Una gran realidad es que como seres humanos al fin, todos nosotros tenemos luchas internas, y estas luchas internas, con frecuencia causan que nos apartemos de la voluntad de Dios.  Digo esto porque todos nosotros peleamos continuamente con nuestras emociones, sentimientos, impulsos, deseos, y ambiciones.

Con esto no estoy diciendo que todos estos sentimientos o deseos son malos, pero si existen muchos de ellos que son inspirados, o maquinados por el mal.  Y es por esa razón que con frecuencia muchos de nosotros nos encontramos peleando en contra de lo que bien sabemos que desagrada a Dios, y que en ocasiones nos sorprendemos a nosotros mismos de haber hecho.  Ahora preguntémonos: ¿existe una razón por la que queriendo hacer lo bueno en ocasiones no lo hagamos?

La realidad de todo es que no existe solo una razón, sino que existe un sin número de razones por la que en ocasiones queriendo hacer lo bueno no lo hacemos; en otras palabras le faltamos a Dios.

Por ejemplo, existen las presiones sociales; es decir la presión que ejercen nuestras amistades y compañeros de trabajo en nuestra vida.  Existen las presiones familiares; es decir la presión que ejercen nuestros seres queridos, hijos, hijas, esposos, esposas y demás.

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Existen las presiones de la vida en sí; es decir las presiones que ciertas circunstancias y situaciones producen en nuestra vida cuando surgen. En otras palabras, todos somos afectados de una manera u otra por la presión que este mundo ejerce en nuestra vida.

Pero ha pesar de que no todo lo que nos influye es inspirado o maquinado por el mal, con frecuencia si somos afectados por el mal debido a una razón principal.  ¿Qué es la razón principal?  Este será nuestro tema en el día de hoy; pasemos ahora a la palabra de Dios.

Deuteronomio 8:11-20Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; 12 no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, 13 y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; 14 y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; 15 que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de la roca del pedernal; 16 que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien; 17 y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. 18 Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día. 19 Mas si llegares a olvidarte de Jehová tu Dios y anduvieres en pos de dioses ajenos, y les sirvieres y a ellos te inclinares, yo lo afirmo hoy contra vosotros, que de cierto pereceréis. 20 Como las naciones que Jehová destruirá delante de vosotros, así pereceréis, por cuanto no habréis atendido a la voz de Jehová vuestro Dios.

Como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia.  Estos versículos forman parte de uno de los tres sermones que Moisés le presento al pueblo de Israel antes de que ellos cruzaran el Jordán para entrar en la Tierra Prometida.

Esto es algo que queda claramente expuesto en Deuteronomio 1:3 cuando leemos: “…Y aconteció que a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todas las cosas que Jehová le había mandado acerca de ellos…”  Así que aquí tenemos a Moisés hablándole al pueblo de Israel; ellos estaban a punto de entrar en la Tierra Prometida, y su jornada solo les había tomado cuarenta años.

¿Se pueden imaginar lo que sería vagar por un desierto por cuarenta años? Dile a la persona que tienes a tu lado: les tomo cuarenta años.  Estamos hablando de una jornada de aproximadamente unas 200 millas de distancia, pero a ellos les tomo cuarenta años. ¿Por qué suponen que sucedió esto?

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En realidad existen dos razones; la primera razón es que Dios sabía que ellos no estaban lo suficientemente preparados para combatir las oposiciones, y es por eso que Él no les guío por el camino más recto que existía.  Esto es algo que queda bien claro en la traducción de la Nueva Versión Internacional de la Biblia en  Éxodo 13:17 cuando leemos: “…Cuando el faraón dejó salir a los israelitas, Dios no los llevó por el camino que atraviesa la tierra de los filisteos, que era el más corto, pues pensó: «Si se les presentara batalla, podrían cambiar de idea y regresar a Egipto…»

Ahora debemos preguntarnos: ¿por qué pensó Dios de esta manera?  Dios pensó de esta manera porque Dios quería solo lo bueno para Su pueblo; Él pensó de esta manera porque Él les estaba protegiendo del mal o las malas situaciones que Él sabía que ellos confrontarían.  Dios sabía que los filisteos eran una fuerza poderosa, y que verían al pueblo de Israel no como una nación, sino como esclavos escapados, y les atacarían.

Así que la primera razón por la que Dios no guío al pueblo de Israel por el camino más recto, y más corto, fue porque Él sabía que ellos no estaban preparados físicamente y espiritualmente para enfrentar la batalla.  Pero en la segunda razón es donde comienza nuestra lección para el día de hoy.

¿Cuál fue la segunda razón por la que a ellos les tomo cuarenta años entrar a la Tierra Prometida?  La respuesta es fácil; en el camino, el pueblo que Dios libero, el pueblo que Dios amo, el pueblo que debería estar continuamente dándole gracias a Dios escogió olvidarse de todo lo que Dios había hecho por ellos.

En el camino, el pueblo que Dios escucho [1], libero, guío, y amo, se reveló  en contra Dios [2] y escogió olvidar las señales que Dios había hecho para liberarles de la esclavitud.  Es por esta razón que en los versículos que estamos estudiando en el día de hoy encontramos que Moisés les advierte: “…Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy…”  ¿Por qué le dijo Moisés esto al pueblo?

Moisés les dijo esto porque la gran realidad es que excepto dos hombres, la mayoría de ellos no se acordaban de las señales (la plagas de Egipto, columna de nube y columna de fuego, cruzar el Mar Rojo, las leyes entregadas por Dios en el Monte de Sinaí), que Dios les había dado porque o eran muy jóvenes cuando sucedieron; o, no las habían presenciado porque no habían nacido aun [3].  Entonces, Moisés no quería que según ellos se acomodaran y empezaran a disfrutar de las bendiciones que Dios les entregaría, que ellos no olvidaran la razón por la cual ellos estaban ahí.

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Moisés no quería que ellos se olvidaran de mantener las leyes de Dios; él no quería que ellos se olvidaran que solo por obra y gracia de Dios ellos habían llegado para tomar posesión de la Tierra Prometida. La realidad es que las palabras de Moisés en estos versículos nos hablan a nosotros hoy con el mismo metal que le hablaron al pueblo de Israel en ese entonces.

Digo esto porque la gran realidad es que la mayoría de nosotros no somos muy diferentes al pueblo de Israel de ese entonces.  Todos los que estamos aquí sentados, en un punto o otro en nuestra vida estuvimos perdidos en el desierto.

Estoy seguro que todos podemos recordarnos de estar en búsqueda de algo, completamente perdidos sin rumbo o propósito, sedientos de algo, pero no sabíamos de qué. Tratamos todas las soluciones a nuestro alcance tratando salir de ese sufrimiento, pero en si nada funciono. Vagábamos sin rumbo o dirección por ese desierto árido y desconsolante cargados de problemas, preocupaciones, y sufrimientos.  Pero todo esto fue hasta el día cuando finalmente nos rendimos a la voluntad de Dios, y aceptamos a Jesús como nuestro Rey y Salvador personal.