Introducción

El evangelio de la prosperidad es una doctrina que ha tomado auge durante las últimas décadas, especialmente, desde los 80. Cientos de Iglesias en Estados Unidos, África, y Latinoamérica, han abrazado fuertemente esta doctrina. Entre ellas, muchas iglesias liberales, evangélicas y pentecostales.

Una de las características de esta doctrina son los cientos y miles de seguidores en todo el mundo, especialmente en el occidente. Este es un evangelio muy popular y llamativo para las personas. ¿Por qué se ha convertido en algo tan popular?

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Se ha convertido en algo tan popular porque promete dinero, riquezas, propiedad y salud sin límites, si solo tienes fe. Es por eso que tanto ricos como pobres, y más los de clase media, son atraídos por estas enseñanzas. Después de todo, ¿quién no quiere prosperidad en su vida?

Sin embargo, cómo veremos en este estudio bíblico, esta es una falsa doctrina que ha desviado a muchos de la verdad. Esta doctrina ha causado que la gente busque a Cristo solo por interés, y no por verdadera fe. Además, sus propios líderes tuercen el evangelio, con el propósito de hacerse más populares y ganar más dinero. Pero veamos que nos dice la Biblia sobre todo esto. Descubramos los problemas que existen en esta doctrina.

1. La declaración positiva 

Una de las enseñanzas más populares de esta falsa enseñanza es que todo lo que declares con tu boca será recibido. Si tú lo reclamas, lo decretas y lo afirmas con suficiente fe, entonces será tuyo. Esto es algo que lo basan en la palabras del Señor  encontradas en Marcos 11:23 cuando dijo: “Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.” Así que, según esta doctrina, debemos declarar con fe que queremos más riquezas, autos nuevos, y yates, y Dios nos lo dará, pero solo si tenemos suficiente fe.

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Sin embargo, esto es completamente contrario a lo que enseña la palabra de Dios. En primer lugar, si todo lo que “digamos” se hará, entonces Dios no gobierna el mundo, sino nosotros. Pero la realidad es que nosotros no podemos cambiar las circunstancias por más que declaremos.

Ud. puede afirmar un millón de veces, con fe, que quiere ser una rana, pero la realidad es que no por eso le saldrán anclas. Dios es el único gobernante del mundo, y el único que al decir algo se cumple [1].  Decir que los hombres podemos hacer eso es una blasfemia, porque es igual a decir que somos iguales a Dios.

Por otro lado, ¿qué pasaría si realmente todos recibiéramos todo lo que pedimos? Les puedo decir que ¡todo sería un desastre! Es contradictorio, confuso e imposible. No todos podemos tener lo que queremos, sencillamente porque no podemos. Y la principal razón es que Dios gobierna con sabiduría, y da, y quita con razones que a veces son ocultas para nosotros.

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Un ejemplo, Dios le puede quitar un puesto de trabajo muy importante a una persona, para que pueda buscar más de Su reino y atender a su familia. Esto puede suceder porque quizás esta persona estaba tan concentrada en esa posición, que había desatendido a su familia, y su relación con Dios. Entonces, Dios le quita esa posición para su propio bien. Pero bajo la suposición de la doctrina de la prosperidad, Dios te dará ese trabajo o posición por amor, a pesar de que ese le cueste la familia y su alma.

2. Materialismo

El segundo problema de esta postura es su amor profundo a las cosas materiales. Básicamente, este evangelio se centra en las riquezas, propiedades y salud. Dios no está interesado en tu alma, en tu vida espiritual o en tu salvación. ¡No señor! Pero según ellos, Dios quiere que tú estés bien, y pongas tu corazón en aumentar tus riquezas, y en tener muchas cosas materiales.

Sin embargo, la palabra de Dios nos dice todo lo contrario. Primero, la principal característica de los falsos maestros es el uso del cristianismo para enriquecerse. Esto es algo que podemos ver claramente ilustrado en las palabras del apóstol Pablo encontradas en 1 Timoteo 6:8-10. Segundo, el Señor claramente dice que lo más importante en esta vida no son las riquezas materiales, sino las espirituales. Nuevamente esto es algo que podemos ver claramente declarado por el Señor en Mateo 6:19-24.

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Es más, el Señor dice que una búsqueda excesiva de las cosas materiales es avaricia [2]. Es por eso que el Señor Jesús es claro en que no podemos servir a Dios, mientras las riquezas sean nuestro foco principal [3].

De hecho, es por eso que la palabra de Dios nos dice que debemos agradarnos con lo que tenemos [4]. También que no nos esforcemos mucho por estas cosas, sino que primero busquemos el reino de los cielos [5]. La realidad es que si no abandonamos el amor a las riquezas, no podemos entrar al reino de los cielos [6]. Claramente, aquí hay una obvia oposición entre la enseñanza bíblica, y la del evangelio de la prosperidad. Una te dice: “pide a Dios más riquezas”, mientras otra dice: “conténtate con lo que tienes”. Una dice: “Dios quiere hacerte próspero”, mientras la otra: “buscad el reino de Dios y estas serán añadidas”.

3. Pactar con Dios

Otra cosa que enseña este supuesto “evangelio” es que nosotros podemos pactar con Dios. Según ellos, la relación entre Dios y el hombre es como una relación de negocios. Tu inviertes dinero mediante la ofrenda, y Dios te promete triplicar tu inversión. Es muy común escuchar como sus predicadores dicen cosas como: “Pacta con Dios”, o “Dale a Dios, y Dios te triplicará lo que tienes”.

Sin embargo, esto obviamente pasa por alto varias doctrinas bíblicas. En primer lugar, no podemos pactar o negociar con Dios, porque todo le pertenece a Él. En la oración del rey David, se demuestra que nuestras ofrendas es devolverle a Dios le que pertenece [7]. Nosotros damos de lo que hemos recibido de Él, no hay ningún “negocio” o “pacto” entre Dios y el hombre.

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Por otro lado, esta doctrina también pasa por alto que todo lo que tenemos es parte de la gracia de Dios, algo que no lo merecemos. En 1 Corintios 4:7, Pablo dice que todo lo que tenemos lo recibimos de Dios. Y que por lo tanto, no tenemos nada de qué gloriarnos.

Así que la realidad es, que no podemos negociar nada con Dios, porque todo lo tenemos por gracia. ¿Quién puede decirle a Dios que le dará algo para recibir algo cambio? ¡Todo lo recibimos por gracia! ¡Nadie puede negociar con Dios!