Pero la realidad de todo es que Dios NO envió a su Hijo unigénito al mundo para que viviéramos encerrados en una prisión. Dios NO envió a su Hijo unigénito para que continuáramos esclavos del pecado. Dios envío a Su Hijo al mundo para hacernos libres; Dios envío a Su Hijo al mundo para romper las cadenas que nos ataban; Dios envío a Su Hijo al mundo para derrumbar las murallas de cementos, y arrancar las barras de acero que nos mantenían prisioneros. Fíjense como esto es algo que el apóstol nos deja claramente expuesto en Gálatas 5:1 cuando leemos: “…Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud…” Así que despierta al que tienes a tu lado y dile: suelta la naranja.

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Hermanos, Dios no envió a nuestro Señor a morir por nuestros pecados para que siguiéramos pecando. Dios envió a su Hijo unigénito para llamarnos al arrepentimiento. Esto es algo que nuestro Señor nos dice muy claramente en Lucas 5:32 cuando leemos: “…No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento…” Dios envió a su Hijo unigénito para que a través de Su sacrificio perfecto pudiéramos obtener la vida eterna. Pero en muchas ocasiones en vez de vivir agradecidos, vivimos en rebeldía. En vez de vivir gozosos y satisfechos, vivimos encerrados en prisiones; vivimos encerrados en la prisión del pecado nunca encontrando como escapar. Esto sucede porque en vez de arrepentirnos y no mirar atrás, permitimos que el enemigo susurre sus mentiras a nuestros oídos y quedamos atrapados.

Quiero que escuchen bien porque no quiero que nadie mal interprete lo que les estoy diciendo. Quiero que me escuchen bien porque este mensaje es uno que muchos encontraran bastante fuerte. Quiero que quede muy claro que mi intención no es de ofender o abochornar a alguien, mi intención es que todos aquí nos examinemos y nos demos cuenta donde estamos en nuestro caminar. Ahora bien, con lo que les he dicho yo NO estoy diciendo o implicando que Dios no perdona nuestros pecados. Nosotros servimos a un Dios todopoderoso, a un Dios lleno de gracia y misericordia.

Pero aunque Dios perdona nuestros pecados, algo que nunca podemos ignorar o olvidar es que Dios juzgará a la humanidad. Esto es algo que queda extremadamente claro en Apocalipsis 20:12 cuando leemos: “…Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras…” Así que sin que quepa duda alguna, un día estaremos cara a cara con nuestro Rey y Salvador, y tendremos que dar cuenta por nuestras acciones o falta de ellas. Y es por esa razón que en los versículos que estamos estudiando en el día de hoy encontramos esta gran advertencia acerca de perseverar en el pecado. ¿Por qué? Porque Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos seamos salvos del juicio venidero que vendrá sobre este mundo corrupto y lleno de maldad. Pero para poder salvos del juicio venidero, tenemos que soltar la naranja.

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Fijémonos bien en la advertencia de Dios para Su pueblo: “…Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados….” Esto aquí es algo que todo cristiano tiene que mantener siempre en mente. Digo esto porque si decimos que somos cristianos, pero seguimos pecando, entonces le estamos diciendo a Dios que el sacrificio de Cristo en la cruz fue en vano. Le estamos diciendo a Dios que el sacrificio de Su Hijo unigénito en la cruz no fue lo suficiente para nosotros, pero como verdaderos cristianos, nosotros no podemos caer en esta trampa del enemigo. Dile a la persona que tienes a tu lado: suelta la naranja.

Como verdaderos cristianos no podemos continuar en lo mismo que estábamos antes de conocer a Cristo. Una vez que llegamos a Cristo un cambio drástico tiene que ocurrir, tiene que haber un arrepentimiento genuino. Pero ¿qué significa un arrepentimiento genuino? Un arrepentimiento genuino significa perseverar en una vida de santidad. Un arrepentimiento genuino significa caminar en Cristo, nunca mirando atrás. Esto es algo que queda mejor expresado por el apóstol en 2 Corintios 5:17 cuando leemos: “…De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas…” Y también Efesios 4:22 que nos dice: “…En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos…” Dile a la persona que tienes a tu lado: suelta la naranja. De no hacer esto entonces nos estamos engañando a nosotros mismos.

La gran realidad es que todos nosotros podemos engañar al hombre, pero les pregunto: ¿qué podemos esconder de Dios? La repuesta a esta pregunta es fácilmente encontrada en Salmos 94:9 cuando leemos: “…El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?..” Y también en Proverbios 15:3 que nos dice: “…Los ojos de Jehová están en todo lugar, Mirando a los malos y a los buenos…” Así que como podemos ver, nosotros podemos engañar al hombre, pero nadie puede esconder algo de Dios.

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Continuando con nuestro estudio leemos: “…El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?…” Pensemos en esto por un momento. Aquí encontramos que se nos dice claramente, que cuando decidimos no soltar las cosas del mundo, cuando decidimos pecar, existe un precio que tendremos que pagar.

Aquí encontramos que se nos dice claramente, que existen consecuencias graves para todo aquel que sabiendo la verdad del evangelio, que sabiendo la verdad acerca de la voluntad de Dios continua pecando. Como todos sabemos y les dije previamente, Dios perdona nuestros pecados. Esto es algo que queda extremadamente claro en Colosenses 2:13 cuando leemos: “…Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados…” Cristo lavo nuestros pecados con su sangre en la cruz, pero continuar en una vida de pecado es igual que pisotear el sacrificio perfecto por el ser perfecto.

En ocasiones es fácil caer en la trampa del enemigo; en ocasiones es fácil dejarnos llevar por los impulsos de la carne y los placeres temporáneos que ofrece este mundo, pero recordemos que todo esto eventualmente nos conlleva a pecar, y cuando pecamos, entonces estamos pisoteando el sacrificio de Jesús.

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El enemigo nos ataca de diferentes maneras, el enemigo utiliza diferentes tácticas con cada uno de nosotros. Digo esto porque la realidad de todo es que lo que yo puedo considerar una gran tentación, otra persona lo puede ver como una cosa simple que puede ser vencida sin mayor esfuerzo. Pero una cosa que todo ataque del enemigo tiene en común es que nos quiere conducir a pecar para que nos alejemos de la presencia de Dios.

Desde el comienzo del mundo nuestro enemigo nos ha atacado usando el área más débil de nuestro carácter. En otras palabras, el enemigo tiene un lugar favorito para sentarse a esperar a que caigamos en la trampa. Es por esta razón que hoy les traigo este mensaje tan fuerte, es por esta razón que les traigo este mensaje que muchos encontraran difícil de aceptar. Difícil porque es un mensaje que nos hace examinarnos y evaluarnos a nosotros mismos; es un mensaje que nos llama a un encuentro cara a cara con la verdad de Dios.

Para concluir. El mono no tuvo suficiente razonamiento o capacidad mental para pensar que con solo soltar la fruta podía sacar la mano y huir. El mono mantuvo su mano agarrada a la fruta, porque él conocía que era algo que deleitaría su paladar. Pero debido a un pequeño placer del paladar, el mono perdió su libertad. Debido a un placer temporal, ahora estaría encerrado en una prisión de cemento y acero.

Nosotros somos muy diferentes al mono, nosotros podemos razonar y tenemos la capacidad mental para distinguir entre el bien y el mal. Nosotros conocemos la verdad, y es por eso que NO podemos permitirle al enemigo que nos atrape en la trampa del pecado. No podemos permitir que el enemigo nos encierre en una vida de dolor, tristeza y sufrimiento. No podemos permitir que un simple placer, que un simple gusto nos aleje de la voluntad de Dios. Cuando a nosotros lleguen estas situaciones y seamos tentados a pecar, tengamos en mente que: “…El Señor juzgará a su pueblo…” Soltemos de una vez y para siempre las cosas de este mundo, soltemos el pecado para no quedar atrapados. Soltemos la fruta del pecado y saquemos la mano de la trampa.

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Recordemos siempre: “…Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, 27 sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios…” Así que dile a la persona que tienes a tu lado: suelta la naranja.

© 2016, José R. Hernández. Todos los derechos reservados.