En estos territorios habitan gigantes que trataran de detenernos, y lucharan en contra nuestra y si no poseemos una fe inmovible, pronto nos encontraremos retrocediendo y no avanzando hacia las promesas de Dios. ¿Qué gigantes tenemos nosotros que derrotar? Ahora bien, la realidad es que nosotros no tenemos un ejército físico de gigantes al que tenemos que enfrentarnos, pero si existe un ejército de principados y potestades malignas que a diario tratan de desviarnos de la voluntad de Dios.

Esto es algo que queda bien claro en Efesios 6:12 cuando leemos: “…Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”

Así que cuando me refiero a los gigantes que tenemos que derrotar, les estoy hablando acerca de los poderes de las tinieblas que luchan sin descansar para tratar de detenernos.  ¿Cómo opera este ejército? El ejército del maligno opera influenciando a aquellos que nos rodean, y en ocasiones a nosotros mismos, con el propósito de afectar nuestra fe. ¿Qué gigantes tenemos nosotros que batallar y derrotar?

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Tenemos que derrotar el gigante de apatía. Este es el gigante que susurra a tu oído, no vayas hoy a la iglesia, estas cansado, duerme la mañana. Este es el gigante que trata de desalentarte para que no perseveres en la oración, y te susurra al oído, no pierdas tu tiempo, Dios no te escucha.

Tenemos que derrotar el gigante de temor. Este es el gigante que trata de detenerte para que no continúes marchando hacia adelante cumpliendo con la misión que Dios te ha entregado. Este es el gigante que te susurra al oído, tú no sabes, tú no puedes, ellos no quieren oír de Dios.

Tenemos que derrotar el gigante de depresión. Este es el gigante que trata de encerrarte en una prisión solitaria y oscura. Este es el gigante que susurra a tu oído, tú no sirves, nada de lo que haces tiene valor, ni lo intentes, tu esfuerzo es inútil, tu vida es un fracaso.

Existen tantos gigantes en el ejercito del maligno que sería imposible nombrarlos todos, pero creo que todos ya tienen una buena idea de hacia dónde me dirijo con todo esto. Los pocos que les he nombrado son divisiones dentro del ejército de las tinieblas, y trataran de influenciarnos y derrotarnos en todo momento, y quiero que se fijen bien que dije trataran.

Pero por mucho que traten, la realidad es que nunca lograran derrotar a un siervo fiel. Esto es algo que queda muy evidente en los versículos que estamos estudiando en el día de hoy. Ahora la pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo podemos nosotros desarrollar el mismo tipo de fe que demostró Caleb? Contestaré esta pregunta con una pequeña anécdota que escuché hace un tiempo atrás que me hizo reflexionar.

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Cuando la época del telégrafo era el método más rápido para difundir un mensaje a larga distancia, un joven solicitó trabajo como operador de código Morse. Él leyó un anuncio en el periódico y se dirigió a la dirección de la oficina que estaba en la lista.

Cuando llegó, entró en una oficina grande que estaba ocupada por un gran número de personas y había un gran bullicio, incluyendo el sonido del telégrafo en el fondo. Un letrero en la mesa de la recepcionista leía así: los que busquen empleo, favor de llenar la aplicación aquí debajo, y tome asiento hasta que sea llamado. El joven completó su aplicación y se sentó al lado de otros siete candidatos que estaban esperando.  Después de unos minutos, el joven se paró, atravesó la habitación, abrió la puerta de la oficina del director y entró.

Los otros siete candidatos se quedaron bien sorprendidos al ver esto, y comenzaron a murmurar entre ellos que el joven pronto sería echado de la oficina del director, ya que no le habían llamado. Sin embargo, dos minutos más tarde salió el director de la oficina y les dijo que todos se podían ir, y que la plaza de empleo vacante había sido llenada.

Todos los candidatos pronto protestaron y uno de ellos dijo: “Espera un minuto, yo no entiendo. Él fue el último en llegar, entró en su oficina sin ser llamado, y usted no estuvo ni dos minutos con él antes de darle el empleo, y a nosotros que hemos estado esperando aquí por largo tiempo ni siquiera nos permites una entrevista. Esto es una injusticia.

A lo que el director le contestó: “por las últimas tres horas, mientras que todos estaban sentados aquí, el telégrafo ha estado transmitiendo el siguiente mensaje: Si usted entiende este mensaje, parece y entre en mi oficina que el trabajo es suyo. Ninguno de ustedes escucho o entendió el mensaje, pero este joven sí; así que el trabajo es de él.”

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¿Cómo podemos nosotros desarrollar el mismo tipo de fe que demostró Caleb? Podemos hacerlo solo cuando estamos atentos y confiados de la Palabra de Dios. Una gran realidad es que a menudo nosotros estamos tan entretenidos con el bullicio de este mundo que no le prestamos atención o no escuchamos lo que Dios nos dice, y a consecuencia no recibimos las bellas y ricas promesas que Él tiene para nosotros. En ocasiones los gigantes desvían nuestra atención de lo que Dios nos dice, y a consecuencia cometemos cosas que desagradan a Dios.

Para concluir. En los versículos que estamos estudiando en el día de hoy leemos: “…Por tanto, Hebrón vino a ser heredad de Caleb hijo de Jefone cenezeo, hasta hoy, por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel…”

La Nueva Versión Internacional de la Biblia traduce este versículo de la siguiente forma: “…A partir de ese día Hebrón ha pertenecido al quenizita Caleb hijo de Jefone, porque fue fiel al Señor, Dios de Israel…” Como podemos ver, Caleb también recibió lo que Dios le había prometido.

Como les dije al inicio, Caleb no recibió lo que Dios le había prometido a la misma vez que Josué, y quizás no la haya recibido en el tiempo que él quería, ya que en este punto de la historia Caleb tenía ochenta y cinco años, pero lo importante de todo es que Dios cumplió Su Palabra.

¿Por qué fue que Caleb recibió la promesa que Dios le había hecho? Caleb recibió la promesa de Dios para con él porque Caleb “…fue fiel al Señor, Dios de Israel…”

A pesar de que habían pasado cuarenta y cinco años desde que Dios le había dado la promesa Caleb dijo: “…Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar…”

Ahora debemos reflexionar y preguntarnos: ¿contaba Caleb con la fortaleza física de un hombre de cuarenta años? ¿Fue la fortaleza física lo que motivo a este hombre a hacer esta declaración?

Yo creo que a la edad de ochenta y cinco años Caleb definitivamente no estaba contando con su fortaleza física al hacer esta declaración, sino que él contaba con su fortaleza espiritual. Caleb no contaba con su poderío físico, sino que contaba con el poder de Dios.

De lo que aconteció con Caleb aprendemos tres cosas muy importantes. Aprendemos que Dios recompensa una fe inmovible, una fe de todo corazón.

Aprendemos que nuestra fortaleza física no es lo que nos ayudará a derrotar y a conquistar; solo con el poder de Dios podremos vencer.

Y por último aprendemos que tenemos que esperar en el Señor. Es muy posible que no recibamos las promesas de Dios cuando nosotros las esperamos o deseamos, pero de algo que podemos estar bien seguros es que cuando le seguimos a Él con todo nuestro corazón, siempre las recibiremos.

Ahora las preguntas que quedan son: ¿posees tú este tipo de fe? ¿Puedes decir que te sientes tan fuerte hoy como te sentiste el día que aceptaste a Cristo, o has permitido que el bullicio de este mundo ahogue tu primer amor? Preguntas para reflexionar.

[1] Blue Letter Bible Lexicon

© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.

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