La Familia de Dios

La Familia de Dios

Predicas Cristianas Prédica de Hoy: La Familia de Dios

© José R. Hernández, Pastor
El Nuevo Pacto, Hialeah, FL. (1999-2019)

Predicas Cristianas

Predicas Cristianas Lectura Bíblica: Efesios 2:19-20

Introducción

Bendiciones, hoy reflexionaremos sobre un tema crucial: la familia de Dios. En los versículos que estamos explorando hoy apóstol Pablo nos revela una verdad profunda y transformadora sobre nuestra identidad en Cristo.

Este pasaje nos dice: «Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo«. Este mensaje nos invita a considerar quiénes somos en la familia de Dios y qué implica para nuestras vidas cotidianas y nuestra comunidad de fe.

Pablo escribe a los efesios con el propósito de unir y fortalecer a la iglesia. En un contexto de diversidad cultural y de división, la carta a los Efesios nos recuerda que, en Cristo, somos una sola familia.

Hoy, exploraremos tres puntos principales: nuestra identidad como miembros de la familia de Dios, la importancia del fundamento sobre el cual estamos edificados, y cómo esta verdad transforma nuestras relaciones y nuestra vida en la iglesia.

I. Nuestra Identidad como Miembros de la Familia de Dios

Pablo nos asegura que ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (vers. 19). Esta afirmación tiene profundas implicaciones. Nos dice que, en Cristo, somos integrados en una comunidad global y eterna. No estamos solos; pertenecemos a algo mucho más grande que nosotros mismos.

a. Conciudadanos de los Santos

Ser conciudadanos de los santos significa que compartimos una ciudadanía celestial con todos aquellos que han sido santificados por la fe en Cristo. Como lo expresa Pablo en otra parte de sus cartas, «nuestra ciudadanía está en los cielos» [1]. Esta ciudadanía nos otorga derechos y responsabilidades.

Como ciudadanos del cielo, debemos vivir conforme a los valores del Reino de Dios, mostrando amor, justicia y verdad en nuestras acciones diarias. Esta ciudadanía también nos da un sentido de pertenencia y propósito, sabiendo que somos parte de la familia de Dios y que tenemos un hogar eterno preparado para nosotros.

b. Miembros de la Familia de Dios

Como miembros de la familia de Dios, compartimos una relación íntima con nuestro Padre celestial y con nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Esta relación es tan cercana que en Romanos 8:15-17 se nos dice que hemos recibido «el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!«.

Esta adopción nos asegura que somos hijos e hijas de Dios, herederos con Cristo, y que podemos acercarnos a Dios con confianza y amor. Esta relación familiar nos insta a vivir en unidad, apoyándonos y edificándonos unos a otros en la fe. Nos llama a cuidar unos de otros, tal como una familia amorosa cuida a sus miembros.

c. De Extranjeros a Familia

Pablo enfatiza que ya no somos extranjeros ni advenedizos. Antes de conocer a Cristo, estábamos separados de Dios, sin esperanza y sin hogar espiritual. Pero ahora, por medio de la fe en Jesús, hemos sido reconciliados con Dios y acogidos en su familia.

Este cambio radical de estatus se menciona en 1 Pedro 2:10: «vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois pueblo de Dios«. Este cambio radical de estatus nos da una nueva identidad y un nuevo propósito. Nos recuerda que, independientemente de nuestro pasado, tenemos un lugar en la familia de Dios, y somos llamados a vivir como tales, reflejando el amor y la gracia de nuestro Padre celestial en todo lo que hacemos.

Aplicación

Entender nuestra identidad como miembros de la familia de Dios debe transformar nuestra manera de vivir. Debemos recordar que no estamos solos; somos parte de una comunidad global de creyentes. Esto nos llama a vivir en unidad y amor, apoyándonos mutuamente en tiempos de necesidad y celebrando juntos en tiempos de alegría.

En nuestras iglesias locales, debemos esforzarnos por crear ambientes acogedores y amorosos donde todos se sientan parte de la familia de Dios. Recordemos que nuestra ciudadanía celestial nos da un propósito y una esperanza eterna. Vivamos cada día reflejando los valores del Reino de Dios, mostrando amor, justicia y misericordia en todas nuestras interacciones.

II. La Importancia del Fundamento de Nuestra Fe

Pablo nos dice que somos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la principal piedra del ángulo (vers. 20). Este fundamento es esencial para nuestra estabilidad y crecimiento espiritual.

a. El Fundamento de los Apóstoles y Profetas

El fundamento de los apóstoles y profetas se refiere a la enseñanza y el testimonio de aquellos que primero proclamaron el evangelio. En 1 Corintios 3:11, el apóstol Pablo afirma que «nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo«.

La enseñanza de los apóstoles y profetas nos guía en la verdad y nos establece en la fe. Sus escritos, que conforman el Nuevo Testamento, son la base sobre la cual construimos nuestra vida espiritual. Al estudiar y aplicar estas enseñanzas, somos fortalecidos y edificados en nuestra fe. Este fundamento nos asegura que estamos arraigados en la verdad de Dios, y no en las cambiantes filosofías del mundo.

b. Jesucristo, la Piedra del Ángulo

Jesucristo es la piedra angular, la base sobre la cual toda la estructura de nuestra fe se sostiene. En Isaías 28:16, Dios dice: «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable«. Jesús es esa piedra preciosa y probada.

Su vida, muerte y resurrección son el fundamento seguro sobre el cual edificamos nuestra fe. Sin Cristo, nuestra fe no tiene sentido ni estabilidad. Él es la fuente de nuestra salvación y la base de nuestra esperanza. Como piedra angular, Jesús nos une y nos alinea en una comunidad de fe que trasciende tiempo y espacio.

c. Construyendo sobre un Fundamento Sólido

Construir sobre un fundamento sólido es crucial para nuestra vida espiritual. Jesús enseñó esto en Mateo 7:24-25, diciendo: «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca«.

Cuando nuestra vida está fundada en Cristo y en su enseñanza, podemos resistir las tormentas de la vida. Este fundamento sólido nos da seguridad y estabilidad, permitiéndonos crecer en nuestra fe y servir a Dios con confianza. Nos protege de ser arrastrados por las corrientes de falsas enseñanzas y nos permite permanecer firmes en la verdad.

Aplicación

Es vital que edifiquemos nuestra vida sobre el fundamento sólido de Cristo y su enseñanza. Debemos dedicar tiempo a estudiar la Biblia y aplicar sus verdades a nuestras vidas. Al hacerlo, fortalecemos nuestra fe y nuestra capacidad de enfrentar los desafíos de la vida.

En nuestras iglesias, debemos asegurarnos de que nuestras enseñanzas y prácticas estén alineadas con las Escrituras, construyendo una comunidad de fe que sea sólida y resistente. Recordemos que Jesús es la piedra angular de nuestra fe; confiemos en Él y sigamos su ejemplo en todo lo que hacemos.

III. Transformando Nuestras Relaciones en la Iglesia

Como miembros de la familia de Dios, nuestras relaciones deben reflejar el amor y la unidad que encontramos en Cristo. Es por eso que los versículos qu estamos explorando hoy nos llaman a vivir en armonía y a construir una comunidad basada en el amor y el respeto mutuo.

a. Amor y Unidad en la Iglesia

El amor y la unidad son esenciales para la salud y el crecimiento de la iglesia. Jesús nos da un mandamiento nuevo en Juan 13:34-35: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado«. Este amor sacrificial y desinteresado debe ser la marca distintiva de nuestras relaciones en la iglesia.

Al amarnos unos a otros como Cristo nos amó, mostramos al mundo la realidad del evangelio. La unidad también es crucial. Pablo nos exhorta en 1 Corintios 1:10 a «que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones». La unidad en la iglesia refleja la unidad de la Trinidad y fortalece nuestro testimonio al mundo.

b. Servirnos unos a Otros

Como miembros de la familia de Dios, estamos llamados a servirnos unos a otros con amor. Pablo, en Gálatas 5:13, nos instruye: «sírvanse por amor los unos a los otros«. El servicio mutuo es una expresión tangible del amor de Cristo.

Nos muestra que cada miembro de la iglesia es valioso y que todos tenemos un papel importante en el cuerpo de Cristo. Al servirnos unos a otros, fortalecemos nuestra comunidad y reflejamos el carácter de Cristo. Este servicio no siempre es fácil, pero es esencial para construir una iglesia fuerte y unida.

c. Perdón y Reconciliación

El perdón y la reconciliación son fundamentales para mantener la unidad en la iglesia. Es por eso que en Colosenses 3:13 se nos exhorta a «soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros«. El perdón es esencial para resolver conflictos y mantener la paz en nuestras relaciones.

Al perdonar como Cristo nos perdonó, demostramos el poder transformador del evangelio. La reconciliación también es crucial. Es por eso que en Mateo 5:23-24 el Señor nos enseña a reconciliarnos con nuestros hermanos antes de ofrecer nuestro sacrificio en el altar. Esto muestra la importancia de mantener relaciones saludables y restauradas en la iglesia.

Aplicación

Nuestras relaciones en la iglesia deben ser un reflejo del amor y la unidad que encontramos en Cristo. Debemos esforzarnos por amarnos unos a otros con el amor sacrificial de Jesús, sirviéndonos mutuamente y buscando la reconciliación cuando surgen conflictos.

En nuestras iglesias, cultivemos una cultura de amor y respeto, donde cada miembro se sienta valorado y apoyado. Al hacerlo, fortalecemos nuestro testimonio y construimos una comunidad de fe que honra a Dios.

Para concluir.

Hermanos y hermanas, hemos explorado la riqueza de nuestra identidad como miembros de la familia de Dios. Somos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, con Jesucristo como la piedra angular. Esta verdad transforma nuestra vida personal y nuestra vida en comunidad.

Recordemos que nuestra ciudadanía celestial nos llama a vivir conforme a los valores del Reino de Dios, mostrando amor, justicia y misericordia en nuestras acciones diarias. Como miembros de la familia de Dios, debemos vivir en unidad, apoyándonos y edificándonos unos a otros en la fe. Además, debemos asegurarnos de que nuestra vida y nuestra iglesia estén edificadas sobre el fundamento sólido de Cristo y su enseñanza.

Finalmente, nuestras relaciones en la iglesia deben reflejar el amor y la unidad que encontramos en Cristo. Debemos amarnos unos a otros con el amor sacrificial de Jesús, sirviéndonos mutuamente y buscando la reconciliación cuando surgen conflictos. Al hacerlo, fortalecemos nuestro testimonio y construimos una comunidad de fe que honra a Dios.

Que esta verdad nos inspire a vivir de manera que refleje nuestra identidad en Cristo, construyendo comunidades de fe que sean un testimonio vivo del amor y la gracia de Dios. Que el Señor nos dé la sabiduría y la fortaleza para vivir como verdaderos miembros de su familia, honrando su nombre en todo lo que hacemos. Amén.

© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.

[1] Filipenses 3:20

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