Algo interesante acerca del ser humano es que todos formamos opiniones, o tenemos preceptos de cómo las cosas tienen que ser, y en un buen número de los casos estas opiniones o preceptos han suplantado o de alguna manera influenciado la verdad de Dios. Esto significa que en casi toda ocasión estas opiniones y preceptos que hemos desarrollado o adoptado, nos separan de Dios. Por ejemplo: existe un gran número de creyentes que se dicen así mismos: “Dios es misericordioso, y Él perdona mis faltas y pecados”. Esto es una gran verdad; Dios es misericordioso y Él perdona nuestros pecados; pero existe una condición para recibir el perdón. ¿Qué condición existe?

La condición que existe es que tiene que haber un arrepentimiento genuino[1]. Y es exactamente por esa razón que no podemos usar la misericordia y gracia de Dios como excusa para continuar pecando[2]. Claro está en que no somos seres perfectos[3], así que no estoy diciendo que no recibiremos el perdón de Dios. Pero lo que si estoy diciendo es que no podemos deliberadamente reincidir o perseverar en el pecado, y pensar que nuestra salvación está asegurada[4].

¿Por qué les he expuesto este ejemplo y dicho estas cosas? He usado este ejemplo porque es la manera de sentir más común que existe dentro del pueblo de Dios. En otras palabras, es la opinión o precepto que ha suplantado la verdad de Dios. Así que nuestro tema para el día de hoy será: ¿reconocerías a Jesús si se sentara a tu lado ahora mismo?  Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

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Juan 10:39Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos.

La mayoría de los versículos que estaremos examinando en el día de hoy describen como el pueblo judío rechazo a Jesús. Pero he decidido iniciar con este porque es el mejor que nos ilustra la respuesta a nuestra pregunta de hoy. ¿Por qué digo esto? Digo esto porque si en este mismo momento yo les enseñara una estampilla de un hombre blanco, con pelo largo, una barba, arrodillado con sus manos juntas como en posición de oración, y con un rayo de luz que aparece desde el cielo brillando sobre su rostro, la mayoría de todos aquí le identificarían como Jesucristo; ¿verdad?

En otras palabras, todos aquí tenemos nuestra propia opinión o precepto de cómo Jesucristo lucio. Pero la realidad de todo es que nadie sabe exactamente como lucia Jesucristo; no existen dibujos o pinturas de su rostro; esto quiere decir que todo lo que la gran mayoría de las personas identifican como a Jesucristo no es más que una interpretación artística muy, pero muy, equivocada. Digo esto porque Jesucristo no tenía pelo largo.

Ahora bien, aquí existe un gran dilema entre muchos eruditos y estudiantes de la Palabra. Esto sucede porque muchos dicen que porque Jesús era Nazareno,  Él había tomado el voto de los nazareos, y estos votos permitían que el hombre tuviese pelo largo. Pero la realidad es que no existe ninguna escritura que respalde esta posición. Pero lo que si existe es el voto de los nazareos[5],  y este voto no permitía que la persona tocara ningún fruto de la viña (uvas, pasas, jugo, vino, etc. etc.) o un cadáver, y como Jesús hizo ambas cosas[6], entonces podemos confiadamente asumir que Jesús no había tomado el voto de los nazareos. Esto significa que la apariencia de Jesús era igual a la de los que le rodeaban; en otras palabras no tenía pelo largo. Y es exactamente por esa razón por la que cuando trataron de prenderle, Él solo tuvo que caminar y mezclarse con el resto de las personas.

Es también por esta misma razón que cuando Judas Iscariote le traiciono, él tuvo que hacerlo con un beso; en otras palabras, tuvo que destacarle de en medio de las otras personas que estaban presentes[7]. Es más, el apóstol Pablo habla claramente de este tema según encontramos en 1 Corintios 11:14-15, y les voy a leer de la traducción en lenguaje actual de la Biblia para que entiendan bien. El apóstol dijo: “…Según nuestras costumbres, es una vergüenza que el hombre se deje crecer el cabello, 15pero no lo es que la mujer se lo deje crecer. Y es que Dios le dio el cabello largo para que se cubra la cabeza…” Y podemos estar absolutamente seguros de que Jesucristo nunca actuó de manera que avergonzara a Dios.

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Para continuar con nuestro estudio de hoy, permítanme leerles una ilustración que me llego por email hace un tiempo atrás. En un día de muy fuerte invierno, Ruth fue a su buzón de correo y solo había una carta, ella la tomó y la miró antes de abrirla, y noto que no tenía remitente ni sello de correo. Sólo su nombre y dirección. Ella leyó:

Querida Ruth: “Voy a estar en tu barrio el sábado en la tarde y quiero cenar contigo. Te quiere siempre, Jesús”.

Sus manos temblaban mientras colocaba la carta en la mesa. ¿Por qué Dios querrá visitarme si no soy nadie especial? También recordó que no tenía nada que ofrecerle; pensando en eso, ella recordó que su despensa estaba vacía, y se dijo: “OH, no tengo nada que ofrecerle. Tengo que ir al supermercado y comprar algo para la cena”.

Tomo su cartera que contenía cinco dólares y se dijo. –“Bueno, no podre comprar mucho, pero por lo menos puedo comprar pan y embutidos.” Se puso el abrigo y corrió a la puerta. Compró un molde de pan francés, media libra de jamón y un cartón de leche, lo que le dejó con tan sólo doce centavos hasta el lunes.

Se sentía bien, pero a medida que se acercaba a su casa con su humilde compra bajo el brazo escucho: -Señorita, por favor, ¿puede ayudarnos? Ruth había estado tan sumergida en sus planes para la cena que no había notado dos figuras acurrucadas en la acera. Un hombre y una mujer, ambos vestidos de andrajos.

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-Mire señorita, no tengo trabajo y mi esposa y yo hemos estado viviendo en las calles, nos estamos congelando y tenemos mucha hambre y si usted nos pudiera ayudar se lo agradeceríamos mucho.

Ruth los miro. Ellos estaban sucios, olían mal, y pensó que si ellos en verdad quisieran trabajar ya habrían conseguido algo. -Señor, me gustaría ayudarlos, pero soy pobre también. Todo lo que tengo es un poco de pan y jamón, y tendré un invitado especial a cenar esta noche y pensaba darle esto de comer. -Está bien, comprendo. Gracias de todas maneras. Contesto el hombre. El hombre puso su brazo sobre los hombros de la mujer y se fueron rumbo al callejón.

Ella los miraba alejarse y sintió mucho dolor en su corazón. -Señor espere. -La pareja se detuvo, mientras ella corría hasta ellos.

-Tomen esta comida, puedo servirle otra cosa a mi invitado. Dijo ella mientras le entregaba la bolsa del supermercado.

-Gracias. Muchas gracias señorita. -Si, Gracias. -Le dijo la mujer, y Ruth pudo ver que estaba temblando de frío.

-Sabe, tengo otro abrigo en casa, tome este. -Le dijo mientras se lo ponía sobre los hombros.

Ella regresó a casa sonriendo, sin su abrigo ni comida que ofrecer a su invitado. Se estaba desanimando a medida que se acercaba a la puerta de su casa, pensando que no tenía nada que ofrecer a su invitado especial.

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