La semana pasada exploramos el tema del stress y la ansiedad, y descubrimos tres pasos a seguir que nos ayudan a vencer la depresión, cual es lo que la combinación que ambos estados mentales producen.

Si se acuerdan, durante el servicio de la semana pasada también les dije que existía un gran número de creyentes que sufrían de depresión; en otras palabras, que sufren de una enfermedad más bien emocional y espiritual, la cual es mucho peor que una enfermedad física. Digo esto porque la realidad es que aunque una enfermedad física puede impedir que participemos de ciertas actividades, o detenernos de hacer ciertas cosas por un tiempo, y claro está en que todo depende de la severidad y el tipo de la enfermedad, la enfermedad espiritual y emocional no solo nos puede detener de hacer ciertas cosas temporalmente, sino que la enfermedad espiritual y emocional puede permanentemente incapacitarnos.

La realidad es que en la era moderna, la ciencia ha hecho grandes avances. En otras palabras, en la mayoría de los casos los médicos tienen medicinas y tratamientos que no solo pueden alargar la vida y calidad de vida de sus pacientes, sino que también pueden sanarles por completo. Pero cuando se habla de una enfermedad emocional, lo único que la ciencia ha podido hacer es producir medicamentos para sedar a las personas, en otras palabras, embobecerlos. La realidad es que en cuanto a la enfermedad espiritual, solo existe uno que puede sanar, y su nombre es Jesús. Así que el tema principal que estaremos explorando hoy es la enfermedad que afecta a un buen número de creyentes, cual es la que produce que muchos sean vencidos por la depresión. Hoy estaremos explorando la enfermedad espiritual. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Mateo 8:14-17Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre. 15Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. 16Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 17para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.

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Para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, tendremos que fijarnos muy bien en lo que estaba sucediendo aquí. Como podemos apreciar, la suegra de Pedro estaba bien enferma; ella estaba tan enferma que estaba postrada. En otras palabras ella estaba debilitada de tal manera que no podía pararse de la cama. Aunque la Palabra aquí no específica, ella seguramente estaba sufriendo de “malaria” cual era una enfermedad común en ese entonces. Ésta enfermedad no es algo común aquí en los Estados Unidos, y definitivamente no en nuestra era. Pero la ciencia moderna no ha podido erradicarla por completo, así que continua siendo una enfermedad bien seria en otras partes del mundo.

Antes de proceder deseo que tomemos el tiempo de conocer un poco más acerca de esta enfermedad. La “malaria” es una enfermedad que completamente incapacita a la persona afectada. La “malaria” es una infección bien seria de recaída, causada por parásitos de una sola célula (del género Plasmodium), y que es comúnmente transmitida por la picada de un mosquito.

Éste parásito inicialmente penetra las células del hígado, donde se multiplica, y después se riega por el cuerpo infectando los glóbulos rojos. La rápida división o multiplicación de éste parásito causa la destrucción de los glóbulos rojos, y causa una gran variedad de sufrimientos o síntomas que incluyen, pero no se limitan a, ataques periódicos de frialdades y fiebre alta, anemia, esplenomegalia (ampliación del bazo), y otras complicaciones que menudo son fatales.

Aunque existen algunas medicinas que son usadas para aliviar los síntomas y que destruyen el parásito, existen tipos de este parásito que resisten los tratamientos conocidos; en otras palabras esta enfermedad con frecuencia no tiene cura, y es por eso que alrededor del mundo millones de personas mueren anualmente.[1]

Estoy seguro que la mayoría de ustedes deben estar pensando que todo esto suena más como una clase de medicina o de biología en vez de una predica, pero les aseguro que dentro de poco, todo tendrá mucho sentido. Así que quiero que mantengamos en mente todos estos pequeños detalles, y que prestemos mucha atención al hecho de que ésta terrible enfermedad es causada por un parásito de una sola célula, y que es comúnmente transmitida por algo tan pequeño cómo el mosquito.

Lo primero que vemos aquí es que la palabra nos dice: “…Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre…” Como les dije, aunque las escrituras aquí no especifican, esta mujer seguramente estaba sufriendo de malaria, cual era una enfermedad común en ese entonces. Y lo más seguro es que ella llevaba varios días en cama sufriendo; ella estaba debilitada y su cuerpo adolorido debido a ésta terrible infección.

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Si hacemos una comparación entre el sufrimiento de ésta mujer y muchos dentro del pueblo de Dios, creo que pronto encontraremos que existen muchos igualmente afectados. Claro está en que no les estoy hablando de una enfermedad física, pero si existen muchos dentro del pueblo de Dios que sufren de una enfermedad espiritual.

Existen muchos que sufren de malaria espiritual; estamos hablando acerca de la enfermedad del espíritu que es el pecado. Al igual que el parásito de la malaria que consiste de una sola célula y que es transmitido por un insecto tan pequeño que cómo un mosquito, el pecado suele reproducirse o multiplicarse cuando no aprendemos a reconocerlo, y en ocasiones llega a infectar y afectar la vida de aquellos que nos rodean. Digo esto porque el pecado puede comenzar, y en numerosas ocasiones comienza con algo tan insignificante o pequeño como lo es un pensamiento. ¿Cómo fue eso pastor? ¿Es posible pecar con un pensamiento?

La realidad es que la respuesta a esta pregunta es si. Esto es algo que queda bien declarado por el Señor en Mateo 5:27-28 cuando leemos: “…Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…” Así que como podemos ver, si es posible pecar con un pensamiento y con frecuencia lo hacemos. Permítanme explicarles esto de otra manera para que entiendan bien lo que les digo.

En Romanos 8:5-6 encontramos que se nos dice: “…Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz…”  La gran realidad es que a  nuestro enemigo nada le daría mayor placer que poder controlar nuestra mente. ¿Por qué?

La respuesta a esta pregunta es bien fácil; nuestro enemigo sabe muy bien que cuando se logra controlar de la manera que una persona piensa, entonces es fácil manipular de la manera que una persona se siente y actúa. En otras palabras, se puede manipular el espíritu de una persona. Satanás tratara de emplear pensamientos terrenales y carnales como un arma eficaz para tratar de alejarnos de la presencia de Dios.

¿De qué les hablo? Les hablo acerca de pensamientos como el desánimo, la depresión, la avaricia, los celos, la soberbia, la codicia, la lujuria, la lascivia, y todos esos otros pensamientos desordenados que bien sabemos que no agradan a Dios y que no edifican Su obra, o nuestro testimonio como fieles creyentes. Estamos hablando acerca de pensamientos que si no aprendemos a reconocerles por lo que son, tentaciones del diablo para separarnos de la presencia de Dios, tarde o temprano nuestro caminar cristiano, es decir nuestro espíritu, será infectado y decaeremos hasta el punto en que quedaremos postrados en un estilo de vida que no glorifica a nuestro Señor.

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En otras palabras nuestro crecimiento espiritual será detenido, y pronto nos encontraremos a la merced de este mundo, envés de en la gloria de nuestro Dios. Pero cuando aprendemos a reconocer estas cosas por lo que son, y cuando aprendemos a depender de nuestro Dios, entonces las cosas son muy diferentes. Continuemos ahora con nuestro estudio para que vean lo que les digo.

Continuando leemos: “…Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. 16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias…”