Resulta ser que un pastor le vendió su caballo a un amigo, y le dijo que el caballo estaba muy bien entrenado.  El pastor le dijo que él había entrenado al caballo a que corriera cuando escuchara: “gloria a Dios”, y a que se detuviera cuando escuchara: “amen”.

El hombre entonces se monto en el caballo y dijo: “gloria a Dios”, al oír esto el caballo comenzó a correr como un cohete.  Al ver lo rápido que corría el caballo, este hombre se asusto.  El susto fue tan grande, que se le olvido lo que el pastor le había dicho, y gritaba a toda voz: ¡Wo… Wo… Wo..! Pero mientras más gritaba, más corría el caballo.

El problema que existía es que el caballo iba corriendo directo hacia un precipicio, y el hombre no podía hacer para que volteara.  Estando casi ya al borde del precipicio, se acordó de las instrucciones del pastor y grito a toda voz: ¡amén! Y el caballo inmediatamente paro a solo unas pulgadas del borde de la colina.  El hombre se inclino un poco y miro hacia abajo para ver el abismo del que se había salvado, limpio el sudor de su frente, y aliviado dijo: ¡gloria a Dios! ¿Qué cómico verdad?

Ahora, aunque lo que les acabo de contar es algo cómico y un poco absurdo, creo sirve muy bien para ilustrar la actitud de un buen número de personas dentro de la iglesia de hoy.  Digo esto porque a pesar de que todos nosotros hemos escuchado la voz de Dios, (a través de las predicaciones y lecturas bíblicas), dándonos instrucciones especificas, en determinados momentos a muchos de nosotros nos pasa igual que al hombre del caballo.  En otras palabras, al surgir las situaciones y circunstancias de esta vida, nos atemorizamos y nos olvidamos de lo que hemos aprendido y escuchado.

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Es por eso que hoy deseo que analicemos un ejemplo de cómo debemos reaccionar, al ser confrontados con situaciones difíciles.  Hoy vamos a explorar dos armas que están a nuestro alcance, las cuales nos ayudaran a vencer; estas armas son la oración y las alabanzas.

Hoy estaremos explorando 2 de Crónicas 20:1-14; debido a que la lectura de los acontecimientos históricos que estaremos estudiando en el día de hoy son bastante extensos, y el tiempo que compartimos aquí juntos es poco, no les leeré todos los versículos, sino que les leeré los versículos que mejor sirven para ilustrar los puntos principales del estudio de hoy.

2 Crónicas 20:1-2Pasadas estas cosas, aconteció que los hijos de Moab y de Amón, y con ellos otros de los amonitas, vinieron contra Josafat a la guerra. 2 Y acudieron algunos y dieron aviso a Josafat, diciendo: Contra ti viene una gran multitud del otro lado del mar, y de Siria; y he aquí están en Hazezon-tamar, que es En-gadi.

Lo primero que podemos apreciar en estos dos versículos es que Josafat estaba confrontando una situación bien difícil; su reino estaba a punto de ser invadido.  Esta invasión fue algo que tomo a Josafat completamente por sorpresa, ya que en tiempos atrás las naciones a su alrededor le temían, y nunca hubiesen intentado hacer esto [1].

En realidad lo que le paso al rey Josafat en ese entonces, no es muy diferente a lo que nos sucede a muchos hoy en día.  Digo esto porque muchos de nosotros nos hemos acomodados tanto en las bendiciones y la paz que Dios nos ha entregado, que cuando somos atacados el ataque nos toma por sorpresa o desprevenido.

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Esto en casi toda ocasión nos conduce a que no reaccionemos de la manera que debemos reaccionar, sino que tratamos de buscarle la solución a nuestras necesidades o dificultades a través de nuestra fuerza de voluntad o determinación.  Pero este no fue el caso de Josafat, y aquí es donde comienza nuestra lección para el día de hoy.  ¿Cómo reacciono el rey Josafat, y cómo debemos reaccionar nosotros al encontrarnos en situaciones difíciles o peligrosas?

La respuesta a nuestra pregunta la encontramos en 2 Crónicas 20:3-4 cuando leemos: “…Entonces él tuvo temor; y Josafat humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá. 4 Y se reunieron los de Judá para pedir socorro a Jehová; y también de todas las ciudades de Judá vinieron a pedir ayuda a Jehová…”.  Quiero que notemos muy bien que la preocupación principal Josafat no fue la de preparar a su ejército.  Aquí NO encontramos que él salió a reunirse con sus generales y capitanes.

Aquí no encontramos que Josafat fue a revisar sus tropas, sino que encontramos que lo primero que hizo Josafat fue: “…consultar a Jehová…“.  Dile a la persona que tienes a tu lado: ¡Josafat oro! Lo primero que Josafat hizo fue orar y pedir el favor de Dios.  Esto es algo que muchos de nosotros dejamos de hacer, y luego nos quejamos de que Dios no nos escucha.

Digo esto porque la gran mayoría de los creyentes al verse confrontado por situaciones difíciles, ya sean en el trabajo, o en el hogar, en vez de primeramente acudir a Dios en oración, lo primero que hacen es tratar de resolver y combatir las cosas por su propia fuerza.

Pero este no fue el caso con el rey Josafat.  Él no trato de preparar a su ejército para montar una defensa, Josafat no reunió a sus generales para planear un ataque, él acudió a Dios.  Dile a la persona que tienes a tu lado: acude a Dios.

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La Palabra nos dice que Josafat: “…hizo pregonar ayuno a todo Judá…”. En otras palabras, él convoco a todas las ciudades en su reino, para que se uniesen en oración.  Él señalo un día de ayuno y oración, a fin de unidos pedir: “…socorro a Jehová…”.  Detengámonos aquí por un breve momento y reflexionemos.  ¿Qué significado tuvo la oración de Josafat? [2]

La realidad es que la oración de Josafat no fue una oración apresurada o quejándose (como muchos tendemos hacer), sino que fue una oración que reconoció el dominio soberano de la divina providencia, y le daba a Dios toda la gloria.  La oración de Josafat  fue una oración que demostraba una dependencia total en Dios, Su poder, y Su gloria.

Esto es algo que queda bien resumido cuando él dijo: “..¡Oh Dios nuestro! ¿no los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos…”.

Aunque Josafat disponía de un gran ejército [3], (1.6 millones de soldados), él NO acudió a su poderío militar, sino que acudió al poder celestial. Ahora debemos preguntarnos: ¿qué le demostramos nosotros a Dios cuando oramos?  La oración del creyente fiel le demuestra a Dios nuestra absoluta confianza en Él cuando nos humillamos y le pedimos que nos guíe diciendo: Padre te necesito, no lo puedo hacer solo.

La gran realidad es que NO existe substituto alguno para la oración, particularmente cuando nos encontramos en situaciones difíciles. El ayuno y oración es el arma principal que nosotros podemos usar para combatir los ataques del ejército de las tinieblas en nuestra vida.  Sé que con esto no les estoy diciendo nada nuevo, ya que esto es algo que lo he repetido en numerosas ocasiones, pero también sé que no es algo practicado por muchos cristianos con regularidad.

Reflexionemos en esto por un breve instante y preguntémonos: ¿cuándo fue la última vez que una familia se unió en ayuno y oración?  No es necesario que nadie me conteste esa pregunta, es solo un punto para reflexionar.  Y debemos reflexionar en esto detalladamente porque la gran realidad es que existen situaciones, o momentos difíciles, que no pueden ser vencidos sino con ayuno y oración.

Esto es algo que queda bien ilustrado en los detalles de cuando los discípulos no pudieron echar fuera el demonio que atormentaba a un muchacho, y ellos le preguntaron al Señor por qué había sucedido eso, y Él les contesto diciendo: “…Pero este género (tipo, clase, variedad), no sale sino con oración y ayuno…”  (Mateo 17:21).  ¿Por qué es tan importante el ayuno?

La razón por la que el ayuno es tan importante, es porque el ayuno es una demostración de humillación y arrepentimiento.  Esto es algo que queda bien reflejado cuando el Señor le entrego la victoria a Samuel sobre los filisteos en Mizpa, (debido al genuino arrepentimiento que ellos demostraron) [4].

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