¡Estamos en crisis! – Predicaciones Escritas

Predicas Cristianas

Predicas Cristianas Prédica de Hoy: ¡Estamos en crisis!

Introducción

Tradicionalmente hoy es el día cuando les predico acerca del día de Acción de Gracias (Thanksgiving), pero hoy voy a disentir de esta tradición. Hermanos les advierto desde ahora que el mensaje que les traigo en el día de hoy es bastante fuerte. Les advierto desde ahora que el mensaje que les traigo hoy no es para los débiles de corazón, y que quizás impacte a algunos, sino a todos grandemente. La razón por la que les traigo este mensaje es porque la iglesia de Cristo está en crisis. ¿Saben por qué digo esto?

Lo digo porque la mayoría de los cristianos han dejado de crecer espiritualmente. La mayoría de los cristianos se han acomodado tanto en pensar que su fe esta tan fuerte, que en cuanto a las cosas de Dios, no necesitan hacer nada más. La mayoría de los cristianos se han acomodado en la iglesia de tal manera que nadie desea asumir la responsabilidad que tenemos que asumir. ¿Por qué ha sucedido esto? Éste será el tema para nosotros en el día de hoy.

Pasemos ahora a la Palabra de Dios.

Éxodo 20:1-3 – Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: 2Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. 3No tendrás dioses ajenos delante de mí.

Hoy no les voy a proveer detalles históricos, que quizás algunos encuentren aburridos. No lo haré porque yo estoy completamente seguro que todos aquí saben muy bien que el versículo tres es el Primer Mandamiento. Y es exactamente este mandamiento que muchos ignoran, o han dejado de cumplir. E ignorar el Primer Mandamiento es la razón por la que digo que la iglesia de hoy está en crisis. ¿Por qué muchos ignoran o han dejado de cumplir este mandamiento?

La respuesta a esta pregunta es fácilmente encontrada aquí cuando leemos: “…Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: 2Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre…” Tal parece que a muchos se les ha olvidado de dónde, y cómo Dios les sacó de la servidumbre al mismísimo diablo.

Y esto no es nada nuevo, ya que el mismo pueblo que Dios liberó de las manos opresoras del Faraón, traicionó a Dios. Estamos hablando de un pueblo que presencio, y que vivió las señales de su grandeza, poder, y justica[1]. Estamos hablando de un pueblo que permitió que Satanás borrara de su mente lo que Dios había hecho, y estaba haciendo por ellos[2].

Un pueblo que permitió que Satanás les cegara a las promesas que Dios le hizo a Abraham, a Isaac, y a Jacobo[3]. Un pueblo que escogió ignorar que Dios dijo: “…Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, 8y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel…” (Éxodo 3:7-8).

Un pueblo que en cuanto perdió de vista a Moisés por unos instantes, se hizo un becerro de oro para adorarle, y para reconocerle como el dios que le había liberado de las manos del Faraón[4]. Y al igual que este pueblo, a muchos hoy en día se les ha olvidado lo que Dios ha hecho, y continúa haciendo en su vida.

A muchos se les ha olvidado lo que el apóstol Pablo dijo en Romanos 6:17-18 cuando leemos: “…Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia…”

Hermanos, cuando vivíamos en el mundo éramos esclavos del diablo, o como mejor lo dice Pablo, del dios de este siglo. ¿Por qué sucede esto? La respuesta a esta pregunta queda bien clara en 2 Corintios 4:4 cuando leemos: “…en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios…” Y quizás algunos ya estén pensando: yo no soy incrédulo, yo creo en Dios. Pero si has pensado así, permíteme hacerte una pregunta. ¿Sabías que el sinónimo de incrédulo es desconfiado?

Y es por esta misma razón que hace mucho tiempo he venido reiterando en casi toda predicación, que tenemos que aprender a confiar en Dios absolutamente. ¿Por qué es esto tan importante? La razón es simple, y la encontramos en Salmos 118:8 cuando leemos: “…Mejor es confiar en Jehová Que confiar en el hombre…”

¿Por qué tenemos que dejar de confiar en el hombre, y esto incluye nuestros propios pensamientos? Nuevamente, la repuesta a esta pregunta es fácilmente encontrada en Proverbios 16:25 cuando leemos: “…Hay camino que parece derecho al hombre, Pero su fin es camino de muerte…” Sin embargo: “…Justo es Jehová en todos sus caminos, Y misericordioso en todas sus obras…” (Salmos 145:17). Dile a la persona que tienes a tu lado: confía en Dios.

¿Qué sucede cuando no depositamos toda nuestra confianza en Dios?

Lo que sucede es exactamente lo que encontramos en Santiago 1:6que nos habla acerca de cómo deben ser nuestras oraciones cuando leemos: “…porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra…” cuando no aprendemos a confiar en Dios absolutamente, entonces se nos hará muy, pero muy fácil confundir la tentación con la bendición. Continuemos ahora para que entiendan bien lo que les digo.

El Primer Mandamiento nos dice: “…No tendrás dioses ajenos delante de mí…” Y estoy seguro que todos aquí se están diciendo, yo no tengo otros dioses. Pero examinemos la palabra dioses un poco más de cerca para determinar si esto es verdad. La palabra dioses viene de la palabra Hebrea “elohiym” [pronunciada: “e-lo-jim”] que en el plural intensivo – uso singular significa “el Dios verdadero”. Sin embargo, tal como se utiliza aquí en plural, significa: “los gobernantes, los jueces”[5].

Así que de esto podemos entender que no es que nos hayamos hecho una figura de madera, cerámica, y/o de piedra a la cual le rendimos homenaje o culto, sino que podemos entender que un dios ajeno es todo aquello que ponemos por encima del Todopoderoso. Así que ahora pregunto, ¿qué gobierna tu vida? ¿Qué has puesto tú delante de Dios?

¿Qué toma prioridad en tu vida?

Permítanme unas ilustraciones de dioses ajenos en la vida de muchos.

La arrogancia que es un sinónimo de soberbia, y que es definido de esta forma: “1. Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. 2. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás”[6]. ¿Por qué digo que esto es un dios en la vida de muchos?

Lo digo porque existen muchos que se dejan dominar o gobernar por su arrogancia. Existen muchos que se piensan más santos que el santísimo, y que su arrogancia no les permite reconocer que no son mejores que nadie. Aquí nadie es santo, aquí nadie es perfecto, aquí nadie es mejor que otro.

Todos perseveramos hacia la santidad, porque como todos sabemos que: “…sin la cual nadie verá al Señor…” (Hebreos 12:14), pero ninguno de nosotros hemos alcanzado el nivel de perfección. Sin embargo, cuando pretendemos haberlo alcanzado entonces hacemos de Dios un mentiroso ya que su palabra claramente nos dice: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…” (Romanos 3:23).

Y quiero que nos fijemos que aquí nos dice: “todos” y no algunos. La arrogancia produce impaciencia, la impaciencia produce contienda, y la contienda produce enemistad y división. Al mismo tiempo la arrogancia produce contención al detener tu crecimiento y relación con Dios, y a su vez impide el crecimiento y relación con Dios de aquellos que te rodean.

La falta de constancia. ¿Por qué digo que esto es un dios ajeno? Lo digo porque la falta de constancia en ocasiones, o mejor dicho, en toda ocasión, gobernará a quien realmente somos. Quiero que nos fijemos bien en lo que encontramos en Santiago 5:12para que entiendan bien el punto hacia donde deseo llevarles; aquí leemos: “…que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación…”

Estas palabras forman parte de cómo Santiago insiste en que tenemos que demostrar paciencia y orar. Pero como dice el refrán, “a buen entendedor pocas palabras bastan”. ¿Qué les quiero decir con esto? Lo que les quiero decir es que si verdaderamente nos llamamos cristianos, entonces no podemos ser cristianos parte del tiempo.

Si le hemos dicho que sí a Cristo, entonces ahora no podemos decirle quizás. Si le hemos dicho que sí a Cristo, tenemos que demostrarlo en todo aspecto de nuestra vida, y especialmente en la congregación que es el lugar donde venimos a alabar y bendecir su nombre.

¿Por qué nos reunimos para alabar y bendecir su nombre? Lo hacemos porque estamos llamados a hacerlo. Esto es fácilmente encontrado en Hebreos 10:24-25 cuando leemos: “…Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; 25no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca…”

Pero la falta de constancia en tu vida cristiana producirá que te dé lo mismo una cosa que otra. La falta de constancia en tu vida será la que producirá que tu amor por la obra de Dios se enfríe de tal manera, que aun cuando asistas a los servicios, no recibas nada, sino que solo oigas un discurso.

Tu amor se enfriará de tal manera que quizás llegues a pensar y a decirte: “este siempre está hablando de lo mismo; todo eso yo lo sé, así que no tengo porqué asistir constantemente a los servicios”. Pero si has pensado así, reflexiona en el primer dios ajeno que mencione; la arrogancia.

La falta de convicción. ¿Por qué digo que esto es un dios ajeno? Lo digo porque si no tenemos convicción de que lo que hacemos siempre debe ser para agradar a Dios, entonces somos gobernados por los deseos de la carne, y no guiados por el Espíritu Santo.

¿De qué tenemos que estar convencidos?

Tenemos que estar convencidos de que Dios nos habla, y revela todo a través de su Palabra. Tenemos que estar convencidos de que Dios desea que escuchemos su mensaje, y lo más importante de todo; que lo pongamos en obra en nuestra vida. Tenemos que estar convencidos de que Dios sabe exactamente lo que necesitamos, y que nos cuida.

Tenemos que recibir convicción de que Dios espera y demanda mucho más de nosotros de lo que realmente hacemos. Pero si no recibimos convicción de estas cosas, entonces se nos hará muy fácil confundir la tentación con la bendición. Por ejemplo; te invitan a participar de un evento prestigioso, un evento que quizás te ayude a subir en posición social, pero que comienza a la misma hora que el servicio de la iglesia.

Quizás pienses, esto tiene que ser que Dios me lo ha puesto para prosperarme; pero ahora pregunto, ¿bendición, o tentación? ¿Qué pondrás por delante, el evento o alabar a tu Rey y Salvador y escuchar el mensaje de Dios? Preguntas para reflexionar.

Entre muchos de los problemas que están causando la crisis en la iglesia de hoy está la falta de convicción acerca de la alabanza a Dios. Tal parece que a muchos se les ha olvidado lo que encontramos en Salmos 116:16-18 cuando leemos: “…Oh Jehová, ciertamente yo soy tu siervo, Siervo tuyo soy, hijo de tu sierva; Tú has roto mis prisiones. 17Te ofreceré sacrificio de alabanza, E invocaré el nombre de Jehová….”

Y también en Hebreos 13:14-15que nos dice: “…porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir. 15Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre…”

Y porque a muchos se les ha olvidado, o no han reconocido, la importancia de alabar a Dios es que vemos que llegan a los servicios constantemente tarde; llegan cuando es justo el tiempo de la predicación, o quizás uno o dos minutos antes. ¿Por qué son las alabanzas tan imprescindibles en nuestra vida? La respuesta a esta pregunta es fácilmente encontrada en Salmos 22:3 cuando leemos: “…Pero tú eres santo, Tú que habitas entre las alabanzas de Israel…” Dile a la persona que tienes a tu lado: Dios habita en medio de las alabanzas.

Algo que les he dicho en otra ocasión es que la alabanza a Dios cumple dos propósitos: número uno; le rinde todo honor, y gloria al merecedor de todo honor y gloria. Número dos; hace que de nuestra mente huya toda influencia maligna, hace que de nuestro alrededor huya toda potestad y poder de las tinieblas. En otras palabras, las alabanzas son las que preparan nuestro corazón para que podamos escuchar, y apreciar el mensaje de Dios. Cuando el pueblo del Señor alaba a Dios, lo imposible se hace realidad, y lo inalcanzable es fácilmente logrado.

Le pido disculpas si alguien se ha ofendido con esta predicación, les puedo asegurar que esa no fue mi intención. Mi intención ha sido que todos reflexionemos en nuestra conducta, convicción, y carácter.

Mi intención ha sido que todos aquí lleguemos a orar como oró Moisés después del incidente del becerro de oro, y que le digamos a Dios: “…Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos…” (Éxodo 33:13). Debemos y tenemos que orarle a Dios que nos muestre el camino que debiéramos andar.

Recuerda que todo lo que pongas por delante de Dios, ése es el dios a quien sirves. Y yo no sé ustedes, “…pero yo y mi casa serviremos a Jehová…” (Josué 24:15).

[1] Éxodo 7:14-25; Éxodo 8; Éxodo 9; Éxodo 10; Éxodo 11
[2] Éxodo 13:21-22
[3] Génesis 12:3; 13:14-15; 17:7-8; 26:4; 28:14.
[4] Éxodo 32:1-8
[5] Blue Letter Bible Lexicon
[6] Diccionario de la Real Academia Española

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