Vamos a iniciar el servicio de hoy con un chiste. Un hombre consulta a un consejero matrimonial; después de la consulta, el consejero le dice que él debía demostrarle más consideración a su esposa. Así que un día él llega a la casa de su trabajo, vestido de traje, oliendo muy fragante con su colonia, un ramo de flores en una mano, y una caja de chocolates en la otra. El hombre no abre la puerta con su llave, sino que toca el timbre y espera a que su esposa le abra. Cuando su esposa le abre, él le presenta el ramo de flores y la caja de chocolates. Cuando su esposa vio esto comenzó a llorar.   Y entre llantos y suspiros le dice: “no lo puedo creer. Juanito se ha pasado toda la mañana vomitando, la lavadora de ropas se acaba de romper, tus padres me llamaron para decirme que este fin de semanas venían a visitarnos y quedarse con nosotros, y como si todo esto fuera poco, tú te has aparecido aquí borracho.” ¿Qué cómico verdad?

Pero la realidad de todo es que en ocasiones, tanto el hombre como la mujer no consideran correctamente a su cónyuge. Y es por eso que las estadísticas acerca de los divorcios continúan aumentando. Según el reporte de estadísticas más reciente, “en el 2010, el 6.8% de la populación Americana se caso, pero el 3.4% de los matrimonios terminaron en divorcio. Y algo que debemos saber es que estas figuras no son exactamente correctas, ya que existen alrededor de seis Estados que no reportan el por ciento de los divorcios que suceden en su jurisdicción”[1]. Así que como podemos apreciar alrededor de un 50% de los matrimonios alrededor de los Estados Unidos terminaron en divorcio. Ahora debemos preguntarnos, ¿cómo puede el creyente evitar formar parte de estas estadísticas tan alarmantes? Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Efesios 5:21-33Someteos unos a otros en el temor de Dios. 22Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; 23porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. 24Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. 25Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, 26para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, 27a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. 28Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. 29Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, 30porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. 31Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. 32Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. 33Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.

Ahora, cómo acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia. Pablo escribió esta carta durante su primer encarcelamiento romano alrededor del 60-62 d.C. Su encarcelamiento es algo que queda bien declarado en Efesios 3:1 cuando leemos: “…Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles…” Demás está decir que cuando Pablo escribió todo esto, él estaba pasando por unos momentos muy difíciles en su vida, ya que las prisiones de ese entonces no eran nada como hoy en día. Pero a pesar de toda mala situación, Pablo no permitió que nada detuviera el propósito de Dios en su vida.

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Pablo no se desanimó ni se descorazono, sino que continuó su ministerio y escribió esta carta a este grupo de creyentes que siendo extremadamente ricos en Cristo, vivían derrotados y como mendigos porque no tenían el crecimiento para reconocer las riquezas espirituales que Dios les había entregado. Fíjense bien como él les dijo en Efesios 2:4-7 cuando leemos: “…Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús…”

Ahora bien, cuando tomamos el tiempo de leer detalladamente y estudiar la epístola a la iglesia en Éfeso, pronto nos damos cuenta de que ésta epístola no fue escrita con el propósito de corregir un problema específico en la iglesia.

La epístola fue escrita con el propósito de evitar que surgieran problemas, y para alentar a los creyentes a madurar en Cristo. En otras palabras, la epístola fue escrita con el propósito de guiar a los creyentes a cómo conducir su vida de forma agradable a Dios. Pablo escribió esta carta con el propósito de motivar a los creyentes a conectarse al poder de su fuente espiritual, para recibir la fortaleza que les ayudaría en el comportamiento de su vida diaria[2]. Esto es algo que queda muy bien reflejado en las palabras del apóstol como encontramos en Efesios 4:1-2 cuando leemos: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, 2con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor…” Las palabras claves en este pequeño versículo son: “…como es digno de la vocación con que fuisteis llamados…”

Digo que estas son las palabras claves porque si tuviéramos que describir todos los problemas que enfrenta el creyente y/o la iglesia hoy en día en solo uno, yo diría que la falta de caminar dignos de la vocación con la que fuimos llamados sería la mejor descripción. Y es por eso que no es fuera de lo común escuchar como muchos, al igual que este pueblo, siendo ricos viven como mendigos, teniendo la victoria viven derrotados, y habiendo alcanzado la paz viven perturbados. Así que manteniendo estos breves detalles en mente, regresemos ahora a la pregunta de hoy: ¿cómo puede el creyente evitar formar parte de las estadísticas de divorcio? Continuemos con nuestro estudio de hoy para descubrir la respuesta.

Lo primero que encontramos aquí es que se nos dice: “…Someteos unos a otros en el temor de Dios. 22Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; 23porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. 24Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo…”

Aquí encontramos algo que en ocasiones les choca a las personas, tanto al hombre como a la mujer. Digo esto porque aquí vemos que lo primerito que se nos dice es: “…Someteos unos a otros…” Y esta palabrita “someteos” es algo que les choca a muchas personas. El hombre machista dice o piensa algo similar a: “de eso nada monada, yo no me dejo poder el pie encima por ninguna mujer. A mí no me van a montar como caballo de carrera.” Y la mujer moderna, quien ha crecido siendo educada a ser una persona independiente también dice o piensa algo similar a: “a mí no me marca ningún hombre como ternera, yo hago lo que quiero. Yo no soy un buey de arar.” ¿Por qué sucede esto?

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La razón principal por la que esto sucede es porque muchos se traban en la primera parte del versículo y bloquean el resto que nos dice: “…en el temor de Dios…” Y quiero que quede bien claro que la palabra “temor” viene de la palabra Griega “phobos” (pronunciada: fábas) que aunque puede ser usada para describir “temor, pavor, terror”, en el contenido de este versículo significa “reverencia por el esposo”[3]. Y una gran realidad es que estos versículos no son solamente para instruir a la mujer, como muchos hombres piensan y citan; sino que son versículos que instruye a todo creyente. ¿Por qué digo esto?

Digo esto porque aquí vemos que se nos dice: “…porque el marido es cabeza de la mujer…” Aquí vemos que Dios llama al marido a ser cabeza de la mujer, pero eso no quiere decir, ni implica que el hombre sea un dictador, ni que la mujer es una esclava. Como todos sabemos, Dios no se contradice en su palabra, y en Génesis 2:18 encontramos exactamente el papel que Dios le designo a la mujer cuando leemos: “…Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él…”

Y quiero que notemos muy bien que aquí el Señor nos dice: “ayuda idónea” (sinónimos: apta, dispuesta, inteligente, habilidosa, capaz, eficiente). Quiero que notemos esto muy bien porque como podemos ver, Dios nos dice claramente que la mujer no es una esclava, o un trapo que podemos usar y luego descartar. Aunque la cabeza de un hogar siempre es el hombre, los pensamientos y sentimientos de la mujer deben, y tienen que ser respetados en todo tiempo. ¿Y cómo espera la mujer que su esposo actúe?

Para una mujer, su esposo es su superhéroe; las mujeres esperan que su hombre sea su protector; las mujeres esperan que su hombre asuma la responsabilidad de ser padre, algo que es mucho, pero mucho más, que sólo traer un cheque de pago a casa. Las mujeres esperan que su hombre sea un buen oyente, algo que en ocasiones a los hombres se les dificulta porque nosotros estamos cableados de forma muy diferente, (les explicare lo que quiero decir con esto en un breve instante). Las mujeres esperan que su hombre demuestre su amor; unas flores o una caja de chocolates de vez en cuando sería un buen comienzo.

Salir a pasear una noche, aunque solo sea para tomar una taza de café sería un buen comienzo; o tal vez simplemente dar un paseo por la playa tomados de la mano escuchando las olas sería un buen comienzo; (anécdota de los viajes en la moto). Ayudar en el hogar sería otra gran manera de demostrar su amor y consideración por su esposa. Recoger tras ti mismo, lavar los platos, cocinar para ella (para los que sepan cocinar), etc. Etc. Las pequeñeces en la vida son las cosas que más importan, y las pequeñas cosas que hacemos en nuestro matrimonio son las que harán la diferencia. Y hacer estas cosas y otras similares, no significa que somos menos hombre, la realidad es que hacer estas cosas te hace más hombre, especialmente en los ojos de la mujer que te ama y cuida de ti en todo momento.

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