Tenemos que estar equipados con la armadura de Dios para que podamos dar la buena batalla, pero antes de ponernos esta armadura, primero tenemos que deshacernos esos trapos de inmundicia que una vez tuvimos puesto, y vestirnos con la ropa que Dios nos ha proporcionado.

Esto es algo que queda claramente declarado cuando leemos “…Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados…” Dile a la persona que tienes a tu lado, vístete de santidad.

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