De los diez que fueron sanados, solo uno regreso a darle gracias. No solo esto, pero el único que regreso a darle gracias era un hombre que quizás era el más repudiado de todos ellos; este hombre era Samaritano; (Samaria era una ciudad de fe comprometida; en esta ciudad existía un templo de Dios, pero con frecuencia los moradores de esa ciudad admitían ídolos falsos en el templo. Los judíos ortodoxos no pisaban esa ciudad ni le dirigían la palabra a nadie de esa ciudad). Y en la acción de gracia de este hombre es donde comienza la lección que muchos creyentes tienen que aprender.

Digo esto porque los diez leprosos fueron bendecidos, y todos debieron estar agradecidos. Todos debieron regresar a Él y darle gracias por Su misericordia, pero solo uno regresó; los otros nueve continuaron su camino y se olvidaron de lo que Dios había hecho por ellos.

Aquí es donde existe el gran paralelo entre ellos y un gran número de creyentes, es decir la iglesia, (el Cuerpo de Cristo en su totalidad). Permítanme ilustrarles el punto que deseo hacer de otra manera para que entiendan bien lo que les digo.

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Cuando analizamos el papel de la iglesia en la sociedad, creo que todos aquí estaremos de acuerdo cuando digo que la iglesia es más o menos como un hospital. ¿Cómo así? Fácil, pensemos en la función de un hospital. Estoy seguro que ninguno de nosotros aquí hemos ingresado en un hospital sin tener una aflicción.

Estoy seguro que ninguno de nosotros aquí ingresó en un hospital sin estar sufriendo de una enfermedad que nos debilitó, al punto de necesitar ayuda inmediata y atención médica. Así que, si tuvimos que ingresar no fue sin razón, sino fue porque estábamos necesitados de intervención médica. Y una vez en el hospital comenzamos a recibir la atención médica que necesitábamos, y ¿qué sucede en la mayoría de los casos? Lo que sucede en la mayoría de los casos es que respondemos a los tratamientos médicos y comenzamos a sentirnos mejor.

Con cada día que pasa vamos recuperando las fuerzas, y eventualmente somos sanados y se nos da de alta. Un vez que esto sucede nos vamos del hospital y seguimos nuestro camino. Hemos quedado sanos así que no pensamos más en los médicos o en todas las personas que nos proveyeron la atención médica que necesitábamos. ¿Cuántos están comenzando a ver el paralelo que existe entre la iglesia y el hospital?

Al igual que los enfermos son ingresados en los hospitales, en la mayoría de los casos nosotros ingresamos en la iglesia porque estábamos gravemente enfermos. Digo esto porque en la mayoría de los casos, las personas llegan a la iglesia porque están débiles y deprimidos.

La mayoría de las personas llegan a la iglesia después de haber tratado otras soluciones a sus necesidades, pero que solo sirvieron para defraudarles, y hacerles caer en un estado peor. La mayoría de las personas llegan a los pies de Dios porque se encuentran en situaciones que no pueden resolver.

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Entonces llegan a los caminos del Señor tal como estos diez hombres, llegan llenos de llagas y profundas heridas. Llegan a los caminos del Señor tal como estos diez hombres, clamando misericordia y pidiendo ser sanados. Llegan ante los pies del Señor pidiendo ser liberado de los sufrimientos. ¿Qué sucede?

Lo que sucede es que tal como los hombres en estos versículos, la persona recibe instrucciones específicas de lo que se tiene que hacer para recibir la sanidad que tanto anhelaba. Digo esto porque estos hombres recibieron instrucciones específicas de lo que tenían que hacer para ser sanados; fíjense bien que Jesús les dijo: “…Id, mostraos a los sacerdotes…” Para recibir la sanidad ellos tuvieron que hacer algo; Jesús les envió a que siguieran la ley, y que fueran a mostrarle a los sacerdotes. Y al igual que ellos tuvieron que hacer lo que Jesús les ordenó, toda persona que llega a los caminos del Señor también recibe instrucciones específicas de lo que tiene que hacer.

Toda persona que llega a los caminos del Señor es llamada a cambiar por completo; toda persona que llega a los caminos del Señor es llamada a perseverar en la santidad. Esto es algo fácilmente encontrado en Levítico 11:45 cuando leemos: “…Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo…”; cuando logramos hacer esto, es decir, perseveramos en conducir una vida en santidad, entonces podemos ver el poder, majestad, y misericordia de Dios en nuestra vida. Dile a la persona que tienes a tu lado: persevera en la santidad.

¿Qué fue lo que causo que estos diez hombres recibieran la sanidad que necesitaban? Lo que causo que estos diez hombres fueran sanados en un instante fue su obediencia; fíjense bien como sucedió, la Palabra nos dice: “…Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados…” ¡Gloria a Dios!

El Señor en Su gran misericordia sano a estos hombres de su enfermedad. Ellos fueron grandemente bendecidos y fueron liberados de esa terrible aflicción, pero lo triste de todo esto es que aquí empezamos a ver el pecado desapercibido; en otras palabras la ingratitud del hombre.

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Los diez fueron sanados, los diez fueron bendecidos, pero solo uno regreso a darle gracias. Solo uno regreso a reconocerle, solo uno le dio gracias a Dios. Es por esa razón que Jesús dijo: “…Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado…” Hermanos, esto es algo que todos debemos tener muy en cuenta; no podemos ser personas de escasa memoria. Digo esto porque esto es lo que se ve muy a menudo en la iglesia.

A la iglesia llegan personas completamente destruidas, llegan personas llenas de aflicciones; llegan personas pidiendo la misericordia divina de nuestro Rey y Salvador, pero unas vez que la reciben, una vez que se recuperan, al igual que sucede con el hospital, no se les ve más.

Estamos hablando acerca de personas que no se dieron cuenta que hubo diáconos, ministros, y hermanos que estuvieron intercediendo por ellos en oración al Señor. Estamos hablando acerca de todas esas personas que al recibir las bendiciones Dios, han hecho igual que hicieron los nueve hombres en este pasaje. No regresaron a darle gracias a Dios, no regresaron reconociendo que solo por Su obra y gracia recibieron la bendición.

Es triste decirlo, pero con solo mirar a nuestro alrededor en este momento nos podemos dar cuenta que el pecado de la ingratitud abunda en el Pueblo de Dios de hoy. Digo esto porque si el hombre fuera realmente agradecido a Dios por todo lo que ha hecho y continúa haciendo, afuera de las iglesias hubiera grandes líneas para entrar al culto. ¿Por qué?

Porque, el Cristo que en aquel tiempo sanó a los leprosos y a otros enfermos tanto físicamente como espiritualmente es el mismo de hoy. El Cristo que en aquel tiempo sanó a los leprosos y a otros enfermos tanto físicamente como espiritualmente está presente entre nosotros para liberarnos, y sanar nuestras heridas.  

Para concluir. El cristiano fiel debe mantener estos versículos siempre muy en mente. Debemos mantener estos versículos siempre en mente porque no podemos ser como los nueve hombres en esta historia. Tenemos que recordar siempre que recibimos instrucciones específicas a seguir.

Tenemos que recordar que fuimos instruidos a ser diferentes, que fuimos llamados a conducir una vida santa. Tenemos que recordar que solo Dios nos pudo dar el descanso que tanto buscábamos, que solo Dios pudo sanar nuestras heridas.

No podemos dejar de demostrar nuestra gratitud a nuestro Rey y Salvador. ¿Cómo le podemos demostrar nuestra gratitud? Lo hacemos tal como hizo el hombre en esta historia. Lo hacemos congregándonos para alabar y bendecir su santo nombre.

No permitas que las influencias de esta vida te separen de la presencia de Dios. Como cristianos fieles, no podemos permitir que al pensar en nosotros el Señor quizás diga: “..¿dónde están?..”

[1] Diccionario de la Real Academia Española
[2] Easton’s Bible Dictionary.

© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.

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