Deseo iniciar el día de hoy haciendo una pregunta; ¿a cuántas personas aquí se les extravía o pierden las cosas?  La realidad es que en ocasiones, todos nosotros hemos perdido o se nos ha extraviado algo.  Y lo más lindo del caso, es que en la mayoría de los casos no nos damos cuenta de lo que se nos ha perdido hasta que lo necesitamos.

Por ejemplo; ¿a cuántos se les ha extraviado las llaves de la casa o del automóvil, y no se dan cuenta hasta que tienen que salir? Para los que usan espejuelos para leer como yo; ¿a cuántos se les ha extraviado los espejuelos, y no se han dado cuenta hasta que los necesitan para leer?

Pudiéramos seguir citando ejemplos, pero creo que estos son los dos más comunes que suceden en nuestra vida.  Ahora pregunto: ¿se han dado cuenta del nivel de intensidad con el que buscamos las cosas que temporalmente extraviamos o perdemos?

En ocasiones la intensidad de nuestra búsqueda es tan grande que el objeto puede estar frente a nosotros, y no lo vemos.  Entonces comenzamos a frustrarnos o desesperarnos, y pedimos ayuda. Luego llega nuestra esposa o esposo (según el caso), o cualquier otra persona de la que hayamos solicitado ayuda, busca o mira a nuestro alrededor y lo encuentra (las llaves en la gaveta; los espejuelos puestos en la cabeza).  ¿Le ha sucedido esto a alguien alguna vez?

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Claro está en que sí, pero lo triste de todo es que eso no solo nos sucede con objetos inánimes, sino que también nos sucede en cuanto a ciertos aspectos de nuestra vida en nuestro caminar cristiano.  Así que este será nuestro tema para el día de hoy.  Hoy nos preguntaremos: ¿qué hemos perdido o extraviado temporalmente en nuestro caminar cristiano?  Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Lucas 15:8-10¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? 9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. 10 Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.

El capítulo 15 del evangelio de Lucas contiene tres parábolas acerca de cosas que fueron pedidas, y que cuando fueron encontradas produjeron un gran gozo en las personas. Estas son las tres parábolas comúnmente usadas para predicar acerca de las almas perdidas, y del amor de nuestro Padre celestial que todos reciben al arrepentirse y volverse a Él.

Pero yo creo que esta parábola que estamos examinando en el día de hoy, contiene un mensaje aun más profundo para todo creyente.  Así que ahora debemos preguntarnos: ¿cómo se aplica esta parábola a nuestra vida?  Para contestar esta pregunta vamos a analizar tres puntos encontrados en el primer versículo.

En el primer versículo encontramos que se nos dice: “…¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?..”  Primero examinemos el significado de la palabra “dracma”.  Según el diccionario de la Real Academia Española, la definición de la palabra dracma es: “Moneda griega de plata, que tuvo uso también entre los romanos, casi equivalente al denario, pues valía cuatro sestercios.” Si fuésemos a traducir esto a tiempos modernos, podemos decir con confianza que “una dracma” representaba el salario de un obrero por un día de trabajo.

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Ahora bien, aquí vemos que también se nos dice que ella tenía nueve otras, pero que buscaba con diligencia y urgencia la que se le había extraviado.  Preguntémonos ahora: ¿por qué la buscaba con tanta diligencia?

La parábola no explica la razón exacta, ya que por definición la parábola es solo una: “Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral” [1].   Así que con el propósito de descubrir el mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, vamos a asumir que la razón por la que esta mujer buscaba esa dracma perdida era porque ella la necesitaba para algo.  ¿Cuántos necesitan el salario de un día de trabajo?

Hermanos, la gran realidad es que todo creyente fiel tiene el regalo más valioso que se puede tener en el universo.  Tenemos algo que no puede ser comprado con oro ni con plata.  Esto es algo que queda bien resumido en la respuesta del apóstol Pedro a Simón el mago, cuando él les ofreció dinero para que ellos le dieran el poder de dar el Espíritu Santo a las personas, según encontramos en Hechos 8:20-21 cuando leemos: “…Entonces Pedro le dijo: —¡Tu dinero perezca contigo, porque has pensado obtener por dinero el don de Dios! 21 Tú no tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dio…” (RVA-2015)

¿Qué regalo tenemos todos nosotros?  Nosotros tenemos al Espíritu Santo que nos da convicción de nuestros errores, y quien nos guía en todo momento.  Tenemos el Espíritu Santo quien nos ayuda a vencer toda dificultad, y a derrumbar toda oposición que pueda surgir.  Pero lamentablemente muchos han perdido el ardor del Espíritu Santo en su vida, y esto es algo que todos necesitamos con urgencia.

Ahora examinemos el significado de la “lámpara.” Cuando se habla de una lámpara, se habla de un utensilio que produce luz.  En esos tiempos eran utensilios que tenían una mecha y que quemaban aceite o cualquier otro combustible.  Pero la lámpara para nosotros tiene un significado aun más grande, ya que en la Biblia encontramos que la “luz” es usada para describir a nuestro Señor Jesucristo.  Esto es algo que queda bien ilustrado en Juan 8:12 cuando leemos: “…Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida…”  ¿Qué les estoy tratando de decir con todo esto?

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Lo que les estoy diciendo es que al igual que esta mujer, todo creyente tiene que buscar con urgencia y diligencia, fortalecer su relación con Dios.  ¿Cómo podemos nosotros fortalecer nuestra relación con Dios?  La respuesta a esta pregunta es encontrada en el significado de lo tercero que estamos examinando del versículo uno.

Lo tercero que examinamos es aquí cuando se nos dice que ella: “…barre la casa…”  ¿Qué significa esto para nosotros?  Hablando teológicamente, la casa somos nosotros; nuestro cuerpo, mente y espíritu.   Así que barrer la casa significa que tenemos que eliminar de nuestro cuerpo las cosas que contaminan y destruyen.

Barrer la casa significa que tenemos que renovar nuestra mente (pensamientos negativos e impuros). Tenemos que renovar nuestro espíritu (ánimo, valor, aliento, esfuerzo).  Y es por eso que en Efesios 4:22-24 encontramos que se nos dice: “…En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, 23 y renovaos en el espíritu de vuestra mente, 24 y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad…”  Pero todo esto es algo que se nos hace imposible, si primero no establecemos una relación genuina con Dios.

Todo esto es algo que se nos hace imposible, si primero no nos sometemos a la voluntad de Dios.  Digo esto porque fuera de la voluntad de Dios, lo único que encontraremos es sufrimiento y dolor.  ¿Por qué?  Porque la voluntad de Dios para con nosotros es perfecta en todo sentido, pero nuestra voluntad está influenciada por las cosas de este mundo.

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