El discipulado

Cómo Vivir el Verdadero Discipulado

Predicas Cristianas Prédica de Hoy: Cómo Vivir el Verdadero Discipulado

© José R. Hernández, Pastor
El Nuevo Pacto, Hialeah, FL. (1999-2019)

Predicas Cristianas

Predicas Cristianas Lectura Bíblica: Marcos 8:34-35

Introducción

Hoy deseo enfocar un llamado importante. Hoy vamos a hablar de lo que es el discipulado. Un llamado que Jesús nos hace a cada uno de nosotros. ¿Han considerado alguna vez qué significa realmente seguir a Jesús? No es simplemente caminar detrás de Él, sino cargar con algo más profundo.

Cargar con nuestra cruz cada día. ¿Pero qué implica esto para nosotros en la vida diaria? Hoy exploraremos el verdadero discipulado, un camino de entrega y sacrificio. Un camino que nos lleva hacia la verdadera libertad y plenitud en Cristo. Un discipulado que desafía, que transforma y que nos lleva a vivir de manera auténtica nuestra fe. Abramos nuestros corazones a esta enseñanza, que es tan relevante hoy como lo fue hace dos mil años.

Este profundo llamado a cargar con nuestra cruz nos introduce al primer paso esencial del discipulado: la renuncia a uno mismo.

I. El discipulado: La Necesidad de Negarse a Sí Mismo (vers. 34a)

En el camino del discipulado, el primer paso es negarse a sí mismo. Es un acto de valentía y humildad. ¿Alguna vez han sentido el llamado de dejar algo por seguir un camino mejor? Eso es negarse a sí mismo. No se trata de perder, sino de ganar; ganar la vida que Jesús promete.

Como el grano de trigo que muere para dar fruto, nosotros dejamos atrás lo viejo para recibir lo nuevo. En cada decisión que tomamos, en cada acción que emprendemos, está la oportunidad de elegir este camino.

Un camino que no busca el aplauso del mundo, sino la aprobación de Dios. Negarse a sí mismo es el principio de una vida llena de significado y propósito. Es aquí, en este acto de renuncia, donde comenzamos a entender el verdadero valor de seguir a Cristo.

Por ejemplo, negarse a sí mismo puede ser tan simple como ceder nuestro tiempo libre para ayudar a un vecino en necesidad, o tan desafiante como cambiar de carrera para alinear mejor nuestras vidas con los valores del evangelio. Puede significar apagar el televisor para pasar tiempo en oración o elegir el perdón en lugar de la venganza en situaciones difíciles.

El camino del discipulado empieza con un llamado al sacrificio. Este sacrificio no es solo dejar cosas materiales; es una entrega del corazón. ¿Han sentido la necesidad de dar algo valioso por amor a Cristo? Eso es el sacrificio que nos acerca a Dios. Al sacrificar nuestros deseos por seguir los pasos de Jesús, encontramos una comunión más profunda con Él.

Nos enseñó que el mayor acto de amor es dar la vida por los amigos [1]. Ese amor sacrificial es el que nos impulsa a vivir no para nosotros mismos, sino para aquel que dio todo por nosotros. Cada renuncia es un eco de la voz de Jesús, que resuena en nuestras decisiones diarias. Y con cada paso que damos en sacrificio, nos preparamos para llevar nuestra cruz con dignidad y propósito.

Llevar nuestra cruz cada día puede manifestarse al enfrentar con paciencia y amor los desafíos familiares, al resistir la tentación de seguir la corriente popular que va en contra de nuestras creencias, o al ofrecer consuelo y comprensión a quienes nos rodean, incluso cuando nosotros mismos nos enfrentamos a pruebas.

b. Prioridades Reorientadas en el Discipulado

Al sacrificar, nuestras prioridades inevitablemente se reorientan. Lo que antes parecía importante ahora pierde su brillo ante la luz de la eternidad. Nos recordamos de aquel que dijo que donde esté nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón [2].

Nuestros tesoros ya no son de este mundo, sino del Reino de Dios. Al reorientar nuestras prioridades, dejamos que Dios forme nuestros deseos y metas. Esto puede significar cambiar de rumbo en nuestra vida, dejando atrás lo que no construye espiritualmente.

Estas nuevas prioridades nos llevan a vivir una vida que refleja los valores del evangelio, una vida que brilla como una luz en medio de la oscuridad, atrayendo a otros hacia la verdad.

c. La Libertad en la Rendición

La libertad verdadera se encuentra en la rendición a Dios. Cuando soltamos nuestras cargas y las entregamos a Cristo, experimentamos un alivio que el mundo no puede ofrecer. Él nos invita a ir a Él los que estamos trabajados y cargados, y promete darnos descanso [3].

Al rendirnos, nuestras cadenas se rompen y nuestras cargas se alivian. Esta libertad no es pasividad, sino una activa dependencia de Dios. Vivir para Él nos libera de las expectativas y presiones del mundo. En esta libertad, encontramos la paz que sobrepasa todo entendimiento, esa paz que guardará nuestros corazones y mentes en Cristo Jesús [4].

d. Identidad Redefinida

Finalmente, al negarnos a nosotros mismos, encontramos nuestra verdadera identidad. Ya no definidos por el mundo, sino por Cristo, somos nuevas criaturas; lo viejo ha pasado, he aquí todas las cosas son hechas nuevas [5]. Esta nueva identidad es liberadora, nos despoja de las etiquetas que el mundo pone sobre nosotros y nos viste con dignidad y propósito.

En Cristo, somos más que vencedores, capaces de enfrentar cualquier desafío con la certeza de que nada nos puede separar de su amor [6]. Con esta identidad redefinida, estamos listos para llevar nuestra cruz, siguiendo los pasos de nuestro Maestro, sabiendo que cada carga que llevamos es ligera comparada con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse [7].

Con esta nueva identidad, fuerte y clara, estamos ahora preparados para abrazar el segundo paso del discipulado: el acto valiente de cargar con nuestra cruz cada día.

II. La Importancia de Cargar con la Cruz (vers. 34b)

El segundo paso del discipulado es cargar con nuestra cruz. ¿Qué cruz tienen ustedes hoy? Puede ser una dificultad, una responsabilidad o una lucha interna. Cargar con la cruz es aceptar y enfrentar estos retos, no solo con resignación, sino con esperanza y fe.

Cargar nuestra cruz es un acto de fidelidad y valentía. Refleja nuestro compromiso con Cristo y muestra al mundo a quién seguimos. ¿No dijo Jesús que quien no toma su cruz y sigue tras Él, no es digno de Él? [8]. Cada día nos enfrentamos a desafíos que ponen a prueba nuestra devoción.

En esos momentos, recordamos que no estamos solos; Cristo nos precedió, llevando su propia cruz hasta el Calvario. Al cargar con la cruz, nos identificamos con su sufrimiento y amor, y esta identificación nos transforma. Se nos promete que si sufrimos con Él, también reinaremos con Él [9]. Así, nuestra cruz se convierte en un testimonio vivo de nuestra fe, un emblema que llevamos no solo en palabras, sino en cada acto de amor y servicio.

a. La Cruz Diaria en el Discipulado

La cruz que cargamos cada día puede tomar muchas formas: la paciencia en la adversidad, la perseverancia en la oración, la fidelidad en nuestras relaciones. No es una cruz de condenación, sino una de redención.

Llevarla requiere que neguemos nuestros deseos egoístas y que vivamos en obediencia a Dios. Al hacerlo, reflejamos la luz de Cristo a aquellos en la oscuridad, siendo sal y luz en el mundo [10]. Aceptamos esta cruz diaria no como una carga pesada, sino como el yugo suave y la carga ligera que Cristo prometió [11]. En cada carga, encontramos la dulzura de la comunión con Dios y la certeza de su gracia suficiente.

b. El Valor del Sacrificio

El sacrificio tiene valor incalculable en el reino de Dios. Jesús, quien dio su vida como rescate por muchos, nos llama a vivir una vida de entrega [12]. Este sacrificio no es en vano; es una inversión en el reino eterno.

Al sacrificar nuestros deseos, nuestro tiempo, incluso nuestras comodidades, nos alineamos con los valores del evangelio. Este sacrificio nos purifica, nos refina como el oro en el fuego, y nos prepara para ser instrumentos útiles para nuestro Señor [13]. En cada acto de sacrificio, demostramos que nuestra fe es real y nuestra esperanza está puesta en algo más grande que esta vida.

c. El Compromiso de Seguir

El compromiso de seguir a Jesús es diario y requiere determinación. Cada mañana, al despertar, decidimos tomar nuestra cruz, recordando que Jesús es el camino, la verdad y la vida [14]. Seguirlo significa que cada paso que damos es guiado por su Palabra y su Espíritu.

No es una elección de un solo momento en la vida, sino una serie de decisiones que tomamos a lo largo del día. Este compromiso nos lleva a actuar con justicia, a amar la misericordia y a andar humildemente con nuestro Dios [15]. En cada decisión de seguir a Jesús, nos movemos más cerca del propósito para el cual fuimos creados.

d. La Solidaridad en el Sufrimiento

La cruz que llevamos nos une en la solidaridad con Cristo y con nuestros hermanos y hermanas en la fe. No estamos solos en nuestro sufrimiento; como cuerpo de Cristo, compartimos las cargas los unos de los otros [16]. Encontramos consuelo en saber que Cristo fue tentado en todo, pero sin pecado, y por lo tanto, puede compadecerse de nuestras debilidades [17].

Nuestro sufrimiento compartido crea una comunidad de fe que se apoya mutuamente, que crece junta y que se fortalece en el amor de Dios. Al final de cada día, sabemos que nuestra labor en el Señor no es en vano [18]. Y con esta seguridad, avanzamos hacia la perspectiva de la vida eterna, llevando con gozo las marcas de Cristo en nuestras vidas.

Esta unión en el sufrimiento y el apoyo mutuo en nuestras luchas nos llevan a mirar más allá del horizonte temporal, hacia la promesa divina que es el tercer pilar del discipulado: la perspectiva de la vida eterna.

III. La Perspectiva de la Vida Eterna (vers. 35)

El tercer paso es mantener la perspectiva de la vida eterna. Mirar hacia la eternidad cambia nuestra perspectiva sobre la vida actual. Al contemplar la promesa de la vida eterna, entendemos que cualquier sufrimiento presente es temporal y que una gloria incomparable nos espera [19].

Esta esperanza eterna nos impulsa a vivir con un propósito que trasciende el tiempo y las circunstancias. Nos da la fortaleza para enfrentar los retos diarios, sabiendo que cada acción tiene un eco en la eternidad. El discípulo no vive solo para el momento presente sino que invierte en el futuro con Dios.

Este vivir con la mirada puesta en la eternidad nos lleva a actuar de manera que agrade a Dios, recordando que nuestro trabajo en el Señor tiene un valor eterno [20]. Con cada paso que damos en fe, nos acercamos a la meta final: la presencia misma de Dios.

a. La Promesa de la Vida Eterna

La vida eterna no es simplemente una extensión de los años, sino una calidad de vida que comienza ahora y se extiende más allá de la muerte. Esta promesa nos da valor para enfrentar el presente, porque sabemos que nuestra esperanza está asegurada en Cristo [21]. En la vida eterna, no habrá más llanto, ni dolor; las cosas viejas pasarán [22].

Vivir con esta promesa en mente nos permite enfrentar la adversidad con un espíritu inquebrantable, sabiendo que la victoria ya ha sido ganada. Cada día es una oportunidad para vivir en esa victoria, reflejando el amor y la gracia que nos ha sido otorgada.

b. La Paradoja del Discipulado

El discipulado presenta una paradoja: encontramos nuestra vida al perderla por amor a Cristo [23]. Esta paradoja es el corazón del evangelio. Nos enseña que en la rendición hay victoria y que en la muerte hay vida.

Al abrazar esta verdad, nuestras vidas reflejan la narrativa redentora de la cruz y la resurrección. A través de nuestra disposición a perder por amor a Cristo, nos convertimos en testimonios vivientes de su poder transformador y su amor redentor.

c. El Valor de lo Eterno

En la economía de Dios, lo que es eterno tiene el mayor valor. Nuestras acciones, palabras y pensamientos tienen importancia eterna cuando se realizan en Cristo [24].

Este entendimiento nos lleva a vivir conscientemente, eligiendo lo que tiene valor duradero sobre lo que es temporal. Esta perspectiva nos libera de la tiranía de lo urgente y nos centra en la importancia de lo permanente. Vivimos, entonces, no solo para el hoy, sino también para el siempre con Dios.

d. La Visión del Reino

Mantener nuestros ojos en el reino de Dios nos ayuda a superar cualquier desafío. Sabemos que nuestra labor aquí es importante, pero es solo el preludio de lo que está por venir [25].

Trabajamos no solo para el presente, sino también para el futuro que Dios ha preparado para aquellos que lo aman [26]. Esta visión del reino nos motiva a vivir de manera sacrificial, generosa y con esperanza, sabiendo que cada acto de amor y cada gesto de bondad tiene un eco en la eternidad.

Para Concluir

Hoy nos hemos reunido aquí bajo el llamado del discipulado, un camino que Jesús nos ha marcado con claridad y amor. Hemos reflexionado sobre la necesidad de negarnos a nosotros mismos, la importancia de cargar con nuestra cruz y la perspectiva de la vida eterna. Estos no son simples conceptos teológicos, sino realidades vivas que deben impregnar cada aspecto de nuestra existencia.

Al negarnos a nosotros mismos, encontramos nuestra verdadera identidad en Cristo, no definida por el mundo, sino por la obra redentora de Jesús en la cruz. Al cargar con nuestra cruz diaria, mostramos al mundo a quién seguimos, no solo con palabras, sino con hechos de amor y sacrificio. Y al mantener la mirada en la promesa de la vida eterna, cada paso que damos aquí tiene un propósito y significado eternos.

Ahora, al salir de este lugar, llevamos con nosotros no solo el conocimiento de estas verdades, sino también el compromiso de vivirlas. Que cada día sea una oportunidad para demostrar que somos discípulos de Cristo, viviendo con la esperanza de la eternidad en nuestros corazones. Que nuestras vidas sean un reflejo de su amor, una luz en la oscuridad de este mundo y un testimonio de la gracia que se nos ha dado.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos nosotros, guiándonos y fortaleciéndonos en nuestro caminar. Y recordemos que en este caminar no estamos solos, sino que somos acompañados por una gran nube de testigos que nos han precedido, por nuestros hermanos y hermanas en la fe, y sobre todo, por el mismo Cristo, quien es el autor y consumador de nuestra fe.

Por lo tanto, hermanos y hermanas, sigamos adelante, no como aquellos que no tienen esperanza, sino como aquellos que saben que su labor en el Señor no es en vano. Sigamos adelante, llevando en nuestro corazón la promesa de que, aunque en este mundo tendremos aflicción, en Cristo somos más que vencedores. Sigamos adelante, comprometidos con el discipulado, hasta que lleguemos a la meta y recibamos la corona de vida que el Señor ha prometido a los que le aman.

Que este sermón no sea solo palabras que se lleva el viento, sino semillas que germinen en tierra fértil y produzcan fruto abundante para la gloria de Dios. Amén.

[1] Juan 15:13
[2] Mateo 6:21
[3] Mateo 11:28-30
[4] Filipenses 4:7
[5] 2 Corintios 5:17
[6] Romanos 8:37
[7] Romanos 8:18
[8] Mateo 10:38
[9] 2 Timoteo 2:12
[10] Mateo 5:13-14
[11] Mateo 11:30
[12] Marcos 10:45
[13] 2 Timoteo 2:21
[14] Juan 14:6
[15] Miqueas 6:8
[16] Gálatas 6:2
[17] Hebreos 4:15
[18] 1 Corintios 15:58
[19] Romanos 8:18
[20] 1 Corintios 15:58
[21] Tito 1:2
[22] Apocalipsis 21:4
[23] Marcos 8:35
[24] 1 Corintios 10:31
[25] Hebreos 12:1
[26] 1 Corintios 2:9

© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.

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