Una gran realidad acerca del caminar cristiano es que cuando hacemos una decisión consciente de seguir a Jesús, y cuando le seguimos genuinamente, los problemas o situaciones difíciles en nuestra vida aparentan multiplicarse.

Es decir, es el momento cuando perdemos el trabajo, se nos muere el gato, se nos escapa el perro, y la mujer se enfada por cualquier cosa diminuta y deja de hablarnos. Esto por supuesto no es sin que antes de todo se nos queme el automóvil, y nos roben la bicicleta.

Sé que les he dicho cosas absurdas, pero desdichadamente son cosas que suceden a diario, y son cosas que si no estamos conscientes de su verdadero  origen, entonces pueden llegar a debilitar nuestra relación con Dios, e interrumpir las bendiciones en nuestra vida.

Así que debemos estar muy conscientes del hecho de que las malas situaciones o circunstancias que se presentan en nuestra vida, en casi toda ocasión, (digo que en casi toda ocasión porque el diablo no es completamente responsable de todo lo que nos sucede; tenemos que asumir responsabilidad por nuestras acciones), son un ataque bien planeado y coordinado por nuestro enemigo. También nunca podemos olvidarnos de que todo el que genuinamente sigue a Jesús se encuentra en una batalla constante. Es de esto mismo que deseo hablarles en el día de hoy.

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Hoy estaremos estudiando acerca de esa batalla constante que como cristianos tenemos que enfrentar. Debemos analizar este aspecto de nuestra vida cristiana porque como les he dicho en otras ocasiones, nosotros somos el ejército de Dios. Nosotros fuimos elegidos por Jesús para defender, y propagar el Reino de Dios aquí en la tierra.

Pero para lograr estos dos propósitos tan importantes, existe una cualidad que tenemos que poseer. Pasemos ahora a los versículos que estaremos estudiando en el día de hoy y descubramos la cualidad de que les hablo.

2 Samuel 23:8-12 – Estos son los nombres de los valientes que tuvo David: Joseb-basebet el tacmonita, principal de los capitanes; éste era Adino el eznita, que mató a ochocientos hombres en una ocasión. Después de éste, Eleazar hijo de Dodo, ahohíta, uno de los tres valientes que estaban con David cuando desafiaron a los filisteos que se habían reunido allí para la batalla, y se habían alejado los hombres de Israel. 10 Este se levantó e hirió a los filisteos hasta que su mano se cansó, y quedó pegada su mano a la espada. Aquel día Jehová dio una gran victoria, y se volvió el pueblo en pos de él tan sólo para recoger el botín. 11 Después de éste fue Sama hijo de Age, ararita. Los filisteos se habían reunido en Lehi, donde había un pequeño terreno lleno de lentejas, y el pueblo había huido delante de los filisteos. 12 El entonces se paró en medio de aquel terreno y lo defendió, y mató a los filisteos; y Jehová dio una gran victoria

Cuándo tomamos el tiempo de leer este capítulo en su totalidad, nos damos cuenta que aquí David estaba reflexionando en su pasado, y estaba analizando cómo Dios se había manifestado en su vida. En otras palabras él estaba recordando los momentos difíciles por los que había pasado, y a todos aquellos que le habían ayudado.

Pero aquí en esta pequeña porción del capítulo vemos que David menciona a tres personas especificas. Tres personas muy diferentes los unos de los otros, pero los tres tenían algo en común. ¿Qué tenían estos tres hombres en común? Lo que ellos tenían en común era que ellos servían fielmente a quien llamaban rey.

Como podemos apreciar, lo que David recordaba más de estos tres hombres fue la valentía y el poder militar que ellos demostraron. Fíjense bien como nos dice la Palabra aquí cuando leemos acerca de Joseb; la Palabra nos dice: “…Joseb-basebet el tacmonita, principal de los capitanes; éste era Adino el eznita, que mató a ochocientos hombres en una ocasión….” Mato a ochocientos hombres en una ocasión; sin duda alguna esto es una demostración de valentía, y de gran poder militar, ¿verdad? cuando leemos acerca de Eleazar; la Palabra nos dice: “…Eleazar hijo de Dodo, ahohíta, uno de los tres valientes que estaban con David cuando desafiaron a los filisteos que se habían reunido allí para la batalla, y se habían alejado los hombres de Israel. 10 Este se levantó e hirió a los filisteos hasta que su mano se cansó, y quedó pegada su mano a la espada. Aquel día Jehová dio una gran victoria, y se volvió el pueblo en pos de él tan sólo para recoger el botín…” ¿Se pueden imaginar esto?

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Este hombre peleó de tal manera que su mano se le quedo pegada a la espada.   Nuevamente aquí encontramos una demostración del poder militar, y de valentía. Pero no deseo concentrarme en estos dos hombres en el día de hoy, sino que deseo que nos concentremos en el tercero. Deseo que nos concentremos en lo que aconteció con Sama, porque en esta pequeña sección es donde está nuestra lección para el día a hoy.

Fíjense bien en lo que sucedió; la Palabra nos dice: “…Después de éste fue Sama hijo de Age, ararita. Los filisteos se habían reunido en Lehi, donde había un pequeño terreno lleno de lentejas, y el pueblo había huido delante de los filisteos. 12 El entonces se paró en medio de aquel terreno y lo defendió, y mató a los filisteos; y Jehová dio una gran victoria…”

Si leemos esto ligeramente, lo que sucedió en este instante nos puede lucir como una cosa un poco tonta, ¿verdad? Digo esto porque aquí encontramos que este hombre se enfrento para pelear en contra de un grupo de hombres, para proteger un terreno de lentejas. En otras palabras, por algo que en el gran esquema de la vida aparenta ser insignificante, ¿verdad? Pero el significado aquí es mucho más profundo que un simple terreno de lentejas.

Digo esto porque Sama no estaba peleando por un simple terreno de lentejas, él estaba peleando porque este terreno seguramente era el sustento de su familia. Quiero que también notemos algo que es de suma importancia, y esto es que la Palabra aquí nos dice que el terreno estaba: “…lleno de lentejas…”  ¿Por qué debemos notar este detalle?

Es importante que notemos esto porque este detalle nos indica que el terreno no era uno que se estaba cultivando, sino que era un terreno que estaba listo para cosechar. En realidad los filisteos eran bien inteligentes, digo esto porque ellos no habían arado la tierra; ellos no habían sembrado la semilla; ellos no le habían dado un mantenimiento al terreno, pero ahora que estaba listo para la cosecha, ellos atacarían y se la robarían. Seguramente que algunos ya estén haciéndose esa pregunta: ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros?

Si hacemos un contraste entre lo que sucedió aquí y lo que le sucede a la gran mayoría de los creyentes, creo que todos aquí estaremos de acuerdo cuando digo que nuestro enemigo trabaja más o menos como estos filisteos.

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Cuando reflexionamos en nuestra vida, y las cosas que con frecuencia nos suceden cuando genuinamente escogemos seguir a Jesús, creo que todos podremos ver que nuestro enemigo usa la misma táctica que usaban los filisteos en nuestra historia.

Permítanme explicarme. Todos aquí sabemos que el enemigo ataca a los cristianos, todos sabemos que él monta un ataque en contra del pueblo de Dios. Pero, ¿se han puesto a pensar cuando es qué comienza el ataque más intensivo? Si pensamos en esto por un momento creo que todos llegaremos a la conclusión que no fue cuando comenzamos a caminar. Esto es porque, el ataque de nuestro enemigo se intensifica cuando empezamos a servir a Dios como Dios quiere que le sirvamos.

En otras palabras, el ataque es intensificado cuando comenzamos a dar buenos frutos; es en ese momento que nuestro enemigo trata de destruir, y trata de robarse lo que Dios con tanto amor ha sembrado en nosotros

Lo que sucede con mucha frecuencia no es muy diferente a lo que sucedió aquí con el pueblo de Israel. Desdichadamente, una vez que el ataque se intensifica, una vez que el ataque llega a nosotros, muchos hacemos lo que hizo este pueblo. ¿Qué hizo este pueblo?

La Palabra nos dice que: “…el pueblo había huido delante de los filisteos…” Esto desdichadamente es algo que sucede con frecuencia; muchos son los que corren de la batalla, en vez de correr hacia el frente. Dile al hermano que tienes a tu lado: no podemos huir. Este pueblo corrió lleno de temor, este pueblo corrió y abandonó las bendiciones que Dios le había entregado, y muchos son los que hacen igual. Muchos son los que le permiten al enemigo que llegue y destruya lo que Dios le ha entregado.

Algo que queda bien evidente en el acontecimiento que estamos explorando en el día de hoy, es que este pueblo no tuvo el valor de defender lo que era suyo. Ellos no tuvieron el valor de defender lo que con tanto esfuerzo habían logrado. Digo esto porque cuando pensamos en donde ellos estaban ubicados geográficamente, no es difícil discernir que ellos mayormente estaban en un desierto.

Esto quiere decir que para que ellos pudiesen cultivar este terreno, ellos tuvieron que pasar bastante trabajo. Primero tuvieron que irrigar la tierra, segundo arar el terreno, tercero sembrar la semilla, y más importante que todo, ellos tuvieron que darle un mantenimiento a este terreno durante varios meses para asegurarse que la semilla crecería.

Uno pensaría que ellos no estarían dispuestos a abandonar lo que con el sudor de su frente lograron, pero el pueblo corrió de los filisteos, y abandono todo. En esencia, lo que este pueblo hizo fue rendirse antes de pelear. Dile al hermano que tienes a tu lado: hay que pelear.