Hace un tiempo atrás leí un proverbio indio americano que deseo compartir con ustedes hoy. Un anciano indio americano estaba enseñándole a su nieto acerca de la vida, y le dijo: una pelea feroz esta siendo peleada dentro de mí.

Es una pelea muy feroz entre dos lobos. Uno es malo, él es ira, rencor, envidia, tristeza, remordimiento, avaricia, arrogancia, resentimiento, inferioridad, mentiras, orgullo, superioridad, y ego. El otro es bueno, él es paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, compasión, generosidad, y fe.

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Esta batalla también está siendo peleada dentro de ti, y dentro de toda persona en el mundo, le dijo el anciano.

El niño se quedó pensativo por un breve momento, y le preguntó a su abuelo: ¿quién ganará? A lo que el anciano contestó: el que tú escojas alimentar.

El autor de esta reflexión es desconocido, y definitivamente no es una reflexión cristiana. Sin embargo, después de leerla encontré que en esta reflexión podemos encontrar un poderoso mensaje acerca de todo ser humano. Y es por eso que en el día de hoy deseo que tomemos el tiempo para reflexionar, y descubrir la solución a la pelea interna que existe en nuestra vida. Pasemos ahora a los versículos que estaremos explorando en el día de hoy.

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Romanos 7:15-21Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. 16 Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. 17 De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. 18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. 21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.

Como podemos apreciar, los versículos que hemos leído nos describen claramente la batalla interna que todo cristiano pelea a diario. Aquí vemos como el apóstol Pablo nos describe su batalla en contra de sus propios pensamientos, y la realidad es que el campo principal de batalla de la guerra espiritual es nuestra mente.

En nuestra mente es donde nace la soberbia, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez [1].

Sentimientos y pensamientos que bien sabemos desagradan a Dios, y que se nos llama a eliminar. La pelea entre el bien y el mal es constante, y si no aprendemos a identificar los ataques del enemigo, entonces podemos ser fácilmente seducidos a pecar, ya que como les he predicado en otras ocasiones, el enemigo nunca ataca a un cristiano fiel con tentaciones fácilmente identificadas, sino que lo hace con tentaciones que aparentan benignas e inocentes. Así que ahora la pregunta que debemos hacernos es, ¿cómo podemos vencer?

La solución para poder siempre vencer los ataques del enemigo ha quedado muy bien reflejada, en el proverbio indio americano que les leí al inicio. Me detengo por un breve instante para aclarar algo. Yo estoy completamente consciente de que ese proverbio no tiene nada que ver con Dios ni el cristianismo, pero existe una gran verdad en él. Digo esto porque la verdad es que lo que nosotros escojamos alimentar, eso será lo que dominará nuestra vida.

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Así que para ser victoriosos, y comportarnos de la manera que Dios desea, tenemos que alimentar el Espíritu Santo que mora en nosotros. ¿Cómo podemos alimentar el Espíritu Santo?

Nosotros alimentamos el Espíritu Santo con la palabra de Dios, y perseverando en la santidad. Pero hacer esto en ocasiones se nos dificulta, y no es porque no queramos, sino que es porque la batalla interna no es nada fácil de pelear. Esto es lo primero que dijo el Apóstol Pablo aquí cuando declaró: “…Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago…” ¿Qué tenemos que hacer para tratar de superar esto?

Para tratar de superar los impulsos de la carne, y crear un abismo entre lo que agrada y desagrada a Dios en nuestra vida, lo primero que tenemos que hacer es un profundo análisis de nuestra vida. Como todos sabemos, el primer paso para la recuperación es reconocer que existe un problema.

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Tenemos que examinarnos profundamente para descubrir lo que produce esos malos pensamientos, y deseos. Tenemos que examinarnos a nosotros mismos, para determinar si inocentemente nosotros mismos nos estamos exponiendo a situaciones, que nos manipulan a pecar.

Es decir, examinarnos a nosotros mismos manteniendo siempre muy en mente la advertencia del apóstol encontrada en Romanos 8:6-8 cuando leemos: “…Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. 7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; 8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios…” Dile a la persona que tienes a tu lado: el ocuparse de la carne es muerte.

Lo que sucede, y yo diría que es el problema más grande que enfrenta todo cristiano, es que no todos han logrado la convicción de que pueden ser victoriosos en toda ocasión. Existen muchos cristianos que piensan, o se han dejado convencer, de que no poseen las fuerzas necesarias para combatir y derrotar los ataques del enemigo.

La realidad es que las batallas nunca son fáciles, y en numerosas ocasiones pueden aparentar invencibles; sin embargo, cuando hacemos un compromiso genuino con Dios, no existe obstáculo que no podamos superar, y no existe barrera que no podamos derribar. Esto es algo que se nos deja saber claramente en 1 Juan 5:4 cuando leemos: “…Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe….” Dile a la persona que tienes a tu lado: lo nacido de Dios vence al mundo. Pero para que podamos vencer, superar, y conquistar, tenemos que alimentar nuestro espíritu con el bien.

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Cuando alimentamos nuestro espíritu con el bien, esto es la palabra de Dios, y perseverar en la voluntad de Dios, esta acción automáticamente produce que dejemos de alimentar los malos deseos o pensamientos que nos alejan de Dios. Y estoy seguro que muchos ya deben estar diciéndose de que no tienen malos pensamientos, pero examinémonos brevemente para descubrir si eso puede ser verdad. ¿De qué les estoy hablando? Vamos a analizar algunos pensamientos para determinar si nos encontramos alimentando el bien o el mal en nuestra mente.

No creo que exista una persona en el mundo que no ha tenido, o que esta teniendo que atravesar por una situación que les desanima, deprime, frustra, o les enoja. Estoy hablando acerca de cosas semejantes a problemas de salud, problemas matrimoniales, situaciones económicas, etc. En si las situaciones son numerosas, y en la mayoría de los casos, estas dificultades pueden desviarnos de los caminos de Dios.

En la mayoría de los casos, estas situaciones nos detienen de servir y alabar a Dios como Él merece y demanda, después de todo, quien tiene el ánimo de cantar y quizás danzar, cuando está a punto de perder su casa, perder a su cónyuge, o no le alcanza el dinero para pagar lo esencial en el hogar.

Pero, cuando situaciones como estas o similares nos detienen de alabar y bendecir a Dios, tenemos que darnos cuenta que no estamos alimentando el bien en nosotros, sino que estamos alimentados el mal. Estamos alimentado sentimientos negativos, que causan que caigamos en un estado de depresión, y que no confiemos en la habilidad de Dios.

Esto significa que estamos permitiendo que las fuerzas del enemigo derroten el bien en nosotros, en vez nosotros derrotar el mal con el bien [2].

Cuando no confiamos totalmente en la habilidad y fuerza de Dios, le estamos permitiendo al enemigo que se robe las bendiciones que Dios nos ha entregado.

Cuando no confiamos totalmente en el poder de Dios, le estamos permitiendo al enemigo que endurezca nuestro corazón, y que mate nuestro espíritu. En esencia, le estamos cediendo territorio en el campo de batalla, y esto es algo que como cristianos fieles nunca podemos hacer.

Cederle territorio al enemigo en el campo de batalla es darle nuevamente potestad en nuestra vida, y una vez que esto sucede, de nuestro corazón no saldrá lo bueno, sino el mal. Fíjense bien como esto es algo que queda bien ilustrado en las palabras del Señor en Mateo 12:35 cuando leemos: “…El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas…” Dile a la persona que tienes a tu lado: purifiquemos nuestro corazón.