Quiero comenzar el día de hoy con una ilustración que recibí a través del Internet hace un tiempo atrás.

Había una competencia de alpinistas, y había este hombre que su único deseo en la vida era ganar esta competencia. Todos empezaron en la mañana a la misma vez, y comenzaron a escalar la faz de esta grande y helada montaña. Según fue pasando el tiempo y anocheciendo, los concursantes se detuvieron y acamparon. Pero este hombre no se detuvo, él estaba determinado a ganar la competencia.

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Era una noche tan oscura que no se veía la luna ni las estrellas, pero este hombre continuaba ascendiendo. De pronto el hombre resbaló y comenzó a caer. Cuando resbaló, él estaba casi en la cima, estaba a más de diez mil pies de altura, pero ahora estaba cayendo incontrolablemente.

De repente sintió que su descenso paro abruptamente, y sintió un gran dolor alrededor de su cintura, y dio con gran fuerza contra el lado de la montaña fracturando algunos de sus huesos.

Después que pasaron algunos minutos y se pudo recuperar un poco, entonces se dio cuenta de lo que había sucedido. La cuerda, mosquetones, y arnés (componentes principales de seguridad para alpinistas), habían detenido que cayera contra el suelo.

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Pero aunque no había caído por completo, este hombre se encontraba en una situación grave. Estaba herido, adolorido, y suspendido por la cuerda que le sostenía, expuesto a los elementos.

Trato de moverse, pero no pudo hacer nada, el dolor era mucho, y fue en ese momento que se dio cuenta que no podría sobrevivir la noche. Fue entonces que a gran voz clamó a Dios diciendo: Jesús, sálvame para que no muera, sé que solo tú puedes ayudarme.

Un instante después se escuchó una voz del cielo que le dijo: ¿realmente crees que te puedo salvar? A lo que el hombre respondió, si, lo creo. ¿Confías en mi?, dijo el Señor. Nuevamente el alpinista respondió: sí Señor, confío en ti absolutamente. A lo que el Señor le respondió: corta la cuerda que te sostiene.

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Aconteció que el cadáver congelado del alpinista fue encontrado en la mañana, colgando de la cuerda sostenida desde el pico de la montaña, a solo un pie de altura del suelo. ¿Confías en Dios? Hoy vamos a enfocar nuestro estudio bíblico acerca lo que es confiar. ¿Dónde verdaderamente descansa nuestra confianza? Comencemos ahora con la predicación de hoy.

Jeremías 17:5-10Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. 6 Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada. 7 Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. 8 Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto. 9 Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? 10 Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.

Algo que he repetido durante el tiempo que llevo ministrando es que todos tenemos que aprender a confiar en Dios. La razón principal por la que he repetido este tema en otras predicaciones y estudios bíblicos, es porque el bienestar del cristiano depende del nivel de nuestra confianza en Dios.

El bienestar de los cristianos no depende de nuestra propia habilidad y fuerza; el bienestar, es decir, la victoria sobre los problemas y situaciones que se presentan a diario en nuestra vida depende del nivel de nuestra confianza en Dios.

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El problema que existe es que a muchos de nosotros se nos hace difícil, confiar en cosas que no podemos físicamente ver y tocar. Y debido a que tendemos a confiar más en lo físico, entonces tendemos a confiar más en nuestra fuerza y habilidad, y se nos hace difícil confiar en el poder de Dios. Pero si nos encontramos en esta situación, escuchemos lo que el Señor nos dice en el día de hoy.

La palabra de Dios nos dice: “…Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. 6 Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada…”

Como podemos apreciar, el Señor uso palabra fuertes cuando se dirigió al pueblo de ese entonces, pero estas mismas palabras le sirven a todo cristiano que aun no ha aprendido, o que aun no confía completamente en Dios. ¿Por qué digo esto?

Lo digo porque en este versículo vemos que el Señor nos advierte que es posible vivir en maldición, la cual destruye nuestra vida. Ahora, no vayan a malinterpretar lo que les acabo de decir; Dios no desea maldecirnos [1], pero si demanda arrepentimiento [2].

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La triste realidad es que en la mayoría de los casos, los mismos cristianos somos los responsables de producir la maldición sobre nosotros, nuestro hogar, y nuestra familia. Y yo diría que la razón principal por la que esto sucede, es porque nuestra confianza no descansa en Dios.

Como dije al inicio de la predicación, todo cristiano debe reflexionar y tomar inventario de quien realmente somos.

Todo cristiano debe reflexionar y preguntarse, ¿en quien confío?

Todo aquel que confía más en su fuerza o poder eventualmente será desilusionado. Todo cristiano que confía más en su fuerza o poder, eventualmente será derrotado, y su fe se secara. Y esto es algo que ningún cristiano fiel puede permitir que suceda en su vida, después de todo, “…sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan…” (Hebreos 11:6).

Es realmente triste ver como existen miles sino millones de cristianos que confían más en el hombre que en Dios. Es realmente triste ver que existe un gran número de cristianos que no alcanzan recibir las preciosas bendiciones que Dios desea entregarles, simplemente por el hecho de que no pueden confiar en Dios. ¿Creen que esto no se aplica a su vida? ¿Creen que confían en Dios lo suficiente? Veamos que tan cierto es esto; a continuación les propongo que:

A. Una persona que no alaba a Dios con sus manos, o con sus pies, o con su boca [3], es una persona que no confía en Dios.

¿Por qué digo esto? Lo digo porque existen muchos cristianos que durante las alabanzas no alzan su voz, o palmean sus manos, o ni tan siquiera alzan sus manos o se ponen de pie.

Cuando indagamos un poco, en casi toda ocasión se nos dicen cosas como, yo no sé cantar, o quiero molestar al que tengo al lado, o es que soy tímido, etc. etc. etc. Pero, ¿qué están diciendo en realidad?

Lo que están diciendo en realidad NO es que no saben cantar, o que son tímidos, o que no quieren molestar a la persona que tienen a su lado. Lo que están diciendo, es que tienen miedo de lo que otros puedan decir o pensar de ellos.

Ahora pregunto, ¿es esto confiar en Dios? ¿A quien viniste a impresionar, al que tienes al lado, atrás o al frente? Como dice el cántico: “yo no sé a qué tú has venido, pero yo vine a alabar a Dios”. ¿Desea Dios que su pueblo le alabe? La respuesta es sí, y es el único sacrificio que Dios pide de nosotros [4].