Creer en Dios es absurdo

Mensajes Cristianos Predica de Hoy: Creer en Dios es absurdo

Mensajes Cristianos: Creer en Dios

© José R. Hernández, Pastor
El Nuevo Pacto, Hialeah, FL. (1999-2019)

Mensajes Cristianos

Introducción

En el Evangelio de Juan, leemos: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Ya en los Hechos de los Apóstoles, leemos: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” (Hechos 16:31).

Y en la epístola a los hebreos, leemos: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6).

La necesidad de tener fe, y de creer

Hoy, vamos a explorar el sentido de esta creencia. Pero, para esto, tenemos que asumir de antemano una verdad incontestable: ¡Creer en Dios es un absurdo!

¿Qué es creer en Dios? (Hebreos 11:6)

¿Qué es aquello en lo que uno cree? Seguramente, no es algo que se puede conocer de forma sencilla. Sin embargo, si fuera algo que uno puede simplemente conocer, la creencia no sería necesaria.

Conocemos los objetos alrededor con nuestros sentidos.

Vemos una sartén con papas fritas en el fuego, por ejemplo, y sabemos que ella está allí delante de nosotros, bajo nuestra vista. Si dudamos de nuestros ojos, oímos el ruido del freír de las papas y sabemos que ellas están allí, dentro del alcance de nuestros oídos.

Cuando dudamos de nuestra escucha, sentimos el olor de la comida y sabemos que ella está allí, bajo nuestra nariz. Si dudamos de nuestro oler, tocamos en la sartén o en las papas (¡cuidado!, solo tocamos en las papas mientras estén en buena temperatura) y sabemos que ellas están allí, dentro del alcance de nuestras manos y nuestros dedos. Si dudamos de nuestro tacto, probamos las papas (otra vez, ¡solo en buena temperatura!) y sabemos que ellas están allí, dentro de nuestra boca.

Si aún dudamos de todo esto que nuestros sentidos nos ofrecen, cuando estamos ya saciados y sin hambre, después de comer, no tenemos más dudas todavía. Estamos vivos porque comemos y comemos porque hay comida.

Además, conocemos los objetos abstractos con nuestra inteligencia.

Sabemos que dos más dos es igual a cuatro, no importa la circunstancia. Si dudamos de esto, tomamos dos papas de un lado y otras dos papas del otro lado y vemos cuantas papas hay en el total. Y si dudamos que las papas están allí, retrocedemos hasta los que decimos arriba.

¿Por qué creer en Él?

Con nuestros sentidos, no podemos conocer a Dios. Al Señor, no le miramos con nuestros ojos, ni escuchamos su voz, ni tampoco le tocamos con nuestras manos. También no podemos deducir Dios de una operación matemática, mucho menos de un golpe de pensamiento. Ahora bien, ¿por qué no?

La naturaleza de Dios

En el Éxodo, leemos: “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.” (Éxodo 3:13-14). ¿Qué significa esto?

Decir “yo soy el que soy” es lo mismo que decir “yo soy yo”, o aún, “papas son papas”, “amarillo es amarillo”, y así por delante. Esto es lo que llamamos en lingüística de pleonasmo, o en lógica de tautología. Tratase de casos donde el predicado dice la misma cosa que el sujeto. O en términos más simples: es una repetición.

Yo y yo, papas y papas, amarillos y amarillos son la misma cosa. Hay solamente una palabra en estas sentencias que difiere, a saber: ser. Este verbo, cuyas formas se manifiestan conjugadas como “soy”, “son”, “es”, entre otras, es todavía algo difícil de definir.

Cuando preguntamos ¿qué es el ser?, e intentamos responder diciendo “ser es (cualquier cosa que pensemos)”, caemos en una trampa. La trampa consiste en el hecho de que cuando decimos que “ser es (algo)” estamos utilizando la palabra a ser definida en su definición, sin antes esclarecer su sentido. Esto ocurre porque “ser” es el verbo más oscuro y enigmático de todos los verbos.

Dios existe – Ser es un verbo invisible

Todos comprendemos sin mayores problemas cuando alguien dice que “una cosa es esto o aquello”, pero nadie puede explicar que quiere decir el “es” de la sentencia. Ser es también un verbo inmortal. El se encaja en el pasado, en el presente y en el futuro. Algo puede haber sido, ser, o quizás aún será. El tiempo no logra matar el poder del verbo.

Pues bien, en el Evangelio de Juan, aprendimos que: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1). ¿Qué verbo es este?

La respuesta, encontramos en la primera carta de Pablo al evangelista Timoteo: “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Timoteo 1:17)

Con esto, concluimos: Dios es el Verbo; Dios es inmortal e invisible; ser es un verbo inmortal e invisible; luego, Dios es ser. Esto también quiere decir: Dios es Dios, Él es lo que es, o aún, en sus propias palabras reveladas por el profeta, “Yo soy el que soy”.

¿Como creer en Dios?

Si comprendemos lo que alguien dice cuando afirma que algo es, pero no podemos explicar que es el “es” de lo que se dijo, ¿qué pasa con este es? ¿Cómo logramos utilizar algo que no podemos ni explicar, ni incluso comprender por si solo?

Esto se pasa porque, con el ser, no tratamos de utilizar el conocimiento, pero la fe. Creemos en el ser y esto — y esto ya basta. Así como el verbo ser, Dios, o el Verbo divino, solo puede ser una materia de creencia.

El salto del conocimiento para la creencia ocurre cuando el conocimiento no es más suficiente. Sabemos que el conocimiento es suficiente para muchas cosas, pero no para las que son inmortales o invisibles.

Intentar conocer algo inmortal o invisible es como intentar contar hasta el infinito, es imposible. Aun así, por más absurdo que sea, tenemos en nuestras mentes el concepto de infinito, aunque no lo conocemos. No lo conocemos, pero creemos en él. Y creemos justamente porque es un absurdo, de lo contrario, no creeríamos, pero conoceríamos.

Creemos en Dios porque es absurdo

Esta fue la conclusión que alcanzó el filósofo cristiano Tertuliano, que vivió entre el segundo y tercer siglo después de Cristo. Tertuliano fue el autor de las primeras ideas filosóficas del cristianismo y él se consagró justamente por formular esta sentencia: “credo quia absurdum” (creo porque es absurdo).

Conclusión

Cuando hablamos que Dios está en todas las cosas, no pensamos mucho sobre esto. Ahora, después de nuestra reflexión, podemos tener un poco más claro el sentido verdadero de esta afirmación. Dios es Ser, es decir, todo que es, es Dios.

Pero, uno aún podría cuestionar: ¿Qué pasa entonces con las cosas que no son? ¿El no-ser, o la nada, no hace parte de Dios? Y si el no-ser o la nada, no hace parte de Dios, ¿cómo es posible que Dios sea todo? ¿Dios es todo, excepto nada?

Estas son indagaciones muy válidas y para ellas, solo encontramos una respuesta si abrimos la Biblia. Ya en la primera frase de la Biblia, leemos: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” (Génesis 1:1)

Todavía, ¿qué hacía Dios, antes de crear el cielo y la tierra? No hacía nada, por supuesto. Sin embargo, esta es la nada de Dios. ¿Suena absurdo? De hecho, ¡es totalmente absurdo! Y por este justo motivo, ¡creemos! ¡Creer en Dios es un absurdo!

© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.

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