Los cristianos estamos llamados a vivir por fe [1]; no creo que exista una persona aquí, o un cristiano en el mundo, que desconozca esa afirmación, ya que es algo que ha sido predicado en todas las iglesias cristianas desde el principio. Y la palabra de Dios nos dice claramente que sin fe no podemos agradar a Dios [2]. Como he predicado en otras ocasiones, la fe es lo que distingue a los cristianos del resto del mundo. Pero, desafortunadamente, en muchas ocasiones nuestra fe flaquea, es decir, llegamos a sentirnos abandonados, o como que a Dios no le interesa por lo que estamos atravesando, nos sentimos como que Dios es indiferente a lo que nos sucede. Pero ahora debemos preguntarnos, ¿por qué sucede esto? ¿Por qué es que en ciertas ocasiones nuestra fe flaquea?

Yo me atrevo a decir, que la razón principal por la que en momentos determinados llegamos a sentirnos así, es porque con frecuencia, nuestra fe es negativamente influenciada por las situaciones o dificultades que se presentan en nuestra vida cotidiana. Así que hoy deseo que reflexionemos en nuestra vida, y analicemos nuestra fe.

Como les dije en la predicación de la semana pasada, como fieles cristianos tenemos que asegurarnos de tener buena salud espiritual, porque de no hacerlo caeremos fácilmente en el camino. Así que hoy vamos a aprender cómo podemos lograr tener una fe fortalecida en todo momento, y no una fe influenciada por las situaciones que nos rodean. Pasemos ahora a la palabra de Dios.

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 Mateo 8:5-13Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, 6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. 7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. 8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. 9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. 10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. 11 Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12 mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

Lo más obvio aquí es que este soldado romano, se acercó al Señor para pedirle un milagro; él le suplicó que sanara a su sirviente de un padecimiento mortal. Pero para lograr tener un entendimiento completo de lo que estaba sucediendo en ese momento, y para que podamos entender bien el mensaje que Dios tiene para nosotros hoy, tenemos que conocer un poco más acerca de este hombre.

Ahora bien; primero que todo, este hombre representaba a Roma, en otras palabras, él era enemigo del pueblo judío. Este hombre representaba el ejército ocupador de la nación de Israel, y no era un soldado cualquiera, sino que como nos dice la palabra, era un centurión. Para los que desconozcan el significado del título que este hombre poseía, Centurión es el equivalente de un Coronel hoy en día. Y la responsabilidad de estos oficiales era imponer la ley de Roma, y mantener el orden [3].

Un centurión normal tenía a su cargo alrededor de cien soldados, pero centuriones jefes comandaban cohortes, o asumían las funciones de personal de alto nivel en su legión, y podían tener de doscientos a mil hombres bajo su comando. A pesar de que aquí no se hace distinción de su rango, lo que si podemos claramente ver es que el papel de un centurión en el ejercito romano era muy importante. ¿Por qué les he dicho todo esto?

Se los he dicho porque estos pequeños detalles nos dejan saber que el centurión representaba la autoridad suprema de Roma, y que cuando él actuaba u ordenaba algo, él lo estaba haciendo con la autoridad del imperio romano. Es por eso que las órdenes de un centurión se cumplían sin cuestionar, ya que no obedecer, o desafiar una orden significaba que se estaba desafiando al emperador, y desafiar al emperador era castigado con la pena de muerte. Así que podemos confiadamente asumir, que el centurión era un hombre que ejercía gran autoridad, y conocía el significado de ella.

A pesar de que no existen muchos detalles acerca del centurión, lo que si podemos decir con cierto nivel de confianza, es que él seguramente desconocía la palabra de Dios; es decir, el centurión seguramente desconocía el contenido del Antiguo Testamento, donde se encuentran las revelaciones acerca del Señor. Pero a pesar de que este hombre seguramente desconocía la palabra de Dios, y la verdadera identidad de Jesucristo, él seguramente había escuchado informes de inteligencia militar acerca de Jesucristo [4], y basado en lo que había escuchado y/o leído, de cierta manera había iniciado a tener fe. Y él usó su experiencia militar, y su conocimiento acerca de la autoridad, para fortalecer su fe en este momento tan difícil que afrontaba. Así que con estos detalles en mente, continuemos con la predicación de hoy.

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Como les mencione al inicio, con frecuencia la fe es negativamente impactada por las circunstancias y situaciones que se presentan en nuestra vida cotidiana. La verdad de todo es que es bien fácil decir que confiamos en Dios cuando las cosas nos van bien, o como nosotros pensamos que deben ir. Pero, ¿qué sucede cuando las cosas no nos salen como pensábamos, o cuando se presentan dificultades? Lo que sucede con frecuencia es que nuestra fe flaquea, y es exactamente en ese momento que el enemigo de las almas comienza a susurrar en nuestros oídos, que Dios se ha olvidado de nosotros. Son en esos momentos que el enemigo trata de plantar en nuestra mente semilla de desobediencia, duda, rebeldía, y división.

¿Qué podemos hacer para evitar que el enemigo plante estas semillas en nuestra mente? Lo que tenemos que hacer es desarrollar una fe inmovible, una fe que no pueda ser afectada por las situaciones a nuestros alrededores; tenemos que desarrollar una fe genuina. ¿Cómo podemos desarrollar una fe genuina, y /o fortalecer nuestra fe? Podremos desarrollar una fe genuina y/o fortalecer nuestra fe siguiendo el ejemplo del centurión. Veamos ahora los tres pasos a seguir para desarrollar una fe genuina y/o fortalecer nuestra fe.

Número uno. Desarrollaremos una fe genuina, y/o fortaleceremos nuestra fe cuando aprendemos a completamente confiar en la bondad de Dios. Fíjense bien en lo que encontramos en los versículos que estamos estudiando hoy para que entiendan bien lo que les estoy diciendo; aquí encontramos que se nos dice: “…Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, 6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. 7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré…” Lo que tenemos que mantener en mente es que el centurión no era parte del pueblo de Dios; recordemos que él era un gentil. Pero aun peor de eso, el centurión era un oficial en el ejército de ocupación romano. Pero lo más interesante de todo, es que este hombre de alguna manera había desarrollado una confianza absoluta en el Señor. Despierta al que tienes a tu lado y dile: el centurión tenía fe.

La fe que este hombre tenía en el Señor, fue lo que permitió que este hombre pudiera romper la división cultural que existía (la cultura romana y la cultura judía eran muy diferentes). La fe en que el Señor era el único capaz de sanar a su siervo, fue lo único que permitió que este hombre rompiera la división espiritual que existía entre ellos, (recordemos que los romanos creían en numerosos dioses a quienes le tenían fe). La fe en que el Señor era el único capaz de sanar a su siervo, fue lo que permitió que este hombre pudiese deshacerse de su orgullo, y acercarse a Dios. Así que el primer paso para desarrollar una fe genuina, y/o para fortalecer nuestra fe, es hacer como el centurión. Tenemos que romper las barreras de divisiones y rebeldía que el enemigo ha creado, y tenemos que completamente confiar en Dios, su palabra, y su bondad. Despierta al que tienes a tu lado y dile: confía en el testimonio de Jesucristo.

Número dos. Podemos desarrollar, o fortalecer nuestra fe, cuando nos acercamos a Dios con humildad, en vez de haciendo demandas. Fíjense bien en lo que sucedió para que entiendan bien lo que les digo: “…Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará…” Como podemos claramente ver, a pesar de que el centurión era un hombre poderoso y que sus órdenes no podían ser desafiadas por nadie, él no uso su poderío militar para tratar de intimidar u ordenar al Señor. El centurión se acerco al Señor con humildad. Y desdichadamente, la humildad es algo que en muchas ocasiones carece en las oraciones de muchos. Digo esto porque con frecuencia nos acercamos a Dios demandando, en vez de implorando, y aquí existe un gran peligro.

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