Como todos ustedes bien conocen, yo tengo la tendencia de traer mensajes bastante fuertes.  Mensajes que nos hacen profundamente reflexionar en nuestra relación con Dios, y Su obra aquí en la tierra. En otras palabras, como fieles cristianos tenemos que esforzarnos, recuperar fuerzas, y obrar para Dios. Pero la realidad del caso es estas cosas son más fáciles de decir que de hacer. ¿Por qué digo esto?

La razón por la que digo esto, es porque como he dicho, y continuaré diciendo por el resto de mi vida, ninguno de nosotros es perfecto [1]; por lo tanto tarde o temprano todos cometeremos errores, y dependiendo de nuestros errores o lapsos de santidad, nuestra relación con Dios sufrirá. En otras palabras, nuestras acciones, y/o falta de ellas pueden detenernos de perseverar en la santidad, cobrar nuevas fuerzas, y continuamente obrar para Dios.  Y me detengo aquí por un breve momento para aclarar algo.

Deseo que quede bien claro que cuando me refiero a obrar para Dios, no me estoy refiriendo estrictamente a evangelizar, o a predicarle a otros.  Claro está en que todo cristiano está llamado a evangelizar [2], pero el llamado más grande que tenemos es ser imitadores de Cristo [3]. ¿Qué les estoy tratando de decir con todo esto?  Lo que les estoy diciendo es que de la mejor manera que nosotros podemos obrar para Dios, no es con palabras y/o versículos de la biblia memorizados, sino es guardando nuestro testimonio.

Como he dicho en numerosas ocasiones, y continuare repitiendo por el resto de mi vida, nuestro testimonio, es decir nuestro comportamiento habla mucho más alto, y más fuerte que cualquier cosa que podamos decir [4].  Así que ahora debemos hacernos dos preguntas, ¿qué nos detiene o evita que podamos esforzarnos, cobrar fuerzas, y obrar para Dios?  ¿Qué debemos, y tenemos que siempre mantener en mente para evitar ser detenidos por nuestro enemigo? Para contestar estas preguntas, pasemos ahora a la palabra de Dios.

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Isaías 53:6Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.

Como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia.  Isaías vivió durante el tiempo que el pueblo de Dios estaba dividido en dos reinos.  Israel era el reino del norte y Judá era el reino del sur [5].

Lo que estaba sucediendo en ese entonces, es que Israel había pecado grandemente contra Dios, y Judá  iba en la misma dirección.  Dile a la persona que tienes a tu lado: el pecado es contagioso.  Judá estaba plagado de enfermedades morales y espirituales, el pueblo había desatendido a Dios por completo, y se postraban ante el ritualismo y el egoísmo. Y debido a la depravación moral, corrupción política, injusticia social, y especialmente la idolatría espiritual que existía, este pueblo sufriría el juicio de Dios [6].

Así que debido a que ellos no estaban dispuestos a escuchar las advertencias de Dios, y a cambiar totalmente, Isaías les profetizo que Dios les entregaría en las manos de Babilonia [7].  Seguramente que algunos se deben estar preguntando, ¿por qué es necesario saber estas cosas?

Es necesario que sepamos estos breves detalles porque en ellos encontramos claramente ilustrado que lo que hagamos hoy, de una manera u otra afectara nuestro futuro.  En otras palabras conscientemente ignorar lo que Dios nos revela a través de Su palabra, y escoger el pecado por encima de Dios, tarde o temprano producirá que experimentemos la ira y juicio de Dios. Así que manteniendo estos pequeños detalles en mente, exploremos ahora nuestro estudio de hoy, y preguntémonos: ¿qué nos detiene de andar en, o nos desvía de los caminos del Dios?

La respuesta a nuestra pregunta es fácilmente encontrada en la primera sección del versículo que estamos explorando hoy cuando leemos: “…Todos nosotros nos descarriamos como ovejas…” Y quiero que nos fijemos bien que aquí se nos dice: “TODOS”.  Dile a la persona que tienes a tu lado: no existe excepción.  Lo que sucede es que todos por una razón u otra nos desviamos de los caminos del Señor.  Aquí vemos como Isaías comparaba al pueblo de ese entonces como ovejas perdidas.

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Una gran realidad es que la Biblia con frecuencia se refiere a los creyentes como ovejas, y a nuestro Señor Jesucristo como nuestro pastor. Por ejemplo: en Salmos 100:3 encontramos que el salmista dice: “…Reconoced que Jehová es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado…” Y en Juan 10:14-15 el Señor nos dice: “…Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, 15 así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas…”  Y quiero que prestemos atención aquí cuando el Señor nos dice: “…y las mías me conocen…”

¿Por qué deseo que prestemos atención a este detalle?  La razón por la que deseo que prestemos atención a este detalle es porque entre una de las características que las ovejas poseen, es que aprenden a reconocer la voz de su pastor.  Y cuando una manada de ovejas se mantiene atenta a la voz de su pastor, entonces no carecen de nada, y no están en peligro. Pero, ¿qué otras características tienen las ovejas?

Las ovejas son animales tímidos e inofensivos.  Las ovejas no son animales feroces o agresivos.  Las ovejas no son animales veloces, ni poseen gran agilidad.  Las ovejas son indefensas, su única defensa es huir.  ¿Por qué les he mencionado las características de este animalito?  Se las he mencionado porque quiero que todos tengamos muy en mente que las ovejas sin su pastor, son presa fácil para animales predadores como son los lobos, leones, osos, y demás.

Así que cuando la oveja se aísla del rebaño, y no tiene a su pastor cerca, en otras palabras a la persona que protege, guía y apacienta el rebaño, entonces corre el riesgo de morir en manos de un animal predador.  Y es exactamente por esa razón que la palabra de Dios nos advierte lo siguiente: “…Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar…”  (1 Pedro 5:8).  Y esto mismo fue lo que le sucedió al pueblo de ese entonces; ellos se descarriaron; ellos se apartaron de la presencia de Dios.  Y desdichadamente, esto es algo que continua sucediendo con frecuencia en el pueblo de hoy.  ¿Por qué sucede esto?

La respuesta a esta pregunta es fácilmente encontrada en la segunda porción de este versículo cuando leemos: “…cada cual se apartó por su camino…”   Dile a la persona que tienes a tu lado: “…cada cual se apartó por su camino…”  ¿Qué significa esto?

Una gran realidad acerca del ser humano es que todos tenemos diferentes opiniones; todos pensamos de manera muy diferente. Todos tenemos nuestra propia opinión de lo que es bueno, y lo que es malo. Todos tenemos nuestra propia opinión de lo que es correcto, y de lo que es incorrecto. Todos tenemos nuestra propia opinión de cómo debemos actuar, y que no debemos hacer.

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Todos tenemos diferentes opiniones, ¿verdad? Y esto es exactamente lo que le sucedió al pueblo de ese entonces, y lo que continúa sucediendo en el pueblo de hoy.  En otras palabras, las opiniones y las reglas establecidas por el hombre superaron la palabra de Dios, y esto fue lo que condujo a ese pueblo, y continúa conduciendo a un buen número de creyentes a la corrupción moral, y la muerte espiritual.  ¿Por qué digo esto?

Lo digo porque si las opiniones que adoptamos como parte de nuestra vida están formadas y basadas en las cosas de este mundo y no en Dios, entonces de nada nos valen.  Esto es algo que se nos advierte claramente en Proverbios 3:7 cuando leemos: “…No seas sabio en tu propia opinión; Teme a Jehová, y apártate del mal…”  Y quiero que notemos muy bien que la palabra “Teme” usada aquí, es una traducción de la palabra hebrea “יָרֵא” (pronunciada ya-rré) que aunque puede ser usada para describir tenerle miedo o terror a alguien o a alguna cosa, el salmista la usa para decirle al lector que venere, honre, y respete a Dios [8].