Como todos ustedes saben, nuestra iglesia, a pesar de que somos pocos, tiene un gran alcance en el Internet. A través de nuestro portal en el Internet, las predicaciones y estudios bíblicos que les presento a ustedes que asisten aquí, son leídas, escuchadas y vistas por un promedio de 2.499 personas diario. Cuando yo vi este número me quede bastante impresionado, ya que esto significa que nosotros estamos llevando el evangelio de Jesucristo y la sana doctrina a un promedio de más de 70.000 personas mensualmente. ¿Cuántos pueden decir Gloria a Dios conmigo?

¿Por qué les mencione esto? Bueno, deseo que quede bien claro, que no he mencionado esto para alardear o jactarme de forma alguna. Yo no soy nadie de importancia, yo solo soy un simple pastor, y en ocasiones torpe para hablar; pero gloria a Dios que Él ha permitido que las predicaciones y estudios bíblicos que les presento a ustedes, no solo le sirvan de bendición a nuestra congregación, sino que también a miles de cristianos alrededor del mundo, que visitan la pagina del ministerio en el Internet.

Con esto en mente les diré, que en ocasiones recibo correspondencia de personas que buscan mi consejo; la realidad es que esto es algo que sucede con frecuencia, y desafortunadamente no puedo contestarlas todas. Pero recientemente recibí una petición de una hermana en Cristo, que me impacto. No sé quién es, ni sé donde se encuentra, pero ella me escribió para contarme que estaba atravesando por una situación muy difícil en su matrimonio, la familia, y la iglesia. El tono de su correspondencia indicaba claramente que se encontraba compungida, adolorida, y muy, pero muy, confundida. En otras palabras, ella estaba atravesando por una crisis espiritual, a la cual ella no le veía solución. Gloria a Dios que después que le conteste su petición, ella me respondió diciendo que seguiría mi consejo, y que se sentía bendecida por Dios.

Al igual que esta mujer, existen cristianos en el mundo que viven en un estado de depresión constante. Existen millones de cristianos que se encuentran en medio de una crisis espiritual, a la cual no le ven la salida. ¿Por qué? La razón es porque estamos viviendo en medio de una sociedad, donde la vida tiene solo el valor de lo que podamos llevar puesto. Esto es algo que se hace evidente en el reciente Reporte Uniforme de Delitos publicado por el FBI, el cual indica que hubieron un estimado de 1,197,704 crímenes violentos cometidos en todo el país. Y el número estimado de homicidios en la nación fue 15,696 [1].

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Estamos viviendo en medio de una sociedad, donde la perversión, depravación, corrupción, y violencia, a diario entra en las casas de millones y millones de personas a través de la televisión, comerciales, revistas, etc. etc. ¿Qué les estoy diciendo con todo esto? Lo que les estoy diciendo es que los principios cristianos están bajo un fuerte ataque, y desafortunadamente están desmoronándose a nuestro alrededor. Y es exactamente por esta razón por la que al mundo le es mucho más fácil aceptar explicaciones conjuradas por hombres, basadas en la sabiduría humana, que en la verdad de Dios.

La realidad es que al mundo le es mucho más fácil aceptar excusas, políticas, doctrinas, y justificaciones, que buscan destruir las pocas y últimas fibras morales restantes, que volverse a Dios y buscar Su rostro. Pero ahora debemos preguntarnos: ¿qué debemos hacer nosotros ante todo esto? Éste es el tema que estaremos explorando en el día de hoy. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Nehemías 4:12-17Pero sucedió que cuando venían los judíos que habitaban entre ellos, nos decían hasta diez veces: De todos los lugares de donde volviereis, ellos caerán sobre vosotros. 13 Entonces por las partes bajas del lugar, detrás del muro, y en los sitios abiertos, puse al pueblo por familias, con sus espadas, con sus lanzas y con sus arcos. 14 Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas. 15 Y cuando oyeron nuestros enemigos que lo habíamos entendido, y que Dios había desbaratado el consejo de ellos, nos volvimos todos al muro, cada uno a su tarea. 16 Desde aquel día la mitad de mis siervos trabajaba en la obra, y la otra mitad tenía lanzas, escudos, arcos y corazas; y detrás de ellos estaban los jefes de toda la casa de Judá. 17 Los que edificaban en el muro, los que acarreaban, y los que cargaban, con una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada.

Como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia. Lo primero que debemos saber es que estos acontecimientos que estamos explorando en el día de hoy, tomaron lugar aproximadamente unos 500 años antes de Cristo.

Ahora preguntémonos, ¿quién fue éste hombre llamado Nehemías? Nehemías fue un hombre común y corriente, pero que gozaba de una posición única. Nehemías era el copero del rey Artajerjes, y a pesar de que él no ejercía poder alguno en el reino, Nehemías si ejercía gran influencia, ya que el rey dependía y confiaba en él. Esta relación y dependencia es algo que queda muy bien reflejado en la conversación que él tuvo con el rey, cual fue la que le condujo a éste punto en la historia que estamos explorando en el día de hoy, como encontramos en Nehemías 2:1-2 cuando leemos, “…Sucedió en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, que estando ya el vino delante de él, tomé el vino y lo serví al rey. Y como yo no había estado antes triste en su presencia. 2 me dijo el rey: ¿Por qué está triste tu rostro? pues no estás enfermo. No es esto sino quebranto de corazón. Entonces temí en gran manera…”

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Lo que había entristecido a Nehemías, es que él había recibido noticias de que las murallas que una vez rodeaban la ciudad de Jerusalén, todavía estaban destruidas [2]. Estas noticias causaron gran preocupación en éste hombre, ya que como todos sabemos, las cosas en ese entonces eran muy diferentes a hoy en día.

En otras palabras, las ciudades de antigüedad eran muy diferentes a las ciudades de hoy, y definitivamente los ciudadanos no gozaban de las protecciones modernas que nosotros disfrutamos hoy. Esto significa que de la única manera que una ciudad podía ofrecerle algún tipo de protección a sus habitantes, la ciudad tenía que tener paredes o murallas a su alrededor. Paredes o murallas con portones fuertes que pudieran detener un ataque, y las paredes de Jerusalén habían quedado destruidas por el rey Nabucodonosor en el 586 a.C, y todavía no habían sido reconstruidas. ¿Por qué es necesario que sepamos estas cosas?

Es necesario saber estos breves detalles porque ellos nos revelan dos cosas muy importantes. Número uno, nos revela el estado de aflicción que existía en el corazón del pueblo de Dios de ese entonces; y dicho estado de aflicción no es muy diferente al estado que muchos cristianos están experimentando hoy en día, al ver como el mundo continua en camino a la perdición.

Número dos, estos breves detalles nos dejan saber que no tenemos que ser personas grandes y poderosas, para cumplir la voluntad de Dios; lo único que tenemos que hacer es permitir que el amor, misericordia, y poder de nuestro Señor sean reflejados en todo lo que somos, y otros serán influenciados por Él. Así que manteniendo estas cosas en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

Lo primero que vemos aquí es que se nos dice, “…Pero sucedió que cuando venían los judíos que habitaban entre ellos, nos decían hasta diez veces: De todos los lugares de donde volviereis, ellos caerán sobre vosotros…” ¿Qué estaba sucediendo aquí?

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Lo que estaba sucediendo aquí es que el enemigo continuaba su ataque en contra de este pueblo; el enemigo estaba tratando de detener el progreso de la obra, a través de la intimidación y el temor. Y déjenme decirles que esta táctica del enemigo no ha cambiado mucho; no ha cambiado porque el temor, en toda ocasión, nos conducirá lejos de la presencia de Dios.

El espíritu de temor nos detendrá de obrar para Dios, y hará que caigamos muertos en el espíritu. El espíritu de temor no nos permitirá crecer y desarrollar la vida que Dios desea para nosotros. El espíritu de temor nos mantendrá callados, y nunca testificaremos del poder y gracia de Dios. Y es por eso que nosotros nunca podemos olvidarnos de que fuimos comprados por un precio muy alto, y tenemos que glorificar a Dios en todo lo que somos.

Esto es algo que queda claramente expresado en 1 Corintios 6:20 cuando leemos, “…Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios…” Dile a la persona que tienes a tu lado: glorifica a Dios.

¿Cómo glorificamos a Dios? Lo glorificamos asumiendo nuestra responsabilidad. ¿Cuál es nuestra responsabilidad? Nuestra responsabilidad es anunciar el evangelio y el plan de salvación al mundo. ¿Cómo podemos lograr esto en medio de toda la malicia que nos rodea? La realidad es que de la única manera que podremos lograr nuestra misión, es fortificando nuestra posición. ¿Qué les quiero decir con esto? Lo que les estoy diciendo, es que tenemos que comenzar a reparar o construir murallas defensoras a nuestro alrededor.

Las murallas de protección que una vez rodeaban a Jerusalén eran de piedra y cemento, pero las murallas que nosotros tenemos que edificar, y/o reparar son murallas fundadas sobre la palabra de Dios, edificadas con los ladrillos de Sus promesas, y cementadas con nuestra fe.

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