La semana pasada hablamos acerca de las condiciones en la que se encuentra el mundo de hoy, y tocamos brevemente el tema de las falsas doctrinas que son propagadas. Y como pudimos observar, cuando permitimos ser influenciados por esos conceptos y/o doctrinas, entonces nos alejamos de Dios.

En otras palabras, somos sutilmente conducidos fuera de la voluntad de Dios. Pero ahora debemos preguntarnos,  ¿por qué es que tantos cristianos caen enredados en esta trampa del enemigo? Yo diría que la razón principal por ello, es porque por naturaleza, todos nosotros tendemos a ser personas impacientes. Como he repetido en numerosas ocasiones, la mayoría de nosotros no queremos las cosas hoy, sino las queremos ayer.

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Y como he predicado en otras ocasiones, la impaciencia siempre nos conducirá a que contemplemos, o que le demos cabida a las influencias de los poderes de las tinieblas, y que cedamos a las tentaciones. Y es exactamente por esa razón, que no es fuera de lo común escuchar como muchos suelen decir “el diablo me hizo hacerlo”, cuando sale a la luz alguna mala acción.

Pero, ahora debemos reflexionar en esto y hacernos dos preguntas. ¿Tiene el diablo este poder y autoridad?  ¿Puede el diablo obligarnos a hacer el mal?  Estas son las preguntas que estaremos analizando en el día de hoy; hoy encontraremos no solo las respuestas a estas preguntas sino también la formula de cómo podemos ser victoriosos sobre la tentación.  Pasemos ahora a la palabra de Dios.

Santiago 1:13-16Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. 16 Amados hermanos míos, no erréis.

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 Lo primero que vemos aquí es una confirmación de algo que muchos de nosotros ya sabemos, y esto es que la tentación es algo que abunda en esta vida, y es algo que le llega a toda persona sin excepción.  Esto es algo que queda bien reflejado aquí cuando leemos: “…Cuando alguno es tentado…”.  Fíjense bien que aquí no dice si alguno es tentado, aquí dice cuando alguno es tentado.  Esto nos deja saber con claridad que no existe excepción, todos seremos tentados a hacer el mal, o a separarnos de la presencia de Dios.

Lo que sucede con frecuencia es que cuando se habla acerca de hacer el mal, la mayoría de las personas inmediatamente solo piensan en los diez mandamientos.  La mayoría de las personas piensan en matar, robar, adulterio, y demás.

La mayoría de las personas no piensan en cosas como la avaricia, la inmoralidad, las drogas, el alcohol, la envidia, el engaño, los celos, herejías, y las impurezas. En otras palabras, acciones y/o sentimientos que nos separan de la presencia y voluntad de Dios [1]. Y la realidad es que nada de esto que les acabo de mencionar nos acercara a Dios, sino que son cosas que solo sirven para apartarnos de Su presencia.  Y es exactamente por eso que en Colosenses 3:5-6 encontramos que se nos dice: “…Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; 6 cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia…“.

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La realidad es que es imposible cubrir todas las tentaciones que existen, y esto es debido a que la tentación es algo muy personal.  Digo que es algo muy personal porque lo que alguien aquí puede considerar como una gran tentación, o algo que no se puede resistir, para otros será algo fácilmente vencido.  Esto es algo que sucede porque no todos vemos las cosas de la misma manera, y no todos tenemos los mismos impulsos o necesidades.

Si queremos obtener la victoria sobre la tentación, lo primero que tenemos que saber es el origen de ella.

El problema que existe, es que muchas personas no saben discernir entre la prueba y la tentación. Pero la realidad del caso es que existe una gran diferencia entre ambas cosas.  Como he predicado en otras ocasiones, Dios prueba nuestra fe y nuestro corazón [2]. Pero la prueba no puede ser confundida con la tentación. ¿Cómo podemos diferenciar entre la prueba, y la tentación?  Esto es algo que podemos lograr fácilmente ya que:

La prueba cumple el propósito de Dios, fíjense bien como esto queda bien reflejado en 1 Pedro 1:7 cuando leemos: “…para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo…”  En otras palabras, la prueba refina nuestra fe.  La prueba cumple el propósito de revelarnos el área donde podamos estar débiles, y a través de ellas aprendemos de nuestros errores.

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La tentación busca apartarnos de la presencia de Dios.  La tentación solo tiene un origen, y esto es algo que queda bien declarado aquí en los versículos que estamos estudiando hoy.  Fíjense bien como lo dijo Santiago cuando leemos: “…porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie….”.   La tentación tiene su origen en los poderes de las tinieblas, y su único propósito es hacernos pecar; y cuando cedemos a ella, entonces somos apartados de la presencia de Dios.

Fíjense bien como esto queda bien declarado en Isaías 59:2 cuando leemos: “…pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír…”.

Ahora lo que debemos preguntarnos es, ¿tienen los poderes de las tinieblas la autoridad y potestad de hacernos pecar? 

¿Es el diablo responsable por todas nuestras tentaciones? Las respuestas a ambas preguntas es un absoluto ¡NO!  Como he dicho en otras predicaciones, al diablo se le esta dando mucho mas mérito de lo que merece.  Digo esto porque existen muchos cristianos que piensan que él es responsable por todas las tentaciones que llegan a nuestra vida. Pero pensar de esta manera no es algo completamente correcto.  Pero ahora debemos preguntarnos, ¿por qué es que tantos piensan de esta manera?

La razón por la que tantos piensan de esta manera, es porque es más fácil culpar a otros por nuestros errores, que asumir la responsabilidad de ellos.  Esta manera de actuar y pensar es algo que aprendimos bien temprano en nuestra vida. Reflexionemos ahora en nuestra niñez por un breve instante, para ver si lo que les digo es verdad.  ¿Se acuerda alguien aquí de haber hecho algo malo cuando era un chico? ¿Algo que sabíamos que seriamos castigados por haberlo hecho?

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Estoy seguro que todos aquí nos podemos acordar de por lo menos un incidente, cuando tratamos de cubrir nuestros errores y culpamos a otros.  Me recuerdo de un incidente que sucedió hace ya muchos años atrás con mi hija, cuando una de sus maestras nos envió una nota diciendo que le había tenido que llamar la atención, porque estaba hablando en clase.

Cuando mi esposa y yo le preguntamos acerca de esta mala conducta, ella trató de explicarnos que no había sido su culpa, sino que era la culpa de su amiguita que le estaba hablando.  En otras palabras, porque ella sabía que esta conducta no sería aceptada por nosotros, ella inmediatamente apunto su dedo a otros.