Hacia la libertad

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Predicas Cristianas Predica de Hoy: Hacia la libertad

Predicas Cristianas Texto Bíblico: Gálatas 5:13

Introducción

Al ser humano, hecho desde la imagen y semejanza de Dios, fue dado el mayor de todos los regalos: el libre albedrío. En las escrituras sagradas, leemos: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.”.

Pero, ¿será que realmente entendemos que es el llamado a la libertad? ¿Será que sabemos los que hacer con nuestra libertad? Además, ¿Qué significa todavía ser libre?

¿Quién nos llama a la libertad?

Antes de cualquier cosa, la primera y más importante pregunta que tenemos que poner es: ¿Al final de cuentas, quién nos llama a la libertad? Sobre esto, la Biblia señala: “Es para la libertad que Cristo nos libertó” (Gálatas 5:1).

Decir que Jesús Cristo nos libertó para libertad significa sobre todo decir que Él nos hizo libres para que seamos otra vez libres de verdad. El énfasis aquí debe ser en el término “otra vez”. ¿Por qué otra vez? Basta regresar a lo que ya dijimos y el paradojo se muestra muy claro. ¿Ya no habíamos sido creados libres por Dios? ¿Por qué necesitamos que alguien nos libere para la libertad?

La respuesta es: en algún momento de la historia de la humanidad nos olvidamos de nuestro mayor regalo, esto es, de la libertad que Dios nos dio. Hemos perdido nuestra libertad en algún lugar por el camino. Peor, nosotros también perdimos de vista el hecho de que perdimos nuestra libertad. Entonces, la pregunta ahora es: ¿en qué momento esto sucedió?

¿Cuándo perdimos nuestra libertad?

La palabra de Dios dice que Jesús vino al mundo para nos libertar. El Libro Sagrado aún nos cuenta que, en el momento de llegada de Cristo en la Tierra, éramos todavía esclavos del pecado. Estas dos verdades tienen que ver una con la otra.

Leemos: “Cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Y qué fruto habéis cosechado de aquellas cosas de que ahora os avergonzamos? Pero ahora, libertados del pecado y puestos al encargo de Dios, tenéis vuestro fruto para la santificación y, como desenlace, la vida eterna. Porque el salario del pecado es la muerte, y la gracia de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.” (Romanos 6:20-22).

Ahora mismo, aprendimos dos cosas esenciales sobre la naturaleza del pecado. La primera, es que el pecado causa vergüenza. La segunda, que el salario del pecado es la muerte, es decir, el pecado nos paga con la muerte.

El ingreso del pecado y la libertad

El ingreso del pecado en el mundo está muy cerca del momento en que Dios creó todas las cosas. En el momento en que Dios creó el ser humano, encontramos la palabra que dice: “Y Yahweh Dios dio el hombre este mandamiento: puedes comer de todos los árboles del jardín. Pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque en el día que comieres tendrás que morir”. (Génesis 2:16).

Un poco más adelante en el mismo libro, leemos el relato que dice: “Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban.” (Génesis 2:25). ¿Por qué deberían avergonzarse todavía?
Por fin, la Biblia relata que la mujer, aunque sabiendo que no podía comer del fruto del árbol del conocimiento, se dejó seducir por una serpiente.

Además de comer del fruto, convenció a su marido a comer también. Cuando esto se pasó, dice el Libro: “Abrieron los ojos los dos y percibieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se cerraron.” (Génesis 3:7).

Ahora bien, ¿por qué entrelazaron hojas de higuera y se cerraron? Somo llevados a pensar que esto sucedió porque ellos se avergonzaron de sus cuerpos, por supuesto. Pero, el real motivo de la vergüenza fue hacer algo distinto de lo que había pedido Dios. Por esta razón, ellos se cubrieron.

Pero, ¿qué tiene esto que ver con la muerte anunciada antes? Pues, cuando ellos comieron del fruto, lo que se presentó junto con la vergüenza fue justamente la muerte. ¿Y qué muerte se les presentó? La muerte del mayor regalo de Dios: la muerte de la libertad.

¿Cómo perdimos nuestra libertad?

La Biblia nos dice que la vergüenza hizo con que el hombre y la mujer se entrelazasen con hojas de higuera y se cerrasen. Estar cerrado es todavía estar preso, o atrapado. Estar preso es el opuesto de estar libre. Decir que ellos se cerraron significa decir que se ellos se prendieron, que es lo mismo que decir que ellos mismos abdicaron de su libertad.

En este sentido, el pecado no consistió en comer del fruto prohibido, simplemente porque no hay ninguna prohibición o restricción para aquellos que son verdaderamente libres. El pecado estaba precisamente en olvidar de esta libertad. Aún más, el pecado fue sobre todo no asumir esta libertad regalada por Dios, o tener vergüenza de ser libre.

Cuando Dios inquirió el hombre y la mujer sobre el porqué de comer la fruta, ellos no respondieron “porque tenemos libre albedrío”. En verdad, el hombre responsabilizó la mujer y la mujer, a su vez, responsabilizó la serpiente. O sea, hombre y mujer negaron juntos su libertad, el mayor regalo de Dios.

Ahora bien, Jesús vino al mundo para libertar. Esto ya sabemos. Él vino al mundo para que estemos libres del pecado. Esto también ya sabemos. El pecado se dio en el momento en que nos olvidamos, o no asumimos, o aún, nos avergonzamos de nuestra libertad. Esto aprendimos ahora. Entonces, tenemos que entender de qué manera Cristo vino para devolver nuestra libertad.

La libertad es el camino de Cristo

Es para la libertad que Cristo nos libertó” (Gálatas 5:1), dice la Biblia. ¿Qué hacemos con esto?

Solo comprendimos prosiguiendo en la lectura. La palabra sigue diciendo: “Permaneced firmes y no os dejéis prender de nuevo al yugo de la esclavitud.” (Gálatas, 5:2). Con esto, entendimos que no debemos nos prender y que esto tiene que ver con un tipo de firmeza en quedarse libre.

El Libro de Dios aún nos advierte: “Pues, en Cristo, ni la circuncisión tiene valor, ni la incircuncisión, pero solamente la fe actuando por la caridad.” (Gálatas 5:6).

Que la libertad cristiana es un tipo de firmeza, comprendemos. Todavía, para que seamos libres en Cristo, tenemos que mantener la firmeza en dos cosas esenciales allí anunciadas: la fe y la caridad.

¿Cómo hacemos esto?

Debemos existir, persistir e insistir en aquello que es la fuente de la caridad y de la fe. Sobre esta fuente, dice la palabra cristiana: “Amados, amémonos unos a otros, pues el amor viene de Dios y todo aquél que ama nació de Dios y conoce a Dios.” (1 Juan 4:7).

Sabemos que el supremo mandamiento de Dios reza: “Un mandamiento nuevo os doy: que améis uno a otros. Cómo Yo os he amado, también améis unos a otros.” (Juan 13:34).

Para que estemos en coherencia con el mandamiento, tenemos que ejercitar la caridad. La caridad es el amor de Dios y significa reconocer que: «Dios envió al mundo su Hijo único, para que vivamos por Él.» (1 Juan 4:8-9). En última instancia, la caridad es reconocer a Cristo.

Además, para que estemos en coherencia con el mandamiento, tenemos también que ejercitar la fe. La fe es reconocer que “Dios amó tanto el mundo, que entregó Su Hijo único, para que todos los que creen en Él tenga vida eterna.” (Juan 3:16). Al final, la fe también es reconocer a Cristo.

Como podemos percibir desde estas palabras, aquellos que creen en Cristo caminan hacia la vida eterna. Ellos caminan en el sentido opuesto a la muerte. Más específicamente, ellos caminan en el sentido opuesto de la muerte que se presentó en el pecado, es decir, la muerte de nuestra libertad. Por fin, ellos caminan hacia la libertad.

La conclusión muy sencilla es: Cristo vino para que, por medio de la creencia en Él, estemos libres de la muerte de la libertad.

¿Como liberarse hacia Dios mediante el camino de Cristo?

El camino de la libertad nos es fácil todavía. Libertad no significa, en ningún hipótesis, hacer todo lo que quieres. Al contrario, libertad es justamente liberarse del querer.

Y ¿por qué debemos liberarnos de nuestro querer? Por dos motivos básicos.

El primer motivo es porque el querer causa sufrimiento. Cuando queremos algo que no alcanzamos, sufrimos. Cuando alcanzamos algo que queremos, empezamos a querer otro algo, y aún otro, y otro más, sin cesar. Esto es: el querer es siempre insatisfecho por naturaleza y definición fundamental. O sea, la insatisfacción también provoca sufrimiento.

En palabras más directas: debemos liberarnos del querer, porque querer nos lleva más cerca del sufrimiento que de la bendición de la gracia de Dios, donde no hay sufrimiento.

El segundo motivo por lo cual debemos liberarnos del querer es porque el amor de Dios no tiene que ver con esto. En realidad, amor ningún tiene que ver con cualquier querer.

No elegimos las personas que amamos

No elegimos las personas que amamos. Si fuera así, podríamos simplemente amar a quien es más conveniente, o mismo elegir amar todas las personas. Pero no podemos todavía. No es así tan fácil.
Aquellos que aman saben muy bien de las dificultades de amar, de aceptar la diferencia del otro como el otro es, aunque incómodo.

Piensen en las veces en que pusieron en duda el matrimonio, porque tenían cualquier dificultad. ¿Mismo así se mantuvieran casados? Si lo hicieron, sin duda es porque amaban de verdad, a pesar de todo.

Piensen también en las veces en que dudaran del amor por un hermano o una hermana porque, como casi todos los que tienen hermanos, más peleaban que cualquier cosa. Sabemos que hermanos pelean por tonterías que no valen la pena, pero también sabemos que las mayores peleas de la historia fueran tonterías ellas mismas.

Ahora, ¿fueron las peleas motivo suficiente para dejar de amar al hermano o hermana? Si no fueron, es porque amaban de verdad.

Ustedes pueden incluso haber querido dejar de amar alguien. Pero, ¿lo lograron? ¿Es posible simplemente dejar de amar a alguien?

Una vez amando de verdad, no conseguimos dejar de amar. No depende de nuestra voluntad, de nuestro querer. Y este es el tipo de amor de lo cual habla el Cristo: un amor incondicional.

Cuando amamos de verdad, todos los defectos y todas las imperfecciones, así como todas las frustraciones y todas las decepciones, pierden su importancia. Amamos mismo así, de cualquier manera. Amamos así sin “pero”. Amamos sin “porqué”.

En la ausencia de un “porqué” nos encontramos abiertos al amor. Estamos desde ya libres de la vergüenza que nos lleva a muerte de nuestra libertad.

El amor en Cristo es un amor sin vergüenza. El amor a Dios es un amor sin culpa.

Vergüenza y culpa son dos cosas que agitan al espíritu del ser humano. Ellas molestan, perturban, infringen el desasosiego. También llamamos esta agitación por un nombre más popular, a saber: el miedo.

Pero en el amor de Dios no hay miedo. Leemos: “No hay miedo en el amor: al contrario: el perfecto amor lanza fuera el miedo, porque el miedo implica castigo, y lo que tiene miedo no llegó a la perfección del amor.” (1 Juan 4:18).

El amor de Dios es tranquilo, porque el Señor reposa sobre todas las cosas. Así también debe ser el amor por Él: tranquilo y reposado.

Entonces, si algo aún molesta, causa agitación, despierta el miedo, tienen siempre que recordar del camino del amor de Dios. El camino de la tranquilidad, del reposo, de la aceptación. Este es el verdadero amor cristiano. Este es el camino hacia la liberación.

© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.

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