Hoy deseo que examinemos uno de los milagros que el Señor hizo, el cual contiene un fuerte mensaje para la iglesia de hoy, acerca de la gratitud. La razón por la que deseo predicar acerca de este tema, es porque existen muchos cristianos que han caído enredados en las trampas del enemigo (costumbres, tradiciones, religión), y se les ha olvidado, o completamente desconocen, que ser agradecidos es un mandato, y no una sugerencia [1].

Así que hoy les expondré un mensaje que quizás algunos encuentren un poco fuerte, ya que estaremos hablando acerca del pecado muy común que existe en la vida de un buen número de creyentes.

Ahora bien, cuando se habla acerca del pecado, lo que primero llega a la mente de las personas son los diez mandamientos. Y es exactamente por esa razón que existen muchos cristianos que piensan que no pecan; el diablo les mantiene convencidos de que porque no son idólatras, asesinos, adúlteros, ladrones, mentirosos, etc. etc., están libres de pecado.

Pero desdichadamente, esta no es la verdad, ya que pecar no es solamente romper los diez mandamientos, sino que es dejar de hacer el bien [2]. Y, ¿qué es hacer el bien? Hacer el bien es permitir ser guiados por la palabra de Dios; hacer el bien es permitir que el Espíritu Santo guíe nuestros pasos; hacer el bien es someternos a la voluntad de Dios, y no esperar que Dios se someta a la nuestra. Es por eso que digo que uno de los pecados frecuentemente cometido por los creyentes, y que pasa desapercibido es la ingratitud. ¿Por qué digo esto?

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Les digo que la ingratitud es un pecado frecuentemente cometido por los creyentes porque cuando nos analizamos, es decir, cuando tomamos el tiempo de meditar en nuestra vida, todos descubriremos que desde que aceptamos al Señor, Él ha hecho y continúa haciendo grandes cosas en nuestra vida. Desde que le dimos control al Señor de nuestro corazón y nuestra vida, Él nos ha cambiado por completo [3], y no somos ni una sombra de quiénes éramos. ¿Cuántos pueden decir amén?

Y la realidad es que deberíamos siempre darle gracias a Dios por este cambio, y por la redención de pecado que Cristo nos entrego, pero tristemente este no es el caso. La realidad es que la mayoría de los cristianos hoy en día, ni tan siquiera oran dándole gracias a Dios por los alimentos antes de comer. La ingratitud es un pecado comúnmente cometido, el cual todo cristiano puede evitar. Pasemos ahora a la Palabra de Dios y exploremos el problema de la ingratitud.

Lucas 17:11-19Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. 12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos 13 y alzaron la voz, diciendo: !!Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! 14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. 15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, 16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. 17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? 18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? 19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

Sé que todos aquí hemos escuchado hablar acerca de la lepra, sé que todo cristiano que ha leído la palabra de Dios esta consciente de esta horrorosa enfermedad, pero creo que no todos están completamente conscientes de la magnitud de esta aflicción. Y la razón principal por esto es porque en nuestros días, esta enfermedad es muy fuera de lo común. Pero para que podamos tener un mejor entendimiento de lo que estaba sucediendo en este momento en la historia, debemos tener un mejor conocimiento de la magnitud de esta aflicción.

La lepra era la enfermedad más temida en tiempos bíblicos, ya que desarrollar esta enfermedad era peor que recibir una condena de muerte. La razón por la que digo que era peor que recibir una condena de muerte, es porque en cuanto aparecían los primeros síntomas de la aflicción, la ley dictaba que la persona fuese echada del resto de la población, y se le prohibía contacto alguno con alguien que estuviese sano [4].

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Así que podemos confiadamente decir que la persona infectada no solo sufriría el horrible padecimiento físico que produce esta enfermedad, sino que también tendría que atravesar por el sufrimiento psicológico de ser rechazado por su propia familia y la sociedad.

Una persona afligida por la lepra, estaba condenada a sufrir una muerte larga y agonizante. Pero, ¿qué es la lepra? Para que logremos tener un mejor entendimiento del sufrimiento que esta enfermedad causa, examinemos brevemente como esta enfermedad se desarrolla en las personas.

La lepra inicia con pequeños crecimientos en los párpados y las palmas de las manos. Después se va regando gradualmente por el cuerpo, y destiñe el pelo hasta quedar blando. La enfermedad causa que salgan como tipo de escamas en la piel, que se convierten en inflamaciones y llagas dolorosas. Pero la enfermedad no se detiene ahí; la infección se come la piel y la carne hasta llegar al hueso, así que según progresa, va pudriendo el cuerpo miembro por miembro. Como les dije, es una horrorosa y dolorosa enfermedad, y es por eso que era tan temida.

El pueblo de ese entonces creía que la lepra era un castigo de Dios, así que ellos consideraban que solo Dios podía sanar a alguien que sufriera de esta aflicción. Esto es algo que queda bien reflejado en la reacción del rey de Israel cuando recibió la carta del rey de Siria, pidiéndole que sanara al general Naamán, como encontramos en 2 Reyes 5:7 cuando leemos: “…Luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí…”

Los leprosos eran considerados personas física y espiritualmente sucias, y es debido a esto que ellos tenían leyes bien estrictas en cuanto a los que sufrían de esta enfermedad. Para los que deseen conocer más acerca de las leyes que existían, les invito a que lean el libro de Levítico capítulos 13 y 14.

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Una de estas leyes dictaba que una persona leprosa no se podía ni tan siquiera acercar a otros; los afligidos tenían que permanecer a por lo menos seis pies de otras personas en todo momento. Como les mencione previamente, los leprosos no podían vivir cerca de otras personas, y definitivamente no podían vivir dentro de las paredes de una ciudad.

Los leprosos eran desterrados y repudiados por todos, incluyendo sus propios seres queridos y familia. Teniendo ya un mejor entendimiento de la magnitud de esta enfermedad, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

Así que aquí tenemos al Señor que se encontraba en camino a Jerusalén, y vemos como estos diez hombres leprosos le salieron al encuentro clamando misericordia. Ellos dijeron: “…!!Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!..” Ahora bien, si hacemos una comparación entre estos diez hombres y nosotros, pronto encontraremos que no existe mucha diferencia.

La razón por la que digo esto, es porque cuando nosotros primero llegamos a los caminos del Señor, nosotros sufríamos de una aflicción peor o tan grande como la de ellos. Antes de llegar al Señor, todos estábamos llenos de las dolorosas llagas que causa el mundo, las cuales nos tenían frustrados, decepcionados, deprimidos, y angustiados.

No estamos hablando de llagas físicas, sino que estamos hablando de llagas espirituales y emocionales. Y cuando llegamos a la presencia del Señor, hicimos igual que estos diez leprosos. Al igual que estos leprosos, nosotros clamamos pidiendo Su misericordia.

Al igual que Él hizo con estos diez hombres, Él nos demostró Su amor y misericordia, y recibimos la sanidad espiritual que tanto anhelábamos. Ese vacío que sentíamos, en un instante quedó lleno de Su santa y divina presencia, y el Espíritu Santo comenzó a hacer morada en nosotros.

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