca había recibido convicción. Sin embargo, el
cobrador de impuestos reconoció que él no era merecedor;
el publicano sabía que era un pecador, él estaba
convencido de todo esto, y fue porque tuvo convicción,
lo que le condujo a recibir el perdón de Dios. Hermanos
la misericordia de Dios llega a las personas que menos
se la merecen, pero no llega a aquellos que se piensan
merecedores.
Para concluir.
Esta parábola es para revelarnos que Dios ve con qué
disposición e intención nosotros llegamos a Él en
oración. Lo que dijo el fariseo nos demuestras que él
confiaba a si mismo que era justo. Debido a su posición
social podemos asumir que él no cometía pecados grandes
y escandalosos. Todo esto esta muy bien y digno de
admirar, pero el fariseo no fue aceptado por Dios. ¿Por
qué no? Porque él subió al templo a orar, pero estaba
lleno de si mismo y no de Dios. Tengamos mucho cuidado
de no presentar nuestras oraciones vanagloriosas al
Señor, y que despreciemos a otros. La oración de éste
hombre pecador fue corta, pero directa y al punto. La
oración del publicano estaba completamente llena de
humildad, de arrepentimiento por sus pecados, y de un
deseo genuino de alcanzar a Dios. Él reconoció que era
un pecador por su naturaleza y sus prácticas; él
reconoció que era culpable en todo sentido delante de
Dios. Él no dependía de nada más que de la misericordia
de Dios. Hermanos, todos tenemos mucho que aprender de
esta parábola aquí. Tenemos que aprender que la gloria
de Dios resiste al orgulloso, pero derrama misericordia
sobre el humilde. La justificación es de Dios a través
de Cristo, así que los que reconocen sus pecados y no
los que se justifican a si mismo serán justificados y
perdonados ante Dios.
© Copyright José R. Hernández