Una cosa que he repetido en varias ocasiones es que seguir a Dios y guardar Su palabra no es fácil.  Digo que no es fácil porque como les dije la semana pasada, hoy en día las personas no quieren escuchar la verdad de Dios.

Como les mencione la semana pasada, hoy en día las mentiras y falsas doctrinas tienen a un gran número de cristianos engañados, y el resto, es decir los que viven en el mundo, desean eliminar a Dios de la mente de las personas y de la historia.

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El mundo quiere hacernos creer que la existencia de Dios es un mito, o superstición anticuada, y que no tiene lugar en la sociedad moderna. Y es debido a esto que de mil personas que le hablemos acerca de la verdad de Dios, quizás uno escuche.

Pero no obstante lo desalentador que esto pueda sonar, nosotros no podemos abandonar nuestra misión, sino tenemos que aumentar nuestro esfuerzo.  Pero la realidad es que cuando aumentamos nuestro esfuerzo, cuando realmente nos mantenemos fiel a la palabra de Dios, y seguimos el camino que Él ha trazado para nosotros, en casi toda ocasión esto producirá consecuencias negativas de parte del mundo, y estas consecuencias afectaran no solamente nuestra vida, sino también la vida de aquellos que nos rodean.

Pero no obstante lo que pueda suceder, nosotros tenemos que mantenernos fiel a Dios y seguir Su camino.  Así que en el día de hoy deseo que estudiemos un acontecimiento histórico que nos ayudara a entender la necesidad de mantenernos fiel a la palabra de Dios, y las consecuencias que nuestra fidelidad puede producir en nuestra vida.

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Hoy estaremos explorando un día en la vida del profeta Jeremías, según encontramos Jeremías 38:1-10.  Debido a que el tiempo que compartimos es limitado, no les leeré todos los versículos, sino les leeré los versículos claves que sirven para ilustrarle los puntos que deseo hacer.  Pero si les pido que lean todos los versículos durante su tiempo de meditación en la palabra de Dios.  Pasemos ahora a nuestro estudio de hoy.

Antes de entrar en el tema, y para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy,  nos será necesario hacer un breve repaso de historia.  Así que conozcamos mejor a este hombre llamado Jeremías.

Jeremías nació durante tiempos bien difíciles; eran tiempos cuando la apostasía, la idolatría, y los rituales paganos florecían en el pueblo de Dios, y Dios estaba un poco cansado de todo [1].  Esto es algo que queda claramente ilustrado en Jeremías 17:1-4 cuando leemos: “El pecado de Judá escrito está con cincel de hierro y con punta de diamante; esculpido está en la tabla de su corazón, y en los cuernos de sus altares, 2 mientras sus hijos se acuerdan de sus altares y de sus imágenes de Asera, que están junto a los árboles frondosos y en los collados altos, 3 sobre las montañas y sobre el campo. Todos tus tesoros entregaré al pillaje por el pecado de tus lugares altos en todo tu territorio. 4 Y perderás la heredad que yo te di, y te haré servir a tus enemigos en tierra que no conociste; porque fuego habéis encendido en mi furor, que para siempre arderá…”

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Jeremías le ministro a este pueblo por un periodo de más de cuarenta años, y le toco vivir durante lo que serían los últimos días del reino de Judá.  En este punto de la historia, Judá tenía un bloqueo militar a su alrededor, y tenían al ejército de Babilonia a las puertas.  El ejército de Babilonia había bloqueado la ciudad, y este bloqueo había durado por un periodo de más o menos dos años.

Usemos nuestra imaginación, e imaginémonos lo que está aconteciendo durante el relato que encontramos en Jeremías 38:1-10.  La ciudad estaba aislada del mundo, las rutas comerciales estaban bloqueadas, la comida estaba disminuyendo, el pueblo se encontraba irritado y atormentado, el pueblo no tenía ánimo de nada, y como si todo esto no fuese poco, aquí tenemos a Jeremías predicando lo que podía fácilmente ser interpretado como un mensaje de traición.  Pero, ¿predicaba Jeremías la traición?

Si miramos esto a través de nuestros ojos, es decir, los ojos del hombre, entonces contestaremos que sí; pero la respuesta en actualidad es un fuerte y redondo ¡NO!  Digo que la respuesta es no porque Jeremías no estaba hablando sus palabras, Jeremías hablaba lo que Dios le mandaba [2]; Jeremías solo declaraba la verdad de Dios.  Manteniendo estos breves detalles en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

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Los mensajes que Jeremías les estaba trayendo no eran populares y alentadores.  No eran mensajes de “todo está bien, piensa positivamente” que todos desean escuchar.  Los mensajes de Jeremías revelaban el pecado de una generación rebelde, y les llamaba al arrepentimiento.  Y una gran verdad acerca de la palabra de Dios es que los mensajes no siempre son populares y/o aceptados.

Definitivamente esto fue lo que sucedió en este caso, ya que el mensaje que él estaba llevando fue visto como un mensaje de traición, y es por eso que vemos que le querían matar.  Pero lo importante a notar aquí, es que el punto de vista del hombre no detuvo a este varón de Dios.

Jeremías no permitió que nada le detuviera o amedrentara. 

¿Por qué fue que nada pudo detenerlo o amedrentarlo?  La razón es fácil, Jeremías sabía que Dios estaba con él.  Desdichadamente no todo creyente tiene este tipo de convicción [3], y es por eso que vemos como muchos se aguantan de hablar la verdad de Dios.  Y les voy a decir algo, esto no es algo que solamente se aplica a los creyentes, sino que se aplica a muchos ministros, pastores, y líderes en el cuerpo de Cristo.

Digo esto porque existen muchos que no predican la verdad de Dios porque en ocasiones, la verdad de Dios duele. En ocasiones, la verdad de Dios es difícil de aceptar, y como todos nosotros, y todo cristiano fiel sabe, declarar la verdad de Dios causara que perdamos amistades, y familiares, y hasta puede causar que se vacié una congregación.  Pero no obstante las circunstancias o consecuencias que la verdad de Dios pueda producir, la verdad de Dios tiene que ser predicada, y tiene que prevalecer siempre.

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Una de mis películas favoritas es “Algunos hombres buenos” (A few good men), y mi escena favorita es cuando el abogado defensor está interrogando al coronel durante el juicio y le dijo “yo quiero saber la verdad,”  y el coronel le respondió “usted no puede aguantar  la verdad.”

Y hoy en día las personas están de la misma manera; las personas no quieren aceptar la verdad de Dios, sino que como les dije la semana pasada, aceptan un evangelio diferente, y prefieren creer en los mitos, falsas promesas, y doctrinas de hombre.

Pero manteniendo nuestra atención en los acontecimientos mundiales, nada de esto nos debe sorprender, ya que todo esto se nos fue advertido con anticipación [4].  Pero no obstante lo que las personas deseen escuchar, como siervos fieles de Dios, nada nos debe detener de predicar Su verdad.