Si se acuerdan, la semana pasada exploramos lo que aconteció con el pueblo de Dios cuando ellos llegaron al Jordán por segunda vez, es decir, exploramos una pequeña porción de la vida de Josué quien fue uno de los dos hombres que recibió la promesa de Dios.

La semana pasada vimos como la fe y la completa confianza en la Palabra de Dios de Josué fue lo que le fortaleció para que él pudiera continuar en su camino a la Tierra Prometida.  Pero ahora debemos preguntarnos, ¿qué sucedió con Caleb?

Debemos hacernos esta pregunta porque como les explique la semana pasada, Caleb fue el segundo hombre que también alcanzo entrar en la promesa de Dios, es decir, la Tierra Prometida. Como pudimos apreciar la semana pasada, Josué recibió de inmediato la promesa de Dios; en otras palabras, él fue el sucesor de Moisés, y fue quien guío al pueblo a la Tierra Prometida y a las victorias que podemos fácilmente encontrar en los acontecimientos históricos en la Biblia.

Pero ahora debemos preguntarnos, ¿había recibido Caleb también una promesa de Dios? Y quizás más importante aún, ¿recibió Caleb lo que Dios le había prometido?

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La respuesta a ambas preguntas es ¡SI! Dios recompenso la fe de Caleb, pero no fue de la misma manera que lo hizo con Josué. Es por esta razón que hoy deseo que exploremos la fe de Caleb; en otras palabras, la fe que Dios recompensa. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Texto Bíblico: Josué 14:6-14

Para lograr un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy debemos hacer un breve repaso de historia. En este punto de la historia Josué había guiado al pueblo de Dios a varias victorias. La primera victoria es quizás la más reconocida por el pueblo de Dios de hoy; estamos hablando de la victoria que ellos obtuvieron en Jericó.

Esta victoria queda bien resumida en Josué 6:20 cuando leemos: “…Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó. El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron…”

La segunda victoria fue cuando el pueblo conquisto la tierra de Hai, y es algo que queda bien resumido en Josué 8:24 cuando leemos: “…Y cuando los israelitas acabaron de matar a todos los moradores de Hai en el campo y en el desierto a donde los habían perseguido, y todos habían caído a filo de espada hasta ser consumidos, todos los israelitas volvieron a Hai, y también la hirieron a filo de espada….” Pero no se termino con esto. Josué tuvo que continuar luchando, y derrotó un total de 31 reyes; esto es algo que pueden encontrar en su biblia en Josué 12:7-24; pero debido a que el tiempo que compartimos es limitado, no se los leeré.

Pero aun después de todo esto todavía quedaba tierra por conquistar. Esto es algo que queda bien resumido en Josué 13:1 cuando leemos: “…Siendo Josué ya viejo, entrado en años, Jehová le dijo: Tú eres ya viejo, de edad avanzada, y queda aún mucha tierra por poseer….”  Y es aquí donde comienza nuestra lección de hoy. ¿Por qué he querido que notemos estos detalles?

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La razón por la que he querido que estemos conscientes de estos detalles es porque en ellos encontramos que Dios nos entrega la victoria sobre toda situación; pero, estos detalles también sirven para enseñarnos que nuestra batalla nunca se acaba.

Nuestra batalla en contra de los poderes de las tinieblas es constante, y en ocasiones bien difícil. Digo esto porque después de todo, la conquista de Jericó no fue nada fácil, las paredes de Jericó cayeron, pero ellos tuvieron que pelear.

Conquistar Hai no fue nada fácil, después de todo, ellos tuvieron que pelear en contra del ejército en el desierto, y luego derrotar la ciudad.  Así que podemos decir confiadamente que pelear y derrotar treinta y un reyes no fue nada fácil. Manteniendo estos breves detalles en mente, continuemos ahora con nuestro estudio.

Lo primero que encontramos en los versículos que estamos estudiando en el día de hoy es: “…Y los hijos de Judá vinieron a Josué en Gilgal; y Caleb, hijo de Jefone cenezeo, le dijo: Tú sabes lo que Jehová dijo a Moisés, varón de Dios, en Cades-barnea, tocante a mí y a ti. Yo era de edad de cuarenta años cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón. Y mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios. Entonces Moisés juró diciendo: Ciertamente la tierra que holló tu pie será para ti, y para tus hijos en herencia perpetua, por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová mi Dios…”

¿Qué nos revelan estos versículos? Lo que estos versículos nos revelan es la confesión y convicción de la fe de Caleb. Desdichadamente esto es algo que muchos en el pueblo de Dios de hoy carecen. Con esto no estoy diciendo que el pueblo de Dios de hoy NO confiesa su fe, es decir, NO estoy diciendo que NO confesamos que Jesucristo es nuestro Rey y Salvador. Todos aquí decimos esto sin titubear, pero la realidad es que decir o confesar que Jesucristo es nuestro Rey y Salvador no es suficiente. El primer paso es confesar nuestra fe, pero la confesión no es suficiente si no existe la convicción. ¿Qué les quiero decir con esto?

Para contestar esa pregunta debemos analizar lo que Caleb le estaba pidiendo a Josué. ¿Qué le pidió Caleb a Josué? En los versículos que estamos estudiando en el de de hoy leemos: “…Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho…”

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Para que podamos tener un mejor entendimiento del significado de esta petición debemos detenernos aquí por un breve momento, y examinar la definición de dos palabras: “anaceos” y “quizá”. La palabra “anaceos” es una traducción de la palabra hebrea “Anaqiy” (pronunciada: anaquí), y su definición es: “tribu de gigantes, descendientes de Anac que habitaban en el sur de Canaán.[1]

La palabra “quizá” es una traducción de la palabra hebrea “’uwlay” (pronunciada: “ulai”), y parte de su definición es: “supuesto”[1].  Así que cuando empleamos estas dos definiciones podemos decir confiadamente que lo que Caleb le dijo a Josué fue que le entregara la montaña que Dios le había prometido, a pesar de lo difícil que su conquista pudiera aparentar, supuesto que Dios estaba con él. Esta es la fe que Dios recompensa; Dios recompensa una fe inmovible. Dile a la persona que tienes a tu lado: Dios recompensa una fe inmovible. Preguntémonos ahora: ¿tenemos nosotros este tipo de fe?

Caleb se enfrentaría en contra de una región habitada por gigantes con ciudades fortificadas; es decir, a un ejército de hombres mucho más fuertes que ellos. Ahora debemos nosotros preguntarnos: ¿estamos nosotros dispuestos a hacer lo mismo? Claro está en que no les estoy hablando de alzarnos en armas en contra de ningún pueblo o nación, pero si existe un gran territorio que nosotros tenemos que conquistar, y si existen numerosos gigantes que tenemos que batallar y derrotar.

¿Qué territorio tenemos nosotros que conquistar?

Nosotros tenemos que conquistar al mundo; tenemos que conquistar esas personas que aun no conocen a nuestro Rey y Salvador; tenemos que conquistar a todas esas personas que se han apartado de Dios debido a las falsas doctrinas y corrupción de la iglesia; tenemos que conquistar a todas esas personas que han permitido que el diablo le susurre al oído y les convenza de que pueden continuar en una vida de pecado, y que Dios siempre les recibirá; esto es religión. Y quizás más importante aún, tenemos que conquistar nuestras propias deficiencias. Pero déjenme decirles que estos territorios no serán fáciles de conquistar; no serán fáciles de conquistar porque en ellos habitan gigantes que parecen insuperables.