La semana pasada les predique acerca de las razones por las que muchos asisten a la iglesia. Y durante esa predicación les mencione que existen muchos que asisten a la iglesia por motivos equivocados; en otras palabras, en busca de bendiciones, milagros, etc.

Como aprendimos, estas cosas nunca pueden ser lo que nos motiva a asistir a la iglesia, sino que tenemos que asistir a la iglesia porque genuinamente deseamos entrar en comunión con Dios, y alabar Su santo nombre.  En otras palabras, asistimos a la iglesia para llegar ante Su presencia arrepentidos de nuestros pecados, y buscar Su gracia, poder, y misericordia.

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Hermanos, y cuando hacemos esto, algo grandioso sucederá en nuestra vida. Así que manteniendo en mente la predicación de la semana pasada, hoy deseo que estudiemos acerca del regalo grandioso que se nos ha entregado, pero que la mayoría de los cristianos no saben que lo tienen, o quizás no sepan su verdadero propósito y significado.

Antes de pasar a la lectura de la palabra del día de hoy, permítanme hacerles una pregunta.  ¿Te han regalado algo alguna vez que no has sabido lo que hacer con él?  Les hablo de algo que mientras más lo miras, menos sabes qué hacer con él.  Les hago esta pregunta porque la realidad del caso es que en ocasiones recibimos regalos un poco extraños; regalos que no sabemos que vamos hacer con ellos, o donde los vamos a poner.  ¿No es así?

Ahora hablemos acerca de algo muy diferente, hablemos del fuego.  El fuego es algo fascinante.  Los niños hablan de ser bomberos; cuando oímos que un lugar esta ardiendo, vamos a verlo; en una noche de invierno nos gusta el calor que emite, etc. Ya sé que muchos están tratando de hacer una conexión entre el fuego y un regalo extraño.  Ya sé que muchos se están preguntado ¿por qué les he dicho estas cosas?

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Pero permítanme contestar esa pregunta con una que quizás los confunda más; ¿te han regalado fuego alguna vez?  Quizás respondes que no, y si te lo regalaran seguramente estarías fascinado. Pero te digo en esta noche, que a todos aquí se nos ha regalado ¡FUEGO! ¿No me lo creen? Bueno, pues busquemos ahora en la palabra de Dios, para encontrar el fuego del que deseo hablarles hoy.

Hechos 2:1-13Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un mismo lugar. 2 Y de repente vino un estruendo del cielo, como si soplara un viento violento, y llenó toda la casa donde estaban sentados. 3 Entonces aparecieron, repartidas entre ellos, lenguas como de fuego, y se asentaron sobre cada uno de ellos. 4 Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, como el Espíritu les daba que hablaran. 5 En Jerusalén habitaban judíos, hombres piadosos de todas las naciones debajo del cielo. 6 Cuando se produjo este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confundidos porque cada uno les oía hablar en su propio idioma. 7 Estaban atónitos y asombrados, y decían: —Miren, ¿no son galileos todos estos que hablan? 8 ¿Cómo, pues, oímos nosotros cada uno en nuestro idioma en que nacimos? 9 Partos, medos, elamitas; habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, 10 de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia más allá de Cirene; forasteros romanos, tanto judíos como prosélitos; 11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestros propios idiomas los grandes hechos de Dios. 12 Todos estaban atónitos y perplejos, y se decían unos a otros: —¿Qué quiere decir esto? 13 Pero otros, burlándose, decían: —Están llenos de vino nuevo. (RVA-2015)

Como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un pequeño repaso de historia.  Primeramente, examinemos la palabra “Pentecostés;”  ¿cuántos conocen el significado de esta palabra?

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Muchos piensan que esta palabra solo marca el día cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre el hombre, pero esta manera de pensar no es completamente correcta.  Esta palabra viene de la palabra Griega πεντηκοστή (pronunciada: pénte-cós-téi), cuya definición es: “el quincuagésimo día” (the fiftieth day) – La segunda de las tres grandes fiestas judías, que se celebra anualmente en Jerusalén, la séptima semana después de la Pascua, en agradecido reconocimiento por la cosecha completada [1]. Así que como podemos apreciar, esta palabra es el nombre de una celebración judía, cual es observada cincuenta días después de la celebración de la Pascua (día cuando Dios hirió al pueblo de Egipto con la ultima plaga [2]).

Así que como podemos observar, el día de Pentecostés no es solo y exclusivamente el nombre del día cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre el hombre, sino que es el segundo de los tres grandes banquetes judíos, celebrado en Jerusalén anualmente, la séptima semana después de la “Pascua,” en reconocimiento de agradecimiento a Dios por la cosecha terminada.  Pero, ¿por qué escogió el Señor este día en específico para cumplir su promesa?

La razón exacta no es conocida, pero seguramente fue porque este era un día cuando el pueblo judío demostraba su obediencia a Dios. Jesucristo seguramente escogió este día para derramar el fuego del Espíritu Santo sobre los hombres, porque Él sabía que habrían muchos reunidos según Dios había mandado [3].  Manteniendo estos breves detalles en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

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Lo primero que vemos en los versículos que estamos examinando hoy, es que ellos estaban reunidos en obediencia a lo que Jesús les había instruido; ellos estaban reunidos confiando que recibirían la promesa del Padre.  Esto es algo que queda bien declarado en Hechos 1:4-5 cuando leemos: “…Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperaran el cumplimiento de la promesa del Padre, “de la cual me oyeron hablar; 5 porque Juan, a la verdad, bautizó en agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo después de no muchos días” (RVA-2015). 

Pero como esto sería algo completamente nuevo, ellos en realidad no entendían exactamente lo que esto significaba.  De igual manera, existe un gran grupo de creyentes que no entienden muy bien este regalo.  No entienden bien que el fuego del Espíritu Santo no es algo que sucedió solamente en ese entonces; sino que esta siempre presente en nuestra vida, y tenemos que cuidar que nada lo apague [4].

Algo que le sucede a muchos, es que con frecuencia permitimos que el diablo venga y apague el fuego.  Estoy seguro que no tengo que decirles esto, pero el diablo es el mejor bombero del mundo. Pero para que este fuego que vive en nosotros pueda ser un fuego consumidor, para que este fuego pueda destruir toda obra del enemigo, el fuego tiene que ser alimentado.  ¿Qué les quiero decir con esto?

Reflexionemos por un momento en lo que es un fuego; cuando pensamos un poco en el asunto, todos llegaremos a la misma conclusión. Un fuego necesita dos elementos esenciales, necesita oxigeno, y algún tipo de combustible.  Cuando no hay oxigeno el fuego se apaga, y si no hay algún tipo de combustible (gasolina, carbón, madera, etc.) no existe nada que arda.  Pero ¿por qué les digo esto?

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Les digo esto porque el fuego del Espíritu Santo no es muy diferente al fuego que todos conocemos.  El fuego del Espíritu Santo necesita oxígeno, y combustible.  ¿Qué son estos dos elementos en la vida de un cristiano?  El oxigeno que el fuego del Espíritu Santo necesita es la palabra de Dios; y su combustible es nuestra completa dependencia en las promesas de Dios.  Y la palabra de Dios es más poderosa que todos los poderes de las tinieblas combinados [5].  ¿Qué tan poderosa es?

Continuando leemos: “…Y de repente vino un estruendo del cielo, como si soplara un viento violento, y llenó toda la casa donde estaban sentados. 3 Entonces aparecieron, repartidas entre ellos, lenguas como de fuego, y se asentaron sobre cada uno de ellos…”  (verss. 2-3).

Como podemos apreciar, aquí leemos que ellos oyeron un gran estruendo; ahora detengámonos aquí por un momento y analicemos bien esta señal.  Imaginémonos lo que ellos vieron y sintieron; de repente fue como un huracán o tornado, pero nada se movió, no hubo destrucción alguna.  No se movieron ni las hojas de los árboles.  Dile a la persona que tienes a tu lado: Dios se manifestó de manera espectacular.

Imaginémonos esta escena; todos miraron a su alrededor observando lo que estaba aconteciendo, y vieron que asentado encima de cada uno había un fuego.  El fuego no quemaba, no se movía, pero había un fuego.  Continuando leemos: “…Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, como el Espíritu les daba que hablaran...” (vers. 4). Dile a la persona que tienes a tu lado: hablaron en lenguas.