Estoy seguro que todos han podido apreciar, que en casi toda predicación yo menciono la importancia de conducir una vida en santidad. La razón por la que siempre menciono este tema es porque como todos sabemos, sin la santidad nadie vera a Dios [1]. Pero lo que sucede es que el tema de la santidad tiende a ser un poco complicado, y por ende muchos piensan que la santidad es algo inalcanzable o imposible de obtener. ¿Por qué es que tantos llegan pensar de esta manera?

La realidad es que nosotros vivimos en un mundo lleno de violencia, donde la corrupción y la maldad abunda. Vivimos en un mundo donde todo lo opuesto a la Palabra de Dios es fácilmente aceptado, y desdichadamente practicado. Como predique hace poco, vivimos en un mundo virado al revés, a lo bueno se le dice malo, y a lo malo se le dice bueno. Y desafortunadamente, esa manera de ver las cosas también incluye a un buen número de cristianos, que sin darse cuenta han caído en las trampas del enemigo, y ahora se encuentran atados y atrapados en sistemas religiosos, sectas, y doctrinas de hombres. ¿Por qué sucede esto?

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Esto es algo que sucede porque muy pocos están dispuestos a comprobar lo que escuchan, sino que más bien se unen a movimientos populares que suenan y aparentan buenos, y de esta manera desechan por completo la voluntad de Dios. ¿Qué es la voluntad de Dios? Pasemos ahora a la palabra de Dios para descubrirla.

1 Tesalonicenses 4:2-8Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; 3 pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; 4 que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; 5 no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; 6 que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. 7 Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. 8 Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo.

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Ahora bien, como acostumbro a decir, para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, nos será necesario hacer un breve repaso de historia. En el tiempo de Pablo, Tesalónica era el puerto marítimo importante y la capital de la provincia romana de Macedonia. Tesalónica tenía una población judía considerable, y el monoteísmo ético del judaísmo atrajo a muchos gentiles que estaban desencantados con el paganismo griego. En muchos aspectos, la iglesia en Tesalónica era la iglesia modelo. Pablo tenía muchas razones por la que elogiar a los creyentes: su fe ejemplar, su servicio diligente, su paciente constancia, y su gozo desbordante. Pero en medio de este elogio, Pablo expresa una palabra de precaución. Crecer en la obra del Señor, estaba a sólo un paso de abandonar la obra del Señor, a través de la complacencia [2]. Así que, Pablo exhorta a los Tesalonicenses a sobresalir en su fe, a aumentar su amor por los demás, y a siempre dar gracias en todas las cosas [3]. En resumen, Pablo les anima a perseverar en su objetivo, según laboraban para el Señor [4]. Manteniendo estos detalles en mente, continuemos ahora con nuestro estudio de hoy.

Uno de los problemas que ocurre cuando se habla de la santidad, es que lo primero que viene a la mente de las personas, son los santos como definidos en los diccionarios por la iglesia católica. Y esta definición incluye: 1. reconocido oficialmente especialmente a través de la canonización como preeminente para la santidad. 2. Uno de los espíritus de los difuntos en el cielo. 3. Una de las personas elegidas y por lo general cristianos. 4. Un eminente de la piedad o la virtud. 5. Un ilustre predecesor [5]. Pero la realidad es que existe una gran diferencia entre lo que la biblia nos enseña, y lo que el hombre desea hacernos creer. Digo esto porque según la biblia los santos somos el Cuerpo de Cristo, es decir, la iglesia [6]. Los santos no son difuntos que moran en el cielo, los santos no son personas que han sido beatificadas o canonizadas por el Papa. Los santos somos todos nosotros que hemos recibido a Jesucristo como nuestro Rey y Salvador [7]. Y como santos, es decir, personas que fuimos apartadas a través de la sangre de Jesucristo para vivir en el reino de Dios, nuestra conducta tiene que ser pura, moralmente intachable, y consagrada a Dios. Pero en este mundo lleno de violencia, inmoralidad, y corrupción este concepto aparenta como algo místico e inalcanzable. Y es por eso que tantos hoy en día piensan, o se han dejado convencer de que la santidad no existe.

Ahora debemos preguntarnos, ¿qué es la santidad? La palabras santificación, y santidad usadas en los versículos que estamos estudiando hoy, son una traducción de la palabra griega: “ἁγιασμός” (pronunciada: hagíásmás), que se definen como: “consagración, la purificación, el efecto de la consagración, santificación del corazón y la vida” [8]. Así que si nos basamos en la doctrina bíblica, y las definiciones encontradas en la palabra de Dios, entonces podemos decir con toda certeza que la santidad no es algo que esta fuera de nuestro alcance o imposible. La realidad es que Dios nunca nos llamaría a la santidad si fuese algo imposible de obtener. En 1 Corintios 10:13 encontramos que la Palabra de Dios nos dice: “…No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar…” Dile a la persona que tienes a tu lado: Dios no te llama a lo imposible.

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