En el día de hoy deseo iniciar con un chiste. Hace un tiempo atrás escuche un chiste acerca de un matrimonio, que encontré muy gracioso. Resulta ser que el esposo estaba preguntándole a su esposa lo que a ella le gustaría que él le regalase por su cumpleaños, a lo que ella rápidamente le respondió que quería que él le comprara un Jaguar.

Él le respondió y le dijo que no pensaba que ese tipo de regalo era una buena idea. Pero ella le insistió diciéndole que todas sus amigas habían recibido uno de sus esposos y que ella también quería uno. Nuevamente él le dijo que él no pensaba que esto era una buena idea. Pero ella le insistió, y le insistió. Ella le insistió tanto, que finalmente él le compro el Jaguar, y a las dos semanas el Jaguar se la comió. ¿Qué cómico, verdad?

Pero este chiste nos sirve como una buena ilustración del tema que estaremos explorando en el día de hoy. La realidad de todo es que en muchas ocasiones nosotros le pedimos al Padre con mucha insistencia.

Insistimos e insistimos, sin detenernos para tomar en cuenta y examinar las consecuencias de nuestra insistencia; más importante de todo, se nos olvida insistir en lo que siempre debemos insistir, esto es que sea la voluntad de Dios para con nosotros.

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Es por eso que en el día de hoy deseo que examinemos unos detalles históricos que nos revelaran lo que nos puede influenciar a insistir en cosas que no están en la voluntad de Dios, y las consecuencias que estas cosas pueden producir en nuestra vida. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Números 11:4-9Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: !!Quién nos diera a comer carne! 5Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; 6y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos. 7Y era el maná como semilla de culantro, y su color como color de bedelio. 8El pueblo se esparcía y lo recogía, y lo molía en molinos o lo majaba en morteros, y lo cocía en caldera o hacía de él tortas; su sabor era como sabor de aceite nuevo. 9Y cuando descendía el rocío sobre el campamento de noche, el maná descendía sobre él.

Para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia. En éste punto de la historia Dios había liberado al pueblo de Israel de la esclavitud.  Esto es algo fácilmente encontrado en Éxodo 12:30-31 cuando leemos: “Y se levantó aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios; y hubo un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese un muerto. 31E hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche, y les dijo: Salid de en medio de mi pueblo vosotros y los hijos de Israel, e id, servid a Jehová, como habéis dicho.” Pero la libertad que ellos habían obtenido NO había sido algo fácilmente lograda. Moisés no llego ante el faraón y él les soltó. El faraón tuvo que aprender unas lecciones muy difíciles antes de soltar a ese pueblo que él mantenía esclavo.

Cuando hacemos un repaso de los acontecimientos que nos conducen al punto en la historia que estamos explorando en el día de hoy, encontramos que éste pueblo alcanzó ver señales extremadamente poderosas, y la más poderosa de todas fue ver la presencia de Dios que les guiaba y protegía. Esto es algo fácilmente encontrado en Éxodo 13:21-22 cuando leemos: “Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche. 22Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego.” ¿Por qué es necesario estar consientes de estos detalles?

La razón por la que debemos tener conocimiento de estos breves detalles históricos es porque en ellos encontramos dos cosas muy importantes.

Número uno; nos dejan saber que éste pueblo tenía un conocimiento absoluto del poder, majestad, y soberanía de Dios.

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Número dos; nos deja saber que aun teniendo un conocimiento absoluto de Dios, si no mantenemos nuestra mirada fijada en Él, el enemigo puede infiltrarse en nuestra vida nuevamente para destruir lo que Dios nos ha entregado. Así que manteniendo estos breves detalles históricos en mente continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

En el primer versículo que estamos estudiando en el día de hoy leemos: “…Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: !!Quién nos diera a comer carne!” Lo primero que debemos preguntarnos ahora es: ¿qué nos revela este versículo?

Lo primero que este versículo nos revela es que la influencia que el mundo ejerce, ilustrado aquí como: “la gente extranjera”, en ocasiones puede afectar al más fiel de los creyentes, ilustrado aquí como: “los hijos de Israel.” Y esta influencia en toda ocasión causa que nos desviemos de la perfecta y divina voluntad de Dios.

Es por eso que siempre debemos tener mucho cuidado con quién nos reunimos y compartimos, no sea que sin darnos cuenta nos desviemos de la voluntad de Dios.

Lo segundo que este versículo nos revela es que la mala influencia nos conduce a la insatisfacción. Esto es algo que está completamente obvio aquí cuando el pueblo de Dios clamo diciendo: “!!Quién nos diera a comer carne!”  Dile a la persona que tienes a tu lado: el pueblo de Dios no estaba satisfecho.

Ahora debemos preguntarnos: ¿qué causa la insatisfacción? Lo que causa la insatisfacción es cuando enfocamos nuestra atención en lo que NO tenemos, en vez de en lo que tenemos. En este caso, el pueblo de Israel pareció NO darse cuenta de lo que Dios había hecho, y estaba haciendo por ellos. Dios les había liberado; había hecho de ellos una nación, y ahora les conducía hacia la tierra prometida.

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Pero ellos estaban más envueltos en lo que ellos estaban experimentando en ese momento que en lo que Dios había hecho y estaba haciendo por ellos. En otras palabras, no se daban cuenta de todas las bendiciones que Dios les había proporcionado.

Con sus acciones y palabras, lo que ellos estaban haciendo es menospreciando o no valorando las bendiciones de Dios, y es por eso que su atención se enfoco en las comidas que habían dejado atrás.

La realidad es que yo no sé cómo, pero de alguna manera ellos se olvidaron del doloroso látigo del Faraón, de la labor forzada, y de todos los mal tratos que habían recibido como esclavos. No solamente se les olvido todos los problemas y necesidades que pasaron cuando eran esclavos, pero ahora se atrevían a demandarle a Dios.

Nosotros tenemos mucho que aprender de estos acontecimientos. Digo esto porque en ocasiones el pueblo de Dios hoy, hace lo mismo que hizo el pueblo de Dios de ese entonces. En otras palabras, permitimos ser influenciados por aquellos que nos rodean, algo que en la mayoría de las ocasiones nos conduce a concentrarnos en lo que hemos dejado atrás cuando decidimos seguir a Dios.